De paje real a pionero en el Nuevo Mundo: el legado de Juan Ponce de León
Casado con una indígena mucho antes de que fuera ley, Ponce de León fue el noble que fundó Puerto Rico, descubrió Florida y dio forma a un Imperio mestizo
Retrato coloreado de Juan Ponce de León
En la antesala del 12 de octubre, día de nuestra Fiesta Nacional y de la Hispanidad, y aniversario del Descubrimiento de América, he querido elegir a este gran personaje, bastante olvidado pero muy relevante, y símbolo de la mayor seña de identidad y semilla de un futuro que hoy es presente del Imperio Hispano: el mestizaje. Juan Ponce de León, llegado al Nuevo Continente en el segundo viaje colombino, vástago de una familia del más rancio abolengo, fue, junto a su compañero y también famoso capitán, Alonso de Ojeda, de los primeros en casarse con indígenas y enorgullecerse de sus hijos mestizos.
Los Ponce de León ya eran condes —los Ponce de Cabrera— cuando la frontera entre cristianos y musulmanes andaba por el Tajo, y el rey Alfonso VIII era todavía el rey Pequeño. Eran originarios del reino de León, y, al casar un Ponce de Cabrera con una infanta leonesa, hija ilegítima del rey Alfonso IX de León, consiguió de este añadir «de León» a su patronímico. Gozando del favor de los sucesivos reyes, consiguieron gran poder y extensos territorios y mercedes en Andalucía, en especial Cádiz, zona en la que competían en influencia con los duques de Medina Sidonia.
Al producirse la fusión de los reinos de Aragón y Castilla, encontramos a nuestro protagonista nacido en Santervás de Campos (Valladolid), pero educado y criado en Andalucía, y que había sido paje en la corte del rey Juan II de Aragón, del entonces todavía príncipe Fernando, en la mayor cercanía a este, pues había participado activamente en la guerra y toma de Granada, y fue seleccionado por el soberano para acompañarlo en el cortejo triunfal que entró en la ciudad. Se dice que era tal el aprecio que el Rey Católico sentía por él, que fue quien llevó aquel día su caballo de la brida.
Allí había conocido a Cristóbal Colón y, tras la vuelta del primer viaje del Almirante —el del Descubrimiento—, él fue uno de los notables que, por indicación real, embarcaron en el segundo, junto al cartógrafo amigo de la reina Isabel, Juan de la Cosa, y Alonso de Ojeda, entre otros.
Fue en ese segundo viaje cuando los españoles toparon con diferentes etnias indígenas, además de los pacíficos taínos que habían hallado en La Española: los feroces caribes, que aterrorizaban a los primeros y que, para temor de los españoles, no solo utilizaban flechas envenenadas, sino que eran caníbales y consideraban a los enemigos un manjar exquisito, fueran estos indios o blancos. Tal gusto tenían por la carne humana que, si los capturaban todavía jóvenes, los capaban y los engordaban para que estuvieran más tiernos.
Lo contó después el propio Almirante por escrito: «A todos acostumbran a cortar su miembro porque engorden, como fazen en Castilla a los capones para comer en fiesta», pero fue primer testigo de ello Ponce de León, y de ello dejó recado el escribano Álvarez Chanca, quien anotó cómo «a los muchachos de los pacíficos que cogen cautivos lo primero que hacen es cortar a ras de la barriga sus partes, luego los mantienen a su servicio hasta que son hombres y entonces se los comen. Que también cautivan a las mujeres y buscan las más jóvenes y hermosas para llevárselas y tener placer con ellas. Cuando tienen un hijo de ellos se lo comen también recién nacido, como si fuera un ternasco, pues no quieren que los haya mezclado con la estirpe de los otros y solo crían a los que nacen de mujeres caribes».
El primer encuentro con los caníbales caribes lo tuvo Ponce de León por aguas cercanas a lo que luego sería su solar más querido de América: cerca de la isla de Puerto Rico, a cuya capital daría nombre y fundaría.
Se encontraba Ponce con el italiano Cuneo, amigo del Almirante, que también gustaba de escribir, y hasta lo hizo sobre los amores de don Cristóbal con la señora de La Gomera, Beatriz de Bobadilla, «la Cazadora», cuando supo lo que podía esperar de ellos.
