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El general Saro con el general Sanjurjo en la playa de la Cebadilla, donde se efectuó el desembarco

El general Saro con el general Sanjurjo en la playa de la Cebadilla, donde se efectuó el desembarcoRevista ilistrada La Esfera 1925

El desembarco que salvó el protectorado: la epopeya militar que selló la derrota de Abd el-Krim

La ministra de Defensa ha prohibido expresamente conmemorar los 100 años del desembarco de Alhucemas, seguramente por miedo a ofender a Marruecos

En 1906, las potencias europeas decretaron el nacimiento del protectorado hispanofrancés en Marruecos. Una fórmula que dejaba en el trono del país —de aquellas zonas que malamente gobernaba— al sultán Mulay Yúsuf (1912-1927), encomendando a los gobiernos de Madrid y París que lo sostuviesen en el poder y trabajasen para extender su control por todo Marruecos a cambio de los beneficios coloniales que pudieran obtener de aquel débil e inestable reino.

El desembarco de Alhucemas fue el principio del fin de la Guerra de Marruecos, un conflicto que se prolongaba desde hacía 16 años y que supuso una sangría para la juventud española y para los exiguos recursos económicos del reinado de Alfonso XIII. Una guerra colonial nacida —teóricamente— para lograr beneficios por ejercer el protectorado.

En el Rif hubo tres protagonistas del conflicto por parte marroquí: el sultán Mulay Yúsuf, asentado en la zona dominada por el colonialismo francés; Abd el-Krim, el líder rifeño que soñó con ver una república independiente del Rif, libre de España y de Marruecos; y, frente a ellos, el Raisuni, señor de la Yebala, mitad reyezuelo, mitad jefe de bandidos, que en algunos momentos estuvo a punto de convertirse en dueño y señor de una parte del actual Marruecos.

Abd el-Krim el Jattabi reunió a los representantes de las yemas y de las cabilas amigas para proclamar, el 15 de muharram de 1340 (18 de septiembre de 1921), el nacimiento de la nueva República del Rif. El territorio de esta república abarcaba desde la costa atlántica hasta la frontera con Argelia. Incluía Tánger y Tetuán en el norte, Larache en el sur, y llegaba hasta las inmediaciones de Nador y Melilla en el este.

La República del Rif tuvo su propia Asamblea Nacional, una Constitución, un incipiente sistema administrativo, bandera, moneda propia y un ejército que llegó a contar con una rudimentaria armada y fuerza aérea. Logró mantener su independencia hasta 1926, cuando el desembarco español en Alhucemas apuntilló el breve sueño de una nación rifeña soberana.

Territorio de la República del Rif

Territorio de la República del Rif

Tras la proclamación, Abd el-Krim intentó lograr el reconocimiento internacional de su joven nación. No encontró apoyo de ninguna gran potencia europea, ni siquiera del Reino Unido. En España solo obtuvo el respaldo del recién nacido Partido Comunista, de Acció Catalana y de Estat Català, fuerzas siempre enfrentadas a España. También intentó obtener el reconocimiento de la recién creada Sociedad de Naciones, sin éxito. Les dirigió el siguiente discurso:

«Nosotros, el Gobierno de la República del Rif, instaurado en julio de 1921, queremos declarar y hacer ver a los países participantes en el Tratado de Algeciras de 1906 que las altas ambiciones que auspiciaron dicho acuerdo no pueden ser llevadas a cabo —cosa que ya la historia evidenció tiempo atrás— y esto debido a una premisa inicial falsa que afirma que nuestro país, el Rif, es parte de Marruecos.

El-Hadj el-Mokri, embajador marroquí en España, firmando el tratado en la conferencia de Algeciras, el 7 de abril de 1906

El-Hadj el-Mokri, embajador marroquí en España, firmando el tratado en la conferencia de Algeciras, el 7 de abril de 1906Dominio Público

Nuestro país forma geográficamente parte de África, pero, sin embargo, es una entidad claramente independiente, y por consiguiente se ha diferenciado étnicamente del resto de África, aunque haya ido mezclándose con europeos y fenicios hace cientos de años como resultado de la migración.

Nuestra lengua también se diferencia claramente de las demás: de la árabe de Marruecos o de otras lenguas africanas. Porque nosotros, los rifeños, nunca hemos sido marroquíes, del mismo modo que los ingleses no pueden considerarse a sí mismos alemanes. Tal vez es eso lo que nos hace más parecidos a los ingleses: nuestra fuerte convicción en la independencia y nuestro deseo de estar en contacto con el resto de las naciones del mundo.

Es falsa la premisa de que nuestro país, el Rif, es parte de Marruecos; los rifeños nunca hemos sido marroquíes...

(…) El Rif nunca ha pagado impuesto alguno a Marruecos, ni tampoco recibe de este ayuda o subvención para su desarrollo.

