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La Batalla de Ayacucho, de Martín Tovar y Tovar. Librada el 9 de diciembre de 1824, marcó el fin de las guerras de independencia en Sudamérica

La Batalla de Ayacucho, de Martín Tovar y Tovar. Librada el 9 de diciembre de 1824, marcó el fin de las guerras de independencia en Sudamérica

El general José de la Serna: así fue la resistencia del último virrey español en Perú

Los gobiernos en España veían que la situación era, no ya inestable, sino tan crítica que amenazaba con la pérdida de todo el virreinato

José de la Serna y Martínez de Hinojosa era el séptimo hijo de nueve hermanos de una familia de la vieja nobleza jerezana, proveniente de la Reconquista, que generación tras generación habían servido a la patria en los Reales Ejércitos. Su padre, por ejemplo, aparte de haberse dedicado a la carrera de las armas, era caballero de la Orden de Santiago, caballero veinticuatro de Jerez y maestrante de la Real de Ronda y el propio José de la Serna, con tan sólo diez años, fue nombrado alcalde por el Estado noble de Jerez.

Con once años ingresó como caballero cadete en el Colegio Militar de Artillería de Segovia y cuando siete años más tarde se graduó como alférez, enseguida comenzó a foguearse en la Defensa de Ceuta frente al Sultán de Marruecos. Tuvo a partir de entonces una carrera fulgurante con sucesivos ascensos en la Guerra de la Convención, en la Guerra Anglo-española que siguió al Tratado de San Ildefonso, y destacando especialmente en la Guerra de la Independencia, tras la invasión napoleónica, primero en la defensa de Valencia y después en Zaragoza.

Asalto al monasterio de Santa Engracia de  Louis-François, barón Lejeune

Asalto al monasterio de Santa Engracia de Louis-François, barón Lejeune

De hecho, el sitio de Zaragoza fue la acción bélica de la que se sintió siempre más orgulloso y su distinción favorita, la medalla que se concedió a los defensores de la ciudad maña. Tras la capitulación de la capital aragonesa quedó confinado en Francia, en Nancy, desde donde logró escaparse para protagonizar una épica aventura de seis meses andando por Centroeuropa hasta llegar a Grecia con el fin de embarcarse hacia España, siendo nombrado mariscal de Campo al reincorporarse al servicio.

El fin de las Guerras napoleónicas tiene como consecuencia un número bastante alto de oficiales, por lo que los ascensos se hacen más difíciles. Muchos de estos oficiales y sobre todo los de sentimientos liberales solicitarán su traslado a América. En 1816 se nombra a José de la Serna general en jefe del Alto Perú para sustituir al general Joaquín de la Pezuela que había ascendido a virrey del Perú. Desde el momento en que arriba a Arica, en Perú, comenzarán las desavenencias con el nuevo virrey y es en ese contexto, durante las Guerras de emancipación hispanoamericanas, que José de la Serna llegará a ser virrey del Perú, el último.

La Serna llegó a América con un expediente militar brillante: en apenas veinticinco años es nada menos que general de los Ejércitos del Perú. Por el contrario, la carrera militar de Joaquín de la Pezuela era más bien mediocre. Como La Serna, se formó en el Real Colegio de Artillería de Segovia y al terminar sus estudios se incorporó al Gran Sitio de Gibraltar (1779-1783), sin que su hoja de servicios recoja ningún hecho destacado. También participó en la Guerra contra la Convención francesa, sin recibir un solo ascenso solicitado.

De hecho, en 1803 se lamentaba de seguir siendo sólo teniente coronel desde hacía diez años. El ansiado ascenso le vino poco tiempo después como subinspector interino, pero enviándolo con carácter forzoso a Lima, mientras que al resto de oficiales de Artillería se les había dado la opción de elegir pasar a Ultramar y puesto de preferencia. Por este hecho, se recibe una nueva queja de Pezuela, en la cual manifiesta que se «hallaba con Mujer y seis Hijos de tierna edad», por lo que debe de dejar a cuatro de sus hijos con un hermano suyo en la península.

