De la conquista de Méjico (Otumba), por Manuel Ramírez Ibáñez
Otumba, la victoria imposible de Cortés que sigue generando debate histórico
Pese a los intentos de algunos historiadores por restar mérito a la batalla de Otumba, las crónicas contemporáneas confirman la gesta con la que Cortés y sus aliados evitaron el colapso tras la Noche Triste
La película 300 puso de moda la batalla de las Termópilas, en la que el rey Leónidas y 300 espartanos, junto a sus aliados de las polis griegas, plantaron cara durante tres días a 250.000 soldados persas comandados por el rey Jerjes I. De hecho, los aqueménidas solo pudieron derrotar a los espartanos cuando el traidor Efialtes les mostró un camino hacia la retaguardia de los del Peloponeso. Pero, aunque la diferencia en el número de combatientes era abismal, los hoplitas espartanos luchaban en un desfiladero en el que se reducía la importancia de dicha superioridad.
En la batalla de Otumba también hubo una enorme desproporción, pero se trató de una batalla a campo abierto, lo que hacía la victoria cristiana prácticamente imposible. Antes de nada, hay que recordar que Otumba es la batalla en la que las diezmadas huestes de Cortés, siete días después de la Noche Triste, se enfrentaron al Ejército de la Triple Alianza y sus estados vasallos. La batalla evitó el fracaso de la aventura del extremeño.
La Batalla de Azcapotzalco en el Códice Tovar
El historiador holandés Rudolf van Zantwijk, basándose en el códice Tovar o códice Ramírez, defiende, prácticamente en solitario, que cuando Cortés llegó a Otumba —al llano de Tonanpolco, para Rudolf van Zantwijk— ya habría dos ejércitos combatiendo: el tetzcocano, de su aliado el príncipe Ixtlilxóchitl, y el mexica de Matlatzincatzin. Como los guerreros de ambos bandos vestían corazas blancas de algodón muy similares, el ejército de Cortés, confundiéndolos con un mismo enemigo, habría atacado a ambos al mismo tiempo, hasta percatarse del error.
Entonces, ambos ejércitos aliados habrían destrozado a los mexicas, al estar muy igualados en número de combatientes (Rudolf van Zantwijk habla de 100.000 guerreros aportados por Ixtlilxóchitl). Añade, además, que «uno se imagina que los españoles no se enorgullecieron de su equivocación y en sus relatos se callaron su reacción aterrorizada».
Prácticamente todos los cronistas españoles coinciden en lo fundamental al describir la batalla de Otumba. En primer lugar, en la abrumadora desproporción entre un ejército y otro. De hecho, son constantes las muestras de agradecimiento a la Virgen, al Altísimo y a todo el santoral, porque efectivamente creían que había llegado su hora. El propio Bernal Díaz dice: «Ya vueltos los de a caballo de seguir la vitoria, todos dimos muchas gracias a Dios que escapamos de tan gran multitud de gente, porque no se había visto ni hallado en todas las Indias, en batalla que se haya dado, tan gran número de guerreros juntos, porque allí estaba la flor de Méjico y de Tezcuco».
Los españoles podían llegar a ser muy exagerados en sus crónicas —aunque, curiosamente, en el caso de Otumba, Cortés hace un relato muy comedido— y podían cometer errores por confusión de fechas o nombres, ya que el náhuatl, para los castellanohablantes, resulta complicado, y porque la memoria a veces juega malas pasadas; pero no daban información falsa a sabiendas ni ocultaban información tan trascendental.
Que ni uno solo de los cronistas contemporáneos a aquellos hechos describiese la batalla en el sentido que propone el códice Tovar es muy significativo. El argumento de que lo habrían ocultado por estar abochornados de haber comenzado atacando a sus aliados no merece muchos comentarios.
En segundo lugar, las crónicas coinciden también en que fue una batalla con un planteamiento profundamente defensivo, con recurrentes ataques solo a cargo de la caballería. Posiblemente fuese la única táctica posible. Fue una batalla muy larga, de cuatro a cinco horas, y sin el tesón y esfuerzo de europeos y tlaxcaltecas, y la desesperada carga de caballería final, habrían sido completamente barridos. Los españoles tenían como principal objetivo, en ese momento, llegar vivos a Tlaxcala y no verse involucrados en ningún combate.
