Diego Velázquez - La rendición de Breda (1634 - 1635)
La guerra de Flandes: la revuelta que la propaganda convirtió en una guerra de independencia
Al hablar de Flandes también hay que mencionar la leyenda negra. Los rebeldes protestantes no la crearon, pero la impulsaron muy decididamente
Cuando hablamos de Flandes nos suele venir a la cabeza ese conflictivo y complejo territorio de Europa occidental que formó parte de la Monarquía Hispánica, situado al noroeste de Francia, un tanto indeterminado en su marco geográfico, pero que imaginamos podría corresponder al actual Benelux, es decir, los actuales Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo.
En realidad, Flandes no se corresponde, exactamente, con el Benelux. Lo cierto, incluso, es que, en puridad, sería más correcto hablar de los Países Bajos, que entonces tenían una composición muy diferente a la actual, o de las 17 provincias.
El condado de Flandes era una de dichas provincias, muy poblada, muy rica, con gran actividad comercial y que comprendía ciudades como Gante, donde nace Carlos V, Brujas o Ypres; sin embargo, por extensión, se le denominaba en ocasiones Flandes al conjunto, de la misma manera que, aun no siendo lo estrictamente correcto, hablamos de Holanda para referirnos a los actuales Países Bajos o de Inglaterra para el Reino Unido.
El término, de hecho, era muy utilizado en la época. Se hablaba de los tercios de Flandes o la «guerra de Flandes», término que ha llegado hasta nuestros días, aunque solo en España, ya que los neerlandeses y el resto de los europeos la denominan «guerra de los Ochenta Años».
Los habitantes de las 17 provincias, salvo los del propio condado, no se referían entonces a sí mismos como flamencos, sino en función de su provincia. Un natural de Bruselas era un brabanzón, por el ducado de Brabante, o uno de Namur, un namurés. Para el conjunto del territorio se utilizaba «Nederlanden», es decir, Países Bajos. Denominación que heredaron los actuales neerlandeses, en un territorio muy disminuido con respecto a los Países Bajos de los Habsburgos.
Este territorio formaba parte de la herencia de la abuela paterna de Carlos V, María de Borgoña, y comprendía, además del ya citado Benelux, algunas pequeñas zonas de Francia, y la mayor parte del condado de Artois, incluida la ciudad de Arras, y algunas reducidas zonas de la actual Alemania, parte de los ducados de Güeldres, Jülich y Cléveris, hoy en día encuadradas, fundamentalmente, en Renania del Norte-Westfalia.
Por supuesto, no todas las 17 provincias tenían el mismo peso. Además del ya citado condado de Flandes, tenían una gran importancia el ducado de Brabante, que comprendía ciudades como Bruselas, Amberes o Lovaina; el ducado de Holanda, con Ámsterdam, Haarlem o Leiden; el ducado de Luxemburgo, por su importancia estratégica, geográfica y como puerta de llegada del Camino Español, el que realizaban los tercios desde Milán, o el ya citado condado de Artois, también de fundamental interés estratégico, siendo el gran baluarte de defensa frente a Francia y, además, porque su nobleza católica promovió la Unión de Arras, tratado que impulsó la lealtad a Felipe II y la defensa de la fe católica frente a los rebeldes protestantes de las provincias del norte.
Cuadro de los Tercios de Flandes, por Ferre-Clauzel
Al hablar de Flandes también hay que mencionar la leyenda negra. Los rebeldes protestantes no la crearon, pero la impulsaron muy decididamente. Guillermo de Orange, que como militar, a diferencia de su hijo, tenía grandes carencias, fue un hábil propagandista y lo cierto es que su relato fue el que acabó imponiéndose. Así nos han vendido que la guerra de los Ochenta Años fue una guerra de independencia. Lo cual está muy alejado de la realidad.
Fue una revuelta de una élite nobiliaria muy celosa de mantener sus privilegios y fue también la historia de una gran traición personal, ya que Guillermo de Orange se educó en la corte de Carlos V y de joven fue un leal servidor de los Habsburgos. La situación cambió con la llegada de Felipe II al poder, ya que, a diferencia de su padre y simplificando, no fue solo una política de nombramientos, Felipe impuso a muchos nobles españoles en cargos a los que aspiraban los aristócratas neerlandeses.
