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Cuadernos Rubio

La gesta de Ramón Rubio, una revolución en cuadernillos

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Resulta difícil encontrar a algún niño de los sesenta, setenta u ochenta, que no haya inclinado su lápiz sobre aquellos cuadernillos verdes y amarillos de Rubio, borrando una y otra vez con las inseparables gomas Milán e intentando hacer buena letra o acabando ufano una página llena de cuentas.

Porque si algo forma parte de lo que hoy llaman «imaginario colectivo» escolar de los niños de entonces son precisamente esos cuadernillos.

Cuadernillo Rubio

Cuadernillo Rubio

En uno de nuestros trabajos sobre gestas españolas afrontábamos el trabajo del maestro Álvarez, todo un revulsivo de la pedagogía de posguerra, imprescindible también en la memoria académica de generaciones al que el sino de los tiempos sepultaría en un glorioso olvido.

Nuestra historia de hoy, y nuestro protagonista, el señor Rubio, porque los cuadernillos llevaban su nombre, guarda algunos paralelismos con la del maestro Álvarez, aunque, como veremos, su final sería muy distinto.

Un hombre como tantos de entonces

Ramón Rubio nació en 1924 en una familia modesta de Tarragona, que pronto emigró a Geldo, en Castellón. Con la economía familiar ajustada, el joven Ramón comenzó a trabajar en el Banco Aragón de Valencia. A la vez, con ese afán de superación tan propio de la España de posguerra, estudiaba para obtener el título de profesor mercantil. Lo consiguió y ascendió en el banco. Pero como tantos padres de familia de entonces, practicó algo muy de la época: el «pluriempleo».

Ramón Rubio

Ramón Rubio

Con apenas veinticinco años, sin dejar el trabajo del banco, decidió por las tardes abrir su propia academia en Valencia: la Academia Rubio. Se había sacado su título compatibilizando trabajo y estudio y quiso rentabilizar su experiencia. Rubio se rodeó de un buen equipo de profesores, e impartía cálculo y contabilidad. En aquella España efervescente de los albores de los sesenta, su alumnado se preparaba con ilusión para aspirar a un puesto en la banca o en empresas donde la contabilidad, la taquigrafía y la mecanografía se convertían en trampolines hacia mejores empleos, también chicas que con empuje se esforzaban para conseguir un puesto de secretariado, y otros tantos buscaban la estabilidad y optaban a opositar a cualquier ministerio.

La academia pronto alcanzó prestigio por su eficacia. Se decía que allí explicaban muy bien unas materias como las matemáticas o la contabilidad que solían atragantarse, sobre todo a aquellos que no habían superado el difícil bachillerato de entonces, probablemente el más riguroso y completo que haya tenido España jamás.

Un niño con un cuaderno Rubio

Un niño con un cuaderno Rubio

Las fichas mágicas

Rubio se dio cuenta de que se perdía mucho tiempo copiando los numerosos ejercicios que ponía en la pizarra. Muchos de sus alumnos, venían a la Academia tras duras jornadas de trabajo y para que aprovecharan más el tiempo elaboró unas fichas de esas materias y quedó muy satisfecho con el resultado.

Pronto pensó que podría hacerlas también de caligrafía. En aquellos días, los libros de cuentas, con el debe y el haber, se hacían todos a mano, también las facturas y hasta los plazos de la hipoteca y de las compras de los primeros electrodomésticos que curiosamente se llamaban letras. La caligrafía debía ser pulcra y con cierto estilo. A la hora de buscar un puesto de trabajo, ayudaba el tener una caligrafía de buena factura.

Cuaderno Rubio de caligrafía

Cuaderno Rubio de caligrafía

El siguiente paso que dio fue el integrar las fichas en unos cuadernos, tanto las de caligrafía con ejercicios de grafomotricidad como las de operaciones matemáticas. Y estos cuadernos no solo los orientó para sus clases, sino también para repasar y reforzar conocimientos y practicar en casa la caligrafía a base de la repetición.

Llega la impresión

Los imprimió en una habitación de la casa familiar. Lo hizo de forma completamente artesanal en una máquina muy básica, hoja a hoja. Él lo hacía todo: se inventaba las frases, dibujaba los ejercicios, y luego un delineante de la Academia los pasaba a limpio. De ahí, a la imprenta, -recuerda su hijo Enrique. Con un nombre algo ampuloso creó en 1956 Ediciones Técnicas Rubio y tuvo la feliz idea de bajar el nivel hasta el mínimo, a los principios iniciales de las primeras sumas y restas y sencillísimas operaciones, y después ir subiendo en contenido.

