Niños españoles del SS Heliopolis después de llegar a Hawái
Cuando más de 8.000 españoles emigraron a Hawái a cambio de un billete gratis y promesas falsas
Entre 1900 y 1913 se sucedieron las reclutas, hasta que fueron interrumpidas por el Gobierno español al conocerse las duras condiciones de vida de los españoles en Hawái y la huida de jóvenes para evitar el servicio militar
A mediados del siglo XIX, la población hawaiana era de 67.000 habitantes. En poco tiempo, sus élites tomaron conciencia de la escasez de mano de obra para sus plantaciones en auge. Por ello, se organizaron sociedades para facilitar la emigración a las islas, a donde llegaron incluso españoles.
En los primeros años, la mayoría de los inmigrantes procedía de Asia, por su mayor cercanía geográfica. Al vincularse cada vez más con Estados Unidos, surgió la necesidad de atraer europeos, y se suprimió legalmente la llegada de chinos y coreanos.
De esta manera, agentes del Board of Immigration of Hawaii abrieron agencias en Galicia a comienzos del siglo XX y, más tarde, en el sur de España, desde su base en Gibraltar. Los intentos de recluta en tierras andaluzas fueron más intensos y duraderos, pues los agentes repartieron profusamente folletos e impresos para animar al viaje.
Anunciaron las «magníficas condiciones» y el próspero porvenir que se abría a los emigrantes, además de pregonar su principal arma propagandística: la gratuidad del viaje. Para gente pobre y sin recursos fue muy tentador, ya que la recluta se orientó hacia jornaleros y trabajadores del campo, que era la población que se deseaba trasladar.
Cartel promocional dirigido a atraer la emigración de españoles a las islas Hawái a prinicipios del siglo XX, cuyos descendientes se reúnen estos días en San Francisco (EE. UU.)
Entre 1900 y 1913 se sucedieron las reclutas, hasta que fueron interrumpidas por el Gobierno español al conocerse las duras condiciones de vida de los españoles en Hawái y la huida de jóvenes para evitar el servicio militar. Y es que los agentes extranjeros facilitaban continuamente el incumplimiento de los deberes militares como otro atractivo para captar hombres jóvenes.
Entre un 20 y un 25 % de los emigrantes se encontraban en esta categoría. La escasez de vapores que hicieran el largo viaje desde Gibraltar, unida a las campañas realizadas por las autoridades, también terminó por frenar esta emigración.
Algunos españoles murieron por las duras condiciones del viaje y la falta de higiene en los barcos, pero llegaron finalmente unos 8.089 a las islas. Al principio, los gallegos trabajaron entre tres y cuatro años en las plantaciones de caña de azúcar y en la construcción de carreteras, aunque la mayoría terminó por trasladarse a California.
Una segunda oleada, formada por andaluces, intentó dedicarse a todo tipo de oficios, pero, al desconocer el inglés, muy pocos se quedaron en la capital, Honolulú, donde solo residían veinte familias en 1911. La mayoría se diseminó por las grandes plantaciones de azúcar de las islas.
La jornada era de diez horas para los trabajadores del campo y de doce para los de las fábricas; los españoles solían vivir a una hora de las plantaciones, por lo que salían de sus casas a las cinco de la madrugada y regresaban a las cinco y media de la tarde, como ha estudiado Germán Rueda.
Inmigrantes españoles en la cubierta del SS Heliópolis en su camino a Hawái (1907)
Las plantaciones y compañías azucareras asociadas en el Trust Planter’s Association of Hawaii pagaban a españoles y portugueses 24 dólares al mes, facilitándoles casa, leña, agua y asistencia médica. Si una familia necesitaba entre 30 y 40 dólares mensuales para sobrevivir, la calidad de vida era baja, al estar los salarios generalmente por debajo del coste real de vida, lo que conllevaba empobrecimiento, envejecimiento y mala alimentación. La mayoría de quienes logró ahorrar algo utilizó ese dinero para irse a California, donde el jornalero estaba mejor remunerado.
Como pudo comprobar el cónsul español en Honolulú, la mayoría de los españoles se arrepintió de haber emigrado, quejándose del maltrato de los capataces. La mitad de los inmigrantes permaneció en las plantaciones entre seis y diez años; el resto no llegó a cinco años (el 39 %) o permaneció más de una década, pero muy pocos alcanzaron los veinte años de estancia.
Sin embargo, la estancia en Hawái fue beneficiosa para sus hijos, pues todos asistieron al menos tres años a la escuela, y la mayoría cursó estudios entre cuatro y seis años, mientras que el 50 % de sus padres era analfabeto. Por ello, la segunda generación de quienes se quedaron en las islas logró hablar inglés y pudo integrarse mejor en la sociedad, incluso accediendo a empleos de mayor calidad.
Hacia 1938, había 1.248 «personas de raza española», según la denominación de la época, caracterizadas por su endogamia, pues fueron muy habituales los matrimonios entre españoles y sus descendientes. Raramente, se divorciaban y su grado de cohesión fue alto.
La única organización benéfica de estos emigrantes fue la Sociedad Española de Socorros Mutuos Victoria y Alfonso, que comenzó con 25 socios. En 1914 aumentó a dos centenares, creciendo y aumentando su capital. Esta asociación amplió sus objetivos mutualistas al fomento de las relaciones sociales entre los españoles.
El consulado fue el medio a través del cual se canalizaron las protestas y un lugar donde encontraron apoyo en muchas ocasiones. Algunas organizaciones locales, como The Association Charities, y algunos hospitales ayudaron a la colonia española, así como algunas personas particulares, que donaron dinero a quienes quisieran volver a España. Al ser el viaje a la madre patria muy caro, la mayoría optó, en caso de trasladarse, por los Estados Unidos.