Expedición de Ponce de León en Florida, según un grabado de 1885
«Habíamos echado ancla y desembarcado en un batel cuando vimos venir una gran canoa india y, como teníamos el batel en tierra, saltaron varios a él y le dieron caza. Venían cuatro indios y dos mujeres, todos caníbales, y traían dos indios cautivos a los que no hacía mucho les habían cortado el miembro a ras de vientre. Los caníbales flecharon a los castellanos al acercarse, y solo los paveses que llevaban los salvaron, pero a uno que portaba una adarga se la atravesaron y le entró la punta varios dedos en la carne. Al cabo de poco, tenía ponzoña; se murió de aquello. A los caribes los cogimos presos, y también a los capados. A uno de los caníbales, que se tiró al agua herido de una lanzada, lo lograron enganchar con un bichero y le cortaron la cabeza con una hoz. El italiano se quedó, regalo de su amigo el Almirante, con una de las caribes; pero cuando quiso cumplir su deseo —he de decir a vuestra merced que andan todas casi desnudas—, se le revolvió como una gata y le dejó marcadas las uñas. Luego nos contó que le dio con una cuerda azotes hasta que consiguió, tras muchos y grandes gritos que oíamos todos, someterla. Después de ello y consumada la coyunda, ella la buscaba, y el italiano decía que 'parecía haber sido criada en una escuela de putas'».
Fue poco después cuando Ponce de León vería por primera vez la isla donde luego haría su fortuna. Unos indios pacíficos pidieron ayuda al Almirante contra los caribes y fueron con ella hasta su costa y una bahía que llamaron Boquerón. Los indios, al verla, se tiraron a nado sin esperar que atracaran, y Colón la bautizó como San Juan. Pasado el tiempo, Ponce de León, que no regresó a España, la utilizó como puerto de atraque y lo llamó Puerto Rico, nombre por el que acabaría conociéndose a la isla entera. Ciertamente fue en aquel lugar donde hizo su fama y su fortuna.
La causa de que Ponce de León no volviera a España, tras haber participado de manera muy intensa en toda la expedición y en la batalla de la Vega Real, donde se acabó con la resistencia indígena y se encumbró la figura de Alonso de Ojeda, tuvo que ver en parte con el amor, pues quedó prendado de una hermosa india que trabajaba como mesonera en una posada/taberna de Santo Domingo. Al linajudo Ponce de León —el más antiguo y noble de todos los que de estirpe presumían— que fuera india no le importó en absoluto, y no quiso tenerla, como otros solían, de barragana un tiempo y luego buscar y traerse una mujer de España para casar con ella. Él la hizo su esposa a ojos de Dios y de los hombres, casándose con ella. Ello años antes incluso de que lo recomendara la reina Isabel en su lecho de muerte y lo sancionara legalmente luego su viudo Fernando, otorgando a sus vástagos la exacta y misma condición de herederos que los habidos de un matrimonio entre españoles. La taína, bautizada con el nombre de Leonor, le dio mucho amor y cuatro hijos.
Se instalaron en la ciudad y, tras los tropiezos de los Colón con otro Bobadilla —que los envió engrilletados a España—, y tras la muerte del pesquisidor, ahogado por no atender los avisos del Almirante, que estaba de vuelta para su último viaje, Ponce de León se convirtió en la mano derecha del nuevo gobernador, Nicolás de Ovando. Su ayuda fue esencial para sofocar la rebelión taína, que de nuevo había incendiado La Española, y fue recompensado con el gobierno de toda la parte occidental de la isla: la provincia de Higüey.
Grabado de Ponce de León publicado en 1858
Ponce no lo quiso fiar todo a buscar oro, sino que puso a los indios a cultivar yuca en ingentes cantidades y a hacer pan con ella. Con ello se hizo rico, pues todos los barcos españoles tenían que aprovisionarse de este alimento, en especial cuando los viajes eran muy largos, como el de regreso a España.
Fueron sus indios, a los que daba mejor trato que otros colonos, quienes le hablaron de las riquezas de Borinquen, que no era otra que la isla de San Juan, en la que ya había estado con el almirante Colón. Y fueron los taínos de aquella otra isla quienes lo llamaron en su ayuda, pues estaban siendo acosados por los caribes, que los asaltaban de continuo.
Desembarcó con sus tropas, pactó paces y apoyo con el más importante de los caciques nativos, pusieron en fuga a los agresores, hizo asentamiento y cultivos —nuevamente de yuca— y consiguió ser nombrado gobernador en 1509. Pero Diego Colón, muerto su padre, pleiteó contra él, alegando que ese derecho le correspondía por herencia, al haber sido otorgado a su progenitor junto a todos sus descubrimientos. Al fin, el rey Fernando hubo de otorgar al hijo de Colón su derecho, pero quiso mostrar su favor a su antiguo paje enviándole treinta hombres de guerra, varios religiosos sevillanos, ganado y caballos, y concedió a la isla escudo de armas propio.
Los soldados no le vinieron nada mal, pues el viejo cacique arahuaco murió y lo sucedió su belicoso sobrino, que se confabuló con sus anteriores enemigos, los caribes, y atacó a los españoles, matando a la mitad de ellos y paralizando toda producción de yuca y las minas de oro. Ponce de León contraatacó y logró vencerlo y matarlo.
