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Zar Alejandro I

Zar Alejandro I

¿Fingió su muerte el zar Alejandro I? La historia detrás de una leyenda rusa

Apenas nadie, ni siquiera miembros de la familia imperial, vio el cuerpo durante el funeral. Aunque el hecho llamó la atención, no se le otorgó una relevancia inmediata. Lo prioritario era asegurar la continuidad del poder y recibir al nuevo zar

¿Qué lleva a las personas a dejarlo todo, a recogerse en sí mismas y a echarse a un lado? Muchas veces, el estrés, la frustración o, simplemente, nuestro carácter nos empujan a abandonar todo protagonismo —por reducido que sea— en busca de una verdadera realización personal.

Noviembre de 1825, en Rusia, el zar Alejandro I se dispone a realizar uno de sus habituales viajes por la vasta geografía imperial. En pocos meses cumplirá veinticinco años en el trono. No ha sido un reinado sencillo: la muerte, presente en múltiples estratos, lo ha marcado de inicio a fin.

Ascendió al trono tras el asesinato de su padre, Pablo I, y, pocos años después de convertirse en zar de todas las Rusias, plantó batalla a Napoleón Bonaparte. Aquella confrontación llenó de sangre el mapa de Europa, incluida la propia Rusia, tras la fallida invasión de la Grande Armée.

El paso del río Berézina con lo que quedaba de la Grande Armée en noviembre de 1812, cuadro de Peter von Hess

El paso del río Berézina con lo que quedaba de la Grande Armée en noviembre de 1812, cuadro de Peter von Hess

En definitiva, Alejandro pasó más de la mitad de su reinado orquestando ofensivas y planeando defensas, con el alma cada vez más compungida al ver a tantos compatriotas morir en los campos de batalla.

Todo ello lo había vuelto un hombre profundamente espiritual y reservado, muy alejado de aquel Alejandro de ínfulas liberales que accedió al trono en marzo de 1801.

La salud del zar comenzó a deteriorarse con rapidez. Los médicos, poco optimistas, rogaron al soberano que guardara cama con la esperanza de una leve mejoría. Sin embargo, el primero de diciembre de 1825, Alejandro I murió en