Encontrarse en un llano con dos ejércitos en lucha que, según las cifras —muy exageradas— que da el holandés, sumarían unos 200.000 guerreros en total y, en vez de retirarse a toda prisa, que aquel ejército de apenas 400 españoles y unos dos mil o tres mil tlaxcaltecas, muertos de hambre y cansancio, se dispusiese a atacar a ambos a la vez no tiene el más mínimo sentido. Lo relevante es que formaron un cuadro defensivo que consiguió aguantar todas las embestidas de los nativos: quizás 20 o 25.000 combatientes, en las cifras más austeras, aunque Gómara habla de 200.000.
El descuido del general Matlatzincatzin en su flanco izquierdo y la célebre cabalgada final de Cortés y sus jinetes, que alancearon al hermano del emperador, provocaron finalmente la estampida de los de la Triple Alianza y la gran victoria española.
En tercer lugar, es cierto que, tras la muerte durante la Noche Triste del tlatoani de Tetzcoco, Cacamatzin, Coanacochtzin se proclamó su sucesor, lo que supuso un nuevo levantamiento de Ixtlilxóchitl, aliado de Cortés y de los tlaxcaltecas. Pero pensar que en apenas siete días podía reunir un ejército de 100.000 hombres y plantarlo en Otumba parece poco realista. En realidad, Ixtlilxóchitl nunca llegó a tener un gran ejército con el que poner en jaque a Coanacochtzin; a lo más, contaría con algunas ciudades fieles y unos pocos cientos de guerreros que, en modo alguno, iba a arriesgar en una batalla perdida de antemano como Otumba.
Todos estos argumentos, por sí solos, sirven para desmontar la teoría de Rudolf van Zantwijk y confirmar la descomunal hazaña que supuso la victoria de Otumba. Pero aún falta, a mi modo de ver, el argumento más importante. El holandés, tras descartar todas las fuentes contemporáneas a los hechos, se basa en una sola fuente del siglo XVI: el códice Ramírez.
Los mexicas son sitiados en Chapultepec por los tepanecas y culhuas por órdenes de Coxcoxtli, rey de Culhuacán (Códice Ramírez, lámina 3)
El historiador y político mexicano José Fernando Ramírez descubrió en 1856 un documento, al que se bautizaría con su apellido y que era una copia incompleta del manuscrito Tovar. A su vez, este otro códice es obra del jesuita y escritor español Juan de Tovar, hijo de un capitán de Pánfilo de Narváez, del mismo nombre, y de una madre mestiza de la que aprendió varias lenguas indígenas, que llegó a hablar con fluidez. Su principal obra, una historia sobre los indios que poblaron México, sus ritos, ceremonias, religiones y enfrentamiento con los castellanos, es conocida como manuscrito o códice Tovar, y la habría escrito tras recorrer Nueva España y recoger numerosas tradiciones orales indígenas.
A diferencia del códice florentino de Bernardino de Sahagún o del lienzo de Tlaxcala, que fueron confeccionados hacia mediados de siglo y, por tanto, en épocas más próximas a la conquista, el códice Tovar fue escrito en 1585, es decir, 65 años después de la batalla de Otumba.
De hecho, su autor había nacido en 1543 (23 años después de aquellos hechos). Además, el manuscrito contiene numerosos errores, incluidos claros errores cronológicos, lo que es lógico al basarse en tradiciones orales sobre épocas en las que la mayor parte de los narradores indígenas no habían vivido. Por último, Tovar —a quien no hay que desmerecer su importancia como filólogo y estudioso de la historia y tradiciones mesoamericanas— siempre tuvo una visión indigenista y muy crítica con la conquista, por lo que, en ese aspecto, sus escritos carecen de objetividad.
En definitiva, es más lógico pensar que los abochornados por haber perdido una batalla tan desigual fuesen los indígenas entrevistados por Tovar. La esperanza de vida de los mexicas antes de la conquista era de 37 años; esperanza que, con las epidemias traídas por los europeos, se redujo considerablemente. Con lo cual, los entrevistados habrían de pertenecer, por fuerza, a una generación —o más— posterior a la conquista.
Estamos hablando de nada menos que 65 años después de Otumba y, por tanto, es posible que los descendientes de quienes vivieron en la época de Cortés mezclasen los hechos del 7 de julio de 1520 con los de finales de diciembre, cuando Cortés y el príncipe Ixtlilxóchitl entraron en Tetzcoco.