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Sagasta de pie en la esquina izquierda, con el Gobierno provisional de 1869

Sagasta de pie en la esquina izquierda, con el Gobierno provisional de 1869

Los planes secretos para restaurar la República en la España del siglo XIX

Al igual que otras corrientes políticas, el republicanismo también optó por la vía violenta –no solo por la electoral– para alcanzar el poder

Tras la restauración de la Monarquía en 1875, los restos del republicanismo se dividieron entre los más pragmáticos, dispuestos a colaborar desde la oposición parlamentaria, como Emilio Castelar, y aquellos que se decidieron por restaurar la República por medio de una revolución o un golpe de Estado.

Ya en mayo de 1877 se intentó poner en marcha un primer intento revolucionario que, como era habitual, debía apoyarse en la sublevación de varias unidades militares, en este caso en Aragón, Cataluña, Andalucía y las provincias vascas. El líder de la conspiración fue el exiliado Manuel Ruiz Zorrilla —cuya nefasta gestión ministerial en 1872 había sido olvidada—, secundado por los generales La Guardia, Padial, Lagunero y Merelio.

Sus intentos por levantar armas contra el Gobierno fueron un fracaso y tuvieron que refugiarse en Francia. El Gobierno de París consideró que sus relaciones con el de Madrid podían deteriorarse, por lo que encarceló y entregó a las autoridades alemanas a Ruiz Zorrilla y a Lagunero, que terminaron viviendo una temporada en Suiza.

«Don Manuel Ruiz Zorrilla, presidente de las Cortes constituyentes españolas», noviembre de 1870, en La Ilustración de Madrid

«Don Manuel Ruiz Zorrilla, presidente de las Cortes constituyentes españolas», noviembre de 1870, en La Ilustración de Madrid

Incansable al desaliento, pese a sus fracasos, Ruiz Zorrilla continuó intentando la sublevación militar, por lo que se entrevistó en Biarritz con el general Serrano, momento de máxima esperanza para sus anhelos políticos. El político republicano volvió del encuentro con grandes esperanzas, pues el sibilino militar le había prometido incluso invertir dinero en la conspiración. Todo comenzó a desarrollarse según sus planes y Ruiz Zorrilla se trasladó a Génova para embarcar rumbo a España para acaudillar el movimiento que debía estallar en los cuarteles. Pero su barco no llegó nunca, pues la policía española descubrió la trama para hacer caer el régimen constitucional y no tuvo más remedio que exiliarse en Londres.

Pero nada frenó sus ansias y, entre el 10 y el 14 de junio de 1881, se reunió en Biarritz con otros políticos republicanos como Salmerón, Martos, Montero Ríos y Azcárate. Propuso la fusión de los republicanos y progresistas para restaurar por la violencia la mitificada República, pero sus métodos no fueron aceptados por todos los presentes.

Ante la negativa de sus correligionarios, plenos de autoconfianza y personalismos, Ruiz Zorrilla decidió apoyarse en la Asociación Republicana Militar, que contaba con alrededor de 1.200 afiliados en un ejército con 24.000 oficiales y 500 generales. Sus componentes estaban muy desperdigados, pues la asociación estaba presente en 22 guarniciones, de las que seis correspondían a las capitales de distintas regiones militares.

Caricatura de Ruiz Zorrilla en El Motín

Caricatura de Ruiz Zorrilla en El Motín

Se fijó la fecha para el golpe de Estado que proclamara la República: el 5 de agosto de 1883. Al filtrarse la información de que el Gobierno conocía la conspiración, algunos generales manifestaron sus dudas. En varios regimientos se abortó el intento, levantándose la guarnición de Badajoz al confundir las órdenes enviadas. Al no sublevarse ninguna unidad más, los rebeldes tuvieron que huir a Portugal bajo el mando del coronel Serafín Asensio Vega.

Tres días más tarde, se levantaron las guarniciones de Santo Domingo de la Calzada, Seo de Urgel y Santa Coloma de Farnés, que se enfrentaron a fuerzas civiles y militares, siendo derrotadas. Los que no fueron capturados pasaron la frontera francesa o formaron partidas en Tarragona, Lérida, Valencia y Castellón durante un tiempo. El Gobierno impuso el orden y los tribunales militares actuaron con rigor y rapidez.

Tras la muerte de Alfonso XII el 25 de noviembre de 1885, la reina regente María Cristina decretó un indulto general a soldados, carabineros y desertores exiliados, al que se acogieron 322 personas. Pero no por ello los republicanos dejaron de conspirar.

Al año siguiente, el cónsul español en Perpiñán avisó al embajador y al ministro de la Gobernación de la existencia de una nueva trama. Les envió recortes de prensa donde los republicanos exiliados hacían llamamientos a las armas, incitando al alistamiento. El cónsul envió información sobre el dinero que prometían, las personas inscritas y el armamento que estaban comprando. Pero el Gobierno consideró que no había gravedad en esos movimientos y no se hizo ningún caso a las advertencias del cónsul.

Mientras tanto, se sucedieron las reuniones preparatorias del golpe de Estado en una sastrería de la madrileña calle de Preciados. Fueron sus líderes el general Merele y el brigadier Villacampa, que creyeron contar con varios regimientos en la capital, Alcalá de Henares, La Coruña, Ferrol y Jaca. El 19 de septiembre de 1886, los golpistas se echaron a la calle en Madrid, pero no todos los comprometidos se alzaron y no se pudo tomar el Ministerio de la Gobernación, objetivo del plan.

Caricatura de El Motín publicada el 5 de junio de 1881 con el título «¡Entrada libre!». Muestra a Ruiz Zorrilla siendo invitado por Sagasta y por el general Serrano a volver a España libremente, aunque lo que le espera en realidad es la cárcel

Caricatura de El Motín publicada el 5 de junio de 1881 con el título «¡Entrada libre!». Muestra a Ruiz Zorrilla siendo invitado por Sagasta y por el general Serrano a volver a España libremente, aunque lo que le espera en realidad es la cárcel

El capitán general de Castilla la Nueva, Manuel Pavía, ordenó a las unidades acantonadas en los alrededores de Madrid que cortaran la sublevación en el paseo del Prado. Al verse acorralados, los republicanos huyeron, pero Villacampa y parte de sus tropas fueron hechos prisioneros en Morata de Tajuña por los húsares de Pavía.

En Illés se reunieron 45 hombres procedentes de Perpiñán y Llauro que atravesaron la frontera, aunque terminaron escondiéndose. Una tercera banda de 30 hombres intentó tomar Portbou y el paso de la Junquera infructuosamente, pues 300 soldados les obligaron a exiliarse nuevamente en Francia. Ruiz Zorrilla, que había llegado a la frontera, tuvo que volverse rápidamente a París al ver que estaba todo perdido. No hubo apoyo popular al golpe de Estado republicano.

No obstante, el Gobierno entró en crisis, aunque la reina otorgó nuevamente su confianza al presidente liberal, Sagasta, nombrándose nuevos ministros. Además, se concedió un indulto a los reos y Ruiz Zorrilla terminó instalándose durante unas temporadas en Londres y Bruselas. En 1882, el conspirador republicano admitió su derrota y decidió presentarse, por la vía legal, a las elecciones. Toda una victoria del régimen de la Restauración.

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