Sin embargo, será a partir de ese momento, a las órdenes del virrey José de Abascal, cuando su labor militar comience a destacar. Reorganizó la artillería en el Perú y creó una fundición de cañones y una fábrica de pólvora de mejor calidad incluso que la que se hacía en la península, que resultaron fundamentales para contrarrestar las invasiones inglesas en el Río de la Plata y las sublevaciones de independencia a partir de 1809. Comenzarán entonces a llegarle los ascensos a Pezuela: subinspector en propiedad, brigadier, general en jefe del Ejército Real del Alto Perú, tras la dimisión de Goyeneche, mariscal y teniente general, tras haber batido repetidamente al ejército independentista argentino y, después, conteniéndolo tras la caída de Montevideo en 1814.

Retrato del último virrey del Perú, José de la Serna

Retrato del último virrey del Perú, José de la Serna

Por estas razones, Abascal sugiere que sea Pezuela quien le sustituya en 1816, año en que llega La Serna al Perú, que parte directamente a su destino sin prestar sus respetos al virrey Joaquín de la Pezuela, tal como le exigían las órdenes recibidas de reorganizar las tropas del Alto Perú e instituir un Estado Mayor, lo que le indispuso de primeras con Pezuela, que además era contrario a ambas medidas. Demostrará entonces Pezuela que era un buen segundo (de Abascal), pero que será un mal primero (como Virrey). Muy posiblemente el hecho de descubrir que las arcas del virreinato se encontraban prácticamente vacías le deprimiera y volviera al estado anímico quejumbroso anterior a la llegada a América.

Se vuelve un hombre excesivamente prudente y defensivo, todo lo contrario que La Serna, que entiende que la guerra debía ser ofensiva. La Serna, por ejemplo, amplia y reorganiza un ejército a la defensiva en otro con capacidad de ataque, lo que hace aumentar los costes e impuestos, que parece ser la principal preocupación para Pezuela y es causa de uno de los muchos enfrentamientos con la Serna. Ante sus desavenencias con el virrey, José de la Serna había presentado su dimisión varias veces. Sin embargo, cuando el rey finalmente le aceptó su dimisión en noviembre de 1819, será el propio virrey el que le pida que no se embarque hacia la Península, por la desconfianza que tenía de los jefes a sus órdenes, y por tanto que permaneciera en Lima como su segundo con el empleo de teniente general.

José Abascal (izq) y Joaquín de la Pezuela (derecha)

José Abascal (izq) y Joaquín de la Pezuela (derecha)

El pronunciamiento de Riego de 1 de enero de 1820 en Las Cabezas de San Juan (Sevilla) con las tropas que iban a sofocar las sublevaciones americanas con un efectivo de 18.000 hombres, dio paso al Trienio Liberal. Sin esperanzas de refuerzos de la Península, San Martín desembarca en Pisco, al Sur de Lima, donde deja un destacamento, y asienta en Huacho, al Norte de Lima, su campamento, a esperar, mientras las naves de Cochrane bloqueaban las costas peruanas.

La guerra entra entonces en un punto muerto que agrava la penuria económica que sufre Lima, mientras las tropas realistas se reducen con continuas deserciones. La Serna sugiere constituir una Junta Directiva de Guerra, con sesiones diarias, que Pezuela reconoce útil por sus muchas ocupaciones que tiene y que, según él, le impiden para dar a la lucha el impulso necesario. Sin embargo, cuando la Junta de Guerra ve propicio la posibilidad de atacar el campamento de San Martín, el virrey suspende los movimientos.

La desesperación de los generales realistas, acantonados en Aznapuquio, ante la conducta inmovilista y dubitativa de Pezuela será la que les lleve a presentarle un escrito con una relación de sus errores y conminándole a ceder el mando a La Serna. Este motín se dirimió sin presencia de La Serna, que estaba en Lima con el virrey. De hecho, La Serna rehúsa en un primer momento y solicita pasaporte para la Península, pero el propio Pezuela, que acepta dimitir, le insta a aceptar el mando como sacrificio, al igual que él hacía el sacrificio de dejarlo.

El nombramiento de José de la Serna como virrey fue ratificado por el gobierno del Trienio Liberal cuando se notifica y luego por Fernando VII una vez retomó el poder en 1823. Los gobiernos en España veían que la situación era, no ya inestable, sino tan crítica que amenazaba con la pérdida de todo el virreinato. Además, a La Serna vino a darle la razón la historia. Entendía equivocada la estrategia de Pezuela de empeñarse en defender la capital del virreinato.