Pero los problemas seguían. La sentencia de que la gobernación de San Juan de Puerto Rico pertenecía a Diego Colón fue confirmada por la Justicia, y Ponce decidió que no estaba dispuesto a servirle en un lugar que consideraba suyo por derecho. La contienda con los indios había mermado la población; la enfermedad, aún más; y los yacimientos de oro ya no daban más de sí.
Ponce de León y sus exploradores en Florida buscando la Fuente de la juventud, según un dibujo romántico alemán del siglo XIX
Pidió a su valedor, el rey Fernando, que le dejara explorar lugares que pudiera hallar al norte de Cuba. Le fue concedido con el beneplácito —en esta ocasión no de Diego Colón, sino de su tío Bartolomé, el hermano del Almirante—, con quien había congeniado desde siempre más. Partió con tres barcos y un timonel muy ducho, Antón de Alaminos, por ser natural de un pueblo de Guadalajara de tal nombre, quien había ido en el cuarto viaje de Colón y era considerado el mejor conocedor de aquellas aguas.
Tras navegar por el mar Caribe con rumbo norte, avistaron lo que creyeron era una gran isla, pero en la que les costó días de búsqueda costeando hasta que encontraron lugar donde atracar las naves. Llegado a la playa en un bote, Ponce de León ascendió a lo más alto de unas grandes dunas que la cerraban, y lo que divisaron sus ojos le asombró: una inmensa planicie cubierta de bosque se extendía hasta donde la vista se perdía en el horizonte. La exuberante vegetación era una sinfonía de flores, extrañas fragancias y aves de plumas de gran colorido y armoniosas voces. Reclamó aquellas tierras para España y su rey, y la llamó Tierra Florida. Luego volvieron a las naos.
Navegaron muchos días por aquellas costas, bordeando los cayos y bajando a veces a tierra, pero unos nativos eran amistosos y los invitaban a desembarcar, y otros los recibían a flechazos. Pronto descubrieron que aquellas flechas eran muy peligrosas, pues iban emponzoñadas, y hubieron de cuidarse de ellas. En uno de sus desplazamientos con rumbo sur, les cogió una corriente que, a pesar de tener viento a favor, no les permitía avanzar y que, cuando, acercándose a tierra, echaron anclas, seguía siendo tan potente que las hacía garrear. Los marineros tomaron buena nota y le dijeron a su capitán que aquello sería de mucha utilidad para los navíos. No lo sabían, pero acababan de entrar en la Corriente del Golfo, algo que también Colón había aprovechado.
Tras retornar por La Habana hasta Santo Domingo, emprendió desde allí viaje en 1514. Recibió autorización del rey Fernando para una expedición cuyo propósito era conquistar toda aquella tierra que había descubierto, pero tardó cinco años hasta que logró partir con doscientos hombres, entre los que no solo había soldados, sino también labradores, herreros, artesanos y sacerdotes con sus aperos e instrumental para sus labores y oficios. Los acompañaba una cincuentena de caballerías, entre mulas y caballos.
Buscó y creyó encontrar en la costa suroeste un lugar idóneo, cerca de un gran campamento indígena, y allí comenzó a construir una colonia. Todo parecía ir bien con los indígenas, y se mantuvo una cierta tranquilidad durante cerca de medio año. Hasta que, de golpe, sucedió que toda la tribu, los del poblado vecino y los venidos de otros muchos —todos ellos de un mismo clan, los calusa—, los atacaron con sus mortíferas flechas, y una de ellas alcanzó a Ponce de León en una pierna. Lograron rechazar el primer ataque, pero la ofensiva no tardó en recrudecerse. Cuando la resistencia se hizo imposible, muy ordenadamente, mientras los indios incendiaban su colonia, Ponce consiguió embarcarse con sus hombres y llegar a La Habana. Puso a salvo a su gente, pero él expiró nada más poner el pie en tierra cubana.
Sus restos fueron llevados a Puerto Rico, donde le dieron sepultura. Su tumba se encuentra actualmente en la catedral del Viejo San Juan, en el interior de un monumento, tras haber sido exhumados de la iglesia de San José, donde estaban enterrados. Su mujer, Leonor, y sus cuatro hijos se embarcaron rumbo a España y allí se aposentaron.
Su nombre ha quedado unido a la quimérica idea de la búsqueda de la Fuente de la Eterna Juventud, que se suponía que se hallaba en aquella Tierra Florida, pero tal cosa parece más bien ensoñación romántica, aumentada hasta el delirio por los escritores alemanes que la difundieron.