Algo lejanamente parecido a las comunidades de Castilla, pero con un apoyo popular minoritario y con el componente religioso que motivó que las posiciones de la corte y las de los rebeldes se volviesen incompatibles, ya que Felipe II siempre declaró que prefería perder las provincias del norte que gobernar sobre herejes.
De hecho, al principio de la revuelta, el grueso de las tropas del de Orange eran extranjeros mercenarios, soldados a sueldo que cometían grandes tropelías contra la población civil, ganándose su animadversión. Lo cuenta Javier Rubio en La huella de España en Flandes, tras la fallida primera invasión orangista frente al duque de Alba: «Guillermo de Orange se vio obligado a emprender un nuevo exilio hacia Francia, arrasando y saqueando los pueblos a su paso»; también señala su actitud: «un tanto despótica, al erigirse libertador de estados que no querían ser liberados».
En cambio, la participación de los españoles siempre fue minoritaria. Las tropas provenientes de España nunca sobrepasaron los 8.000 hombres, mientras que los neerlandeses variaron desde los 30.000 del duque de Alba hasta los 50.000 de Farnesio.
Sin embargo, con el paso del tiempo y sufriendo las consecuencias de una guerra que no querían, el conflicto terminó derivando en una guerra civil, con una fuerte connotación de guerra de religión. Entre otras cosas, por algunos graves errores de la corte de Madrid, que no comprendía bien la situación en las provincias, y porque la falta de salarios a los soldados provocó determinados saqueos que generaron un gran rechazo en los locales. Pero no existió, y desde luego no al principio, ese sentimiento mayoritario de la población por su independencia, frente al tiránico opresor español que ha vendido la propaganda orangista.
La crisis se inició durante el gobierno de la hija ilegítima de Carlos V, Margarita de Parma. Esta tía de Felipe II intentó políticas conciliadoras que tropezaron con la radicalidad religiosa avivada, interesadamente, por algunos nobles; la denominada «furia iconoclasta» o destrucción de imágenes religiosas en iglesias y monasterios motivó que el Rey optase por la mano dura y enviase, como gobernador, a uno de sus mejores militares, el duque de Alba.
Sus brillantes campañas a punto estuvieron de dar al traste con la revuelta, pero un exceso de esa mano dura, la creación del tribunal de tumultos fuera de los cauces judiciales propios y la incomodidad de permanecer, ya con cierta edad, en una tierra que no le gustaba y de la que detestaba el clima tuvieron como reflejo cierta apatía en sus últimos años de gobierno, lo que mantuvo la llama de la revolución norteña.
Con su sucesor, Luis de Requesens, los orangistas recuperaron posiciones. Su muerte sin sucesor designado creó, además, un vacío de poder capitalizado por el de Nassau, tras el saqueo de Amberes (1576), por parte de los tercios. Así, en el compromiso de la pacificación de Gante (1576), se propuso la unión de todas las provincias para expulsar a las tropas «extranjeras». Con Juan de Austria y pese al edicto perpetuo de 1577, que planteaba vías pacíficas, se reanudó el conflicto. Don Juan falleció en 1578 y fue sucedido por el hijo de Margarita: Alejandro Farnesio.
Alejandro fue el más brillante, tanto en lo político como en lo militar, de los gobernadores españoles de Flandes. A él se debe la reconquista del sur. Sus impecables campañas militares, junto a movimientos como la Unión de Arras (1579), salvaguardaron los territorios valones y francófonos del sur, junto a provincias como Luxemburgo.
Aunque algunos pequeños territorios se perdieron a manos de Francia durante el siglo XVII y las Provincias Unidas vieron confirmada su independencia en la Paz de Westfalia de 1648, el resto del Flandes español permanecerá bajo la Monarquía de los Habsburgos hasta el final de la guerra de Sucesión, en el siglo XVIII.