La Serna era un militar, no un gobernante, y, Lima exigía ser gobernada y sustentada su población, a pesar de encontrarse sin recursos por el bloqueo de la flota chilena. Por esta razón evacúa Lima. Cuando entre San Martín en Lima se va a encontrar con los mismos problemas de abastecimiento y gobierno de la ciudad que tuvieron los realistas antes que él. Razón por la cual cederá el mando a Bolívar. Éste último seguirá la estrategia de La Serna, dejará Lima a los políticos, Riva Agüero y Torre Tagle, y se centrará también en la guerra.

En la Sierra, La Serna rehace y reorganiza su Ejército y lo dota de los necesarios pertrechos en los valles del interior. Después es acogido con gran alborozo por la población de Cuzco. Curiosamente, La Serna establecerá la capital del virreinato en la que había sido la capital de los incas. Desde la misma se refuerza de tal manera su posición, que cambiará el curso de la guerra.

Desde que las tropas del virrey vencen en Ica en abril de 1822 y hasta febrero de 1824 que se recupera El Callao, los sucesivos enfrentamientos se saldan con victorias realistas, hasta tal punto que prácticamente había recuperado todo el Perú salvo la zona de Trujillo, donde se había refugiado Bolívar. El general Canterac se estaba preparando para dar el golpe definitivo a Bolívar cuando se produjo el levantamiento del general Olañeta en el Alto Perú, que dará al traste con las intenciones de La Serna.

La batalla decisiva se produjo el 9 de diciembre en Ayacucho. Ambos ejércitos se enfrentan con todos sus efectivos, tanto el Ejército realista como el Ejército insurgente o patriota. Por tanto, el ejército que fuera a salir vencedor de la batalla tenía claro que iba dejar muy mermada la causa del rival. El Ejército del virrey José de la Serna era consciente de que la suerte estaba echada, si perdía se acababa prácticamente toda la resistencia en América, tal como ocurrió. Por su parte, el ejército Antonio José de Sucre sabía que si perdía no tendría retaguardia, por lo que se complicaría mucho su situación no sólo ya en el virreinato del Perú, sino también de Nueva Granada, que quedaba desguarnecida y donde podrían a su vez surgir rebeliones contra Bolívar.

La Batalla de Ayacucho (1918) de Teófila Aguirre

La Batalla de Ayacucho (1918) de Teófila Aguirre

Por número, ambos ejércitos tenían más o menos los mismos efectivos, inclinándose algo más las fuerzas en favor de los realistas y con más artillería, diez cañones frente a uno del enemigo. Pero, además, el Ejército realista había ganado la posición, dominando las alturas, con Jerónimo de Valdés por el flanco derecho, Juan Antonio Monet y el virrey en el centro y Alejandro Villalobos en el flanco izquierdo. La batalla comenzó bien para el Ejército realista con Valdés atacando a Sucre por el costado derecho.

La pampa de Quinua, que es lugar donde se baten los dos ejércitos, tiene una pendiente de un 20 % que termina en un barranco, que daba clara ventaja a los realistas. A 3.275 metros de altura, rodeado de barrancos y con Valdés cortando la salida por el lado derecho, a Sucre no le quedaba otra que subir la pendiente y presentar batalla. Al virrey le bastaba con abrir fuego de cañones contra las tropas enemigas y esperar a que cuando se diera el choque, éstos llegaran cansados por la falta de oxígeno.

La capitulación de Ayacucho (óleo de Daniel Hernández)

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La capitulación de Ayacucho (óleo de Daniel Hernández) Orig. filename: «12081117/DSC02279.JPG»

Sin embargo, al virrey La Serna se le desarmó todo el plan de batalla por una mala decisión de sus subalternos. Precisamente desde ese flanco izquierdo, el coronel Joaquín Rubín de Celis se lanzó cuando escuchó los primeros cañones a un irreflexivo ataque sin haber recibido las órdenes para ello y llevándose consigo las fuerzas del general Villalobos, que son aniquilados. Sucre, a quien hay que reconocerle que es un gran estratega, atacará ese flanco y captura toda la artillería compuesta de seis piezas, que ni siquiera había aún dado tiempo en montarlas. El centro del Ejército realista, obligado a taponar esa brecha, rompe el orden y toda la estrategia se desmorona, siendo el virrey herido y hecho prisionero.

Con esta derrota desapareció la última posibilidad de la causa española. La capitulación que ponía fin a la presencia de España en el continente americano fue firmada por dos generales de apellido francés, Sucre y Canterac, con un inglés como testigo, el general William Miller.

Iván Moreno de Cózar es conde de los Andes y descendiente del último virrey del Perú.

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