El salto de gigante lo daría al darse cuenta de que este tipo de fichas en cuaderno podría ser un material ideal para los escolares. Tres supuestos imbatibles: claridad, repetición y progresión, tanto en sus ejercicios matemáticos secuenciales, con dibujos básicos, como en sus páginas de caligrafía. Para estas creó un diseño con puntos para unir y con líneas de doble renglón, que servían de guía para copiar, sin salirse ni torcerse, las letras del abecedario o números para pasar frases en las que dominaba una letra. «Tú tomas té en tu taza» «Lola lía la lana», «Papá fuma en pipa» o una frase más valiosa que un Premio Nobel: mi mamá me mima.

Ilustración de un niño haciendo caligrafía

Ilustración de un niño haciendo caligrafía

Una difusión, sin éxito hasta que…

Decidió volcarse intensamente en elaborar cuadernos y en el verano difundirlos. Viajaba con sus hijos en un Renault Gordini por las carreteras de aquella España de seats 600 durmiendo en colchonetas de playa. Lo cierto es que las vacaciones veraniegas no eran la mejor época, y fue una tarea más que ardua, decepcionante, intentando enseñarlos y venderlos puerta a puerta en colegios y escuelas. En muchos, ni lo recibían.

Pero como en toda epopeya, el destino se torció… para bien. Estaba a punto de cerrar la empresa cuando, como en un guion de película, apareció en la academia un comercial, pícaro y astuto que se ofreció a ayudarle en la tarea. Pero no visitó centros de enseñanza como habían quedado, hizo algo más práctico: introducirlos en papelerías, y tuvo un éxito sorprendente.

Varios cuadernos de problemas Rubio

Varios cuadernos de problemas Rubio

Durante un tiempo, Rubio no tuvo ni idea de lo que ocurría, y cuando lo averiguó supo que el comercial nada menos que había ganado 200.000 pesetas con sus cuadernos y había huido con las ganancias. Era un dineral para los primeros años sesenta. Esta estafa desmoralizó al empresario y pensó en abandonar. Pero como suele decirse «Dios escribe derecho con renglones torcidos» y en la parte posterior de los cuadernos aparecía la dirección de la empresa, y las papelerías comenzaron a llamarle haciéndole pedidos y pedidos porque los cuadernos se habían agotado con la única publicidad del boca a boca. El estafador había dejado sembrada la semilla del éxito. Su hijo narra con gracia que su padre estuvo buscando al caradura, pero no para denunciarlo por haber huido, sino para darle las gracias.

El secreto del éxito

Los cuadernos eran un producto único. Entonces apenas existían materiales didácticos estructurados y accesibles para trabajar lo que hoy se llama la cursilada de «competencias básicas»; antes se decía leer y escribir y las cuatro reglas. Pero tanto o más importante era la caligrafía: que los niños aprendieran a escribir con buena letra. En las aulas empezaron a recomendarlos como complemento a las lecciones, como deberes para casa e incluso para recuperar o mejorar en vacaciones. Los niños se esmeraban en hacerlo lo mejor posible para que los maestros de turno pusieran una VºB que significaba Visto Bueno. Además, eran cuadernos muy económicos y se podían comprar fácilmente en las papelerías y los comercios de barrio.

Aula

Aula

Los primeros cuadernos

En los primeros cuadernos el diseño era sobrio: papel reciclado, impresión monocroma y encuadernación grapada. Sin embargo, se volcaron en las portadas. Allí estaba la Alhambra, el Edificio Telefónica de Madrid o escenas hoy imposibles o políticamente incorrectas como las corridas de toros y San Fermín, los Reyes Magos y el nacimiento de Jesús y en la parte posterior un dibujo de cómo se tenía que coger el lápiz. Sin complejos, eran símbolos de identidad hispánica que se mostraba sin pudor.

Y, como si se tratara de un relato heroico, otra portada mostraba un avión de combate, un caza que parecía caer herido tras la batalla, mientras el piloto saltaba en paracaídas hacia lo desconocido. Algo hoy impensable una escena bélica en un cuaderno escolar, pero entonces era motivo de fascinación.

El edificio, durante su construcción

Con los niños de los 60 comienza una auténtica edad dorada. El boom demográfico atiborraba las aulas de voces infantiles, que convirtieron los cuadernillos Rubio en compañeros inseparables. Cada año salían de las imprentas quince millones de ejemplares, que viajaban en carteras de cuero durante el curso y en maletas de vacaciones. El propio hijo de Rubio recuerda entre risas que, en su infancia, «no podía decir a mis amigos a qué se dedicaba mi padre: odiaban los cuadernillos».