(…) En julio de 1921 hicimos constar a los embajadores ingleses, americanos, franceses e italianos en Tánger que habíamos instaurado la República del Rif y que no despreciamos embarcarnos en una guerra legítima contra España en defensa de nuestra independencia, que perseveraremos en ello hasta obtener la paz, la libertad y el reconocimiento de nuestra soberanía con todos sus territorios: desde los límites fronterizos con Marruecos hasta el mar Mediterráneo, y del río Muluya hasta el océano Atlántico.

Llamamos a todos los países a establecer servicios consulares y diplomáticos en la sede de nuestro actual Gobierno, en Axdir; se les darán todas las facilidades y serán bien recibidos».

El otro personaje que disputaba la soberanía al sultán era Muley Ahmed ibn Muhammad ibn Abdallah al-Raisuni, un jefe cabileño de la región de Yebala, contrario a la presencia colonial europea en Marruecos, al poder del sultán y enemigo de los seguidores de Abd el-Krim. Pertenecía a la prestigiosa familia de los Raisuni o Ulad Berrisul. Se decía descendiente directo de Mahoma (con derecho al tratamiento de cherif y de muley), de Idris I (primer sultán de Marruecos) y del santo Muley Abd el-Selam Ben Mechich. Formaba parte de la aristocracia semiteocrática y semiguerrera que, en el Marruecos de la época, gozaba de gran consideración.

Inteligente, astuto y de gran fortaleza física, practicó el bandolerismo que entonces se identificaba como una postura anticolonial. Estuvo preso en la prisión de Mogador entre 1895 y 1900, en condiciones infrahumanas, cuya huella psíquica lo convirtió en un hombre duro, cruel e insensible al dolor ajeno.

Fue enemigo y aliado de España. Se enfrentó a Abd el-Krim, quien terminó por capturarlo en su residencia de la zauía (santuario) de Tazarut, donde se rindió el 26 de enero de 1925. Luego fue encarcelado en el Rif el día 30, debiendo ser transportado en unas parihuelas dada la gravedad de su estado. Abd el-Krim creyó que se encontraría con un anciano casi demente y sin autoridad, pero halló a un guerrero que le echaba en cara tratarlo de aquella manera, acusándolo de advenedizo y mal musulmán.

Convocados los cabecillas y ulemas del Rif, estos decidieron su ejecución. Abd el-Krim lo aprobó, supeditando la fecha de la sentencia al sometimiento total de las cabilas aún hostiles a su causa. Sabía que el cherif estaba muy enfermo. No quiso convertirlo en mártir, pues temía que en la Yebala su muerte pudiera ser mal vista. Debido a esta decisión, se salvó de ser ejecutado, de que su cadáver fuese quemado y sus cenizas aventadas, falleciendo en cautiverio de muerte natural.

Henchido de orgullo, convencido de que su proyecto político para el Rif era imparable, Abd el-Krim decidió lanzar una ofensiva sobre las tropas francesas que protegían la frontera hispanofrancesa en el río Uarga. Los españoles habían ya realizado la retirada de Xauen, renunciando a muchos territorios conquistados al precio de ríos de sangre. Al amanecer del 13 de abril de 1925, cinco harkas rifeñas, compuestas por cuatro mil cabileños, atacaron por el Uarga la zona francesa del protectorado. Su ofensiva se prolongó durante cuatro días. La línea de defensa francesa cedió. Se produjo una masacre. Los rifeños llegaron hasta 30 kilómetros de Fez.

La debacle francesa fue comparable a los sucesos de Annual sufridos por España en 1921. Esta derrota decidió a los galos —hasta entonces reacios— a colaborar con España para acabar con la revuelta de Abd el-Krim.

El 26 de mayo de 1926, tras las últimas ofensivas españolas, Abd el-Krim se rindió a los franceses, que lo retuvieron en la isla de Reunión. Posteriormente escapó a Egipto, donde murió en 1963.

Los errores del líder rifeño y la decidida actuación de España durante la dictadura de Primo de Rivera permitieron desencadenar el exitoso desembarco en Alhucemas, el 8 de septiembre de 1925. Esta operación militar supuso el comienzo del fin de la guerra y tuvo como consecuencia que el débil sultanato de Marruecos —sin control efectivo sobre su propio país— se viese beneficiado por la paz que, a sangre y fuego, impuso España en su protectorado del norte de Marruecos.

Desembarco de Alhucemas, septiembre de 1925

Desembarco de Alhucemas, septiembre de 1925

Resulta aventurado pensar qué habría pasado si Alhucemas hubiese sido un fracaso. Seguramente hoy existiría una república rifeña en el Rif. Los descendientes de El Raisuni gobernarían en la Yebala, al noroeste de Marruecos, y el actual monarca magrebí, Mohamed VI, tendría un reino al otro lado de los montes Atlas, sin salida al Mediterráneo.

La ministra de Defensa ha prohibido expresamente conmemorar los 100 años del desembarco de Alhucemas, seguramente por miedo a ofender a Marruecos o por no querer verse obligada a contemplar cómo el entonces coronel Francisco Franco es recordado como jefe del Tercio de Extranjeros y comandante de las tropas que desembarcaron en vanguardia en las playas de Alhucemas.

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