Soldados italianos en el Tembien manejan una ametralladora Fiat-Revelli Mod. 1914
Dolores Pedroso, la corresponsal española que narró la guerra de Etiopía y luego brilló en la danza
Corresponsal de 'ABC' en la invasión italiana de Etiopía, cruzó el mar Rojo no solo con un cuaderno de notas, sino con el alma de una artista que nunca dejó de observar el mundo como un escenario
«Adua ha sido bombardeada por los italianos sin declaración oficial de guerra; dicen que la primera bomba cae sobre la Cruz Roja. Hay muertos, se cree que muchos, mujeres y niños también». Esta frase, escrita por Dolores Pedroso y Sturdza en su segunda crónica desde Etiopía para ABC, se convirtió en una de las noticias más difundidas de la guerra.
Muchos periódicos de todo el mundo dieron por cierto que los fascistas habían bombardeado un hospital de la Cruz Roja. Cuando otros periodistas entraron en Adua, no hallaron rastro del hospital ni pruebas del ataque, pero el rumor ya era imparable.
Antes de convertirse en corresponsal, Dolores Pedroso y Sturdza ya era un nombre que resonaba en los círculos cultos de Madrid. Nacida en una familia de rancio abolengo, nieta de una princesa rumana, su infancia transcurrió entre Estados Unidos, Suecia y París, siguiendo los destinos diplomáticos de su padre. Educada en un ambiente cosmopolita y artístico, vivió su juventud entre los jardines del Retiro, donde estaba el palacete familiar, y las veladas literarias del Madrid de entreguerras.
Su hermana Margarita fue alumna de la Escuela de Periodismo de El Debate, y juntas promovieron el singular grupo Los Jóvenes y el Arte, que organizaba lecturas, conciertos y representaciones en cementerios, palacios y patios señoriales. Dolores aparecía con frecuencia en las crónicas de sociedad, y no pasó desapercibido su talento para la danza ni su audacia intelectual: llegó incluso a disputar una partida de ajedrez con el campeón mundial Alexander Alekhine. Pertenecía a esa aristocracia que combinaba la tradición con un apetito moderno por la cultura, el arte… y la política.
Dolores de Pedroso y Sturdza en la playa de Biarritz. Obra de Paul-Émile Chabas
De su infancia en Biarritz se conserva un retrato encantador, pintado por Paul Émile Chabas hacia 1912, donde una niña de melena rubia y ojos claros mira desde la orilla del mar. Ese cuadro, hoy custodiado en el Museo del Prado, es más que una imagen detenida: es la premonición de una mujer que, sin dejar de ser delicada, supo enfrentarse a la violencia del mundo. Todos los retratos de las Sturdza —se conservan varios— muestran una estirpe de mujeres bellísimas, con una elegancia natural que no se apartaba de la inteligencia ni del carácter.
Etiopía era otro mundo. Allí, entre el polvo de los caminos, los uniformes coloniales y el humo de las primeras bombas, Dolores se convirtió en testigo de una guerra. Describió a los nativos como primitivos, con sus chamás y turbantes, pero también elogió su dignidad, su serenidad frente a la invasión, su estoicismo silencioso.
A Selassie lo retrató como el alma de una nación que aún creía en sí misma. Para ella, el emperador era símbolo y sostén, guía de un pueblo que se preparaba para morir con honor. Para Dolores era, sobre todo, un hombre decidido a resistir. Años después, su figura cruzaría las fronteras africanas para convertirse en un mito de la cultura del siglo XX: inspirador del movimiento rastafari, héroe del anticolonialismo, leyenda viviente para generaciones que jamás pisaron Etiopía. Esa imagen está muy lejos de la que trazó Ryszard Kapuściński en El Emperador.
Haile Selassie en 1935
Dolores no fue indiferente al dolor. Visitó hospitales, acompañó a los misioneros, recogió los susurros de los niños que ya sabían qué era una guerra. En enero de 1936, su última crónica —Entre leprosos— es un canto contenido al sufrimiento sin épica. En Harar, en una leprosería fundada por capuchinos, compartió miradas y silencios con mujeres marcadas por la enfermedad, sin morbo ni dramatismo. «Nos miraban con curiosidad —anota—, haciendo comentarios sobre nuestros trajes, sombreros, etc.». El horror no le impidió registrar los matices de la vida. Quizás en los detalles se aprecia el sexo del corresponsal de guerra.
No está claro cuándo ni cómo abandonó Etiopía. La historia, caprichosa, no le reservó el mismo destino trágico que a Margarita Herrero. Su nombre desaparece de los cables poco después de la caída de Adís Abeba. Reaparece en Francia en 1937, donde publica Resurrection de l’Espagne, un texto breve y vibrante en defensa de la causa nacional durante la Guerra Civil. Luego, la danza tomó el relevo.
Su biografía se llenó de escenarios, coreografías, flamenco y giras internacionales. La guerra fue un paréntesis. Sobre esa segunda vida existe un magnífico libro: Dolores de Pedroso y La Quica, dos mujeres unidas por la danza, escrito por Mercedes Albi.
Años después, Carlos Saura la recordaría como «una mujer entrañable que no parecía española, rubia, alta y delgada, con ojos muy azules, que tenía determinación y la firmeza de quien está convencida de lo que hace».
Hoy sus crónicas han quedado sepultadas bajo las memorias de grandes corresponsales de una guerra en la que ellos fueron noticia: Waugh, Deedes, Webb Miller, Barber, Matthews y un joven Indro Montanelli. Su voz, delicada y firme, merece rescatarse no solo por ser pionera, sino por ser profundamente humana.
Recientemente he publicado Españolas en la segunda guerra italo-etíope como parte del libro Mujeres corresponsales en conflictos bélicos (Editorial Síntesis, 2025), donde abordo esta y otras peripecias.