Llega la EGB

Con la llegada de la Educación General Básica (EGB) en los años 70, los cuadernos de caligrafía se mantuvieron, pero las operaciones aritméticas se redujeron en número y dificultad. La importancia del cálculo perdió peso al aparecer las primeras calculadoras. Aun así, la eficacia de los cuadernillos era tan evidente que, hacia mediados de los 70, muchas editoriales copiaron la idea e incorporaron fichas adicionales en cuadernos con argollas anexas sus libros de texto, pero acabaron desapareciendo. Sin embargo, los cuadernillos Rubio se consolidaban, mejoraban sus ilustraciones y se volvían más atractivos y competitivos. En los años setenta y ochenta, Cuadernos Rubio alcanzó la extraordinaria cifra de diez millones de ejemplares anuales para niños de entre 3 y 13 años. Hasta 1980, Ediciones Técnicas Rubio prácticamente monopolizaba el mercado.

Aula

Aula

La nueva generación

Rubio fue un visionario en su momento, pero algo hostil a incorporar nuevas tecnologías y los cuadernos Rubio comenzaron a quedarse obsoletos al llegar los 90. En 1994, sufría un derrame cerebral y su hijo Enrique, economista, tomaba el relevo. Él mismo ha narrado la tristeza que sentía al escuchar la pregunta: «¿Los cuadernos Rubio todavía existen?». Eso le dolía, pero fue tajante: «O hacemos algo o morimos». Con el instinto empresarial heredado de su padre, comprendió que la pedagogía no era estática, sino que debía fluir hacia cada generación. Sacando fuerzas de la adversidad, volvió a lo identitario con un aire vintage y a la vez emprendió un ambicioso proceso de modernización.

Enrique Rubio, presidente de Rubio

Enrique Rubio, presidente de Rubio

Los neurólogos y pedagogos confirmaban más que nunca la importancia de escribir a mano, tanto para niños como para adultos. El catálogo se rediseñó y se eliminaron ideas hoy políticamente incorrectas: «África está habitada por negros.» «Los indios viven en chozas», otras demasiado violentas, como «Jarabe de palo reciben los vagos» o incluso adoctrinantes «Los niños buenos van al cielo», o «Cecilia reza todos los días.» También se redujeron en extensión porque las cuentas de dos hojas que hacían en un día los niños de los 60 hoy las hacen en todo un trimestre. Por supuesto, también se eliminaron los dibujos de la contraportada para la colocación de la mano, algo hoy también inconveniente.

Una de las frases políticamente incorrectas que tenían los Cuadernillos Rubio

Una de las frases políticamente incorrectas que tenían los Cuadernillos Rubio

Se apostó por productos inclusivos, para la educación emocional y el razonamiento lógico. Ante el envejecimiento de la población, nació «Entrena tu mente», una serie dedicada a la estimulación cognitiva de mayores, con un millón de ejemplares vendidos muy usado en los llamados Centros de día. También surgió una plataforma interactiva: Rubio Digital.

De los 60 cuadernos iniciales, la editorial alcanzó los 500 títulos, daba empleo a 25 familias, se expandía a mercados internacionales y redondeaban la cifra de 325 millones de cuadernillos vendidos. En reconocimiento a su fundador, nombrado Hijo Predilecto de Geldo, crearon un espacio museístico y una tienda etnográfica en el centro de València. La revolución iniciada por su padre encontraba así continuidad en una nueva generación que, como el primer Rubio, supo descubrir un nicho de mercado y abrir un nuevo horizonte pedagógico.

El legado de Rubio

La resurrección de Rubio supone una casi mágica excepción. Los Christmas ya no se escriben, no llegan cartas a los buzones, ni se llevan listas de la compra al supermercado, ni se apuntan números de teléfono en agendas… Llevamos años oyendo que llegará un día, no muy lejano, en el que la escritura a mano desaparecerá para siempre.

Los cuadernos fueron parte esencial de la intrahistoria de generaciones. Fueron compañeros, de aprendizaje y conocimiento, forjados con líneas de doble renglón para domar la caligrafía y operaciones matemáticas que enseñaban la disciplina del cálculo. Se les ha atribuido incluso un aura emocional: ayudaron a transformar el severo «la letra con sangre entra» en el dulce «mi mamá me mima», un verso que hoy suena a música de infancia.

Cuadernillo solidario tras la Dana

Cuadernillo solidario publicado tras la dana de ValenciaEuropa Press

La gesta de Rubio no fue haber sido un exitoso editor: fue un héroe silencioso de la educación española. Sus cuadernillos, modestos en apariencia, fueron estandartes de un tiempo en el que aprender era un acto de fe y escribir con buena letra era casi un símbolo de dignidad.

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