Episodio de la intervención francesa en España en 1823
Cuando las legiones extranjeras defendieron la Constitución de 1812 frente a la invasión francesa
A comienzos del siglo XIX, para el pensamiento liberal, no podían existir unidades militares que sólo dependieran de manera profesional del rey, careciendo de toda vinculación con el cuerpo social de la nación. Entonces ¿qué hacer con los habituales soldados extranjeros?
En 1820, tras el golpe de Estado de Riego y Quiroga, se restableció la Constitución de 1812 y se convocaron Cortes que se apresuraron a decretar la supresión de regimientos extranjeros, valones e italianos. Pero la medida tuvo que readaptarse ante la situación europea. El cambio español favoreció la llegada de regímenes constitucionales a algunos Estados italianos, lo cual provocó una reacción contrarrevolucionaria apoyada por la Santa Alianza, formada por Austria, Prusia y Rusia.
A partir de 1821, el ejército austriaco se encargó de aplastar los frágiles liberalismos napolitano y piamontés, provocando el exilio de algunos de sus partidarios a España. También llegaron liberales franceses, alemanes, polacos e irlandeses —como analizó Manuel Morán Ortí—, muchos de ellos militares, cuyos servicios fueron considerados importantes por sus homólogos españoles.
Precisamente en el norte peninsular se organizó una resistencia contrarrevolucionaria, preocupante para las autoridades constitucionales, sobre todo a partir de la primavera de 1822, en Navarra y Cataluña. Una treintena de liberales italianos se alistaron en la partida patriótica que levantó el banquero Bertrán de Lis, mientras otros colaboraban en Alicante para derrotar una conspiración contrarrevolucionaria en Orihuela.
A partir de entonces, la entrada de extranjeros en las fuerzas armadas españolas volvió a ser considerada positiva por los liberales que la habían vetado. Pero había que justificarlo señalando que estos extranjeros no servían a una persona, sino que defendían convicciones e intereses comunes con la Nación liberal, amenazados por un enemigo que presentaba un frente unido.
En Cataluña, donde se encontraba la mayoría de emigrantes liberales, tuvieron sus actuaciones más importantes. Varios se alistaron en fuerzas regulares o en compañía de partido, o sea, partidas que los municipios levantaron para su defensa, conservando a veces su identidad, como por ejemplo los italianos. Dos compañías de emigrados en Mataró fueron lideradas por el teniente coronel Giuseppe Pacchiarotti y la fuerza mixta de infantería y caballería de Gerona, por el coronel Olini.
Naturalmente, no actuaron autónomamente, sino bajo las órdenes de los generales Milans y Llovera, combatiendo contra los realistas hasta el final de la campaña. Ante su éxito, la Diputación de Barcelona levantó un batallón italiano, pero, ante las protestas de inconstitucionalidad de algunos liberales moderados, solo se dedicó a servicios defensivos en el Vallés y la comarca de la ciudad condal.
También combatieron suizos y franceses. Los primeros eran soldados licenciados de sus regimientos por los propios liberales, mientras que los segundos eran conspiradores fallidos que ofrecieron sus servicios a las autoridades de Bilbao.
Poco a poco fueron creciendo al incorporarse desertores, republicanos y bonapartistas que se negaron a integrarse en el ejército de intervención francés, conocido como los Cien Mil Hijos de San Luis. El Gobierno español, entonces, intentó utilizarlos, permitiendo que lucieran uniformes de la Vieja Guardia napoleónica, banderas y escarapelas tricolores.
Ilustración que muestra el paso de los Cien Mil Hijos de San Luis por Roncesvalles
El hecho aumentó el número de simpatizantes con los realistas a nivel popular. El 7 de abril de 1823 combatieron en la frontera contra los soldados del rey Luis XVIII, que les derrotaron, retirándose a San Sebastián, desde donde fueron evacuados por mar al rendirse la ciudad, ya que el comandante francés que la sitió se negó a incluirlos en la capitulación.
En Cataluña también se estableció un depósito de franceses en Mataró, donde llegaron desertores y emigrantes políticos, que formaron el regimiento Napoleón II, aunque solo pudieron formar un batallón. Su función principal consistió en la difusión de propaganda europeísta con el fin de promover una sublevación en el seno del ejército invasor, fracasando finalmente en sus objetivos.
Cuando los Cien Mil Hijos de San Luis comenzaron a penetrar por territorio español, el Gobierno y las Cortes se trasladaron a Sevilla, donde se aceptó la formación de una Legión Liberal Extranjera. El decreto de 30 de abril de 1823 legalizó esa unidad militar, ya que el general Robert Wilson había ofrecido traer a España un cuerpo equipado de 10.000 soldados, lo cual otorgó la esperanza a los liberales españoles de una posible intervención de Gran Bretaña en el conflicto bélico.
El militar había combatido durante la guerra de la Independencia y estaba respaldado políticamente por los radicales británicos, que subvencionaron el armamento y la recluta de voluntarios. Pero la rápida marcha de la invasión francesa dificultó sus esfuerzos, ya que los voluntarios, desanimados, llegaron en pequeños grupos, aislados y escasamente armados, debido a que la flota francesa bloqueó los puertos españoles.
Wilson logró formar una Legión Extranjera en La Coruña, donde fue herido el 15 de julio en combate. Sus componentes abandonaron la ciudad antes de su capitulación, reuniéndose con otros italianos y españoles en Vigo. Lucharon con éxito, pero la rendición de esta ciudad hizo inútil su resistencia y regresaron a Gran Bretaña con la ayuda de la flota inglesa. Wilson se negó a abandonar a los liberales españoles y, con su Estado Mayor, logró llegar a Cádiz, donde volvió a intentar formar su Legión. Sin embargo, sus esfuerzos se estrellaron contra la falta de armamento, munición y extranjeros. Al capitular el Gobierno constitucional el 1 de octubre, sus componentes huyeron a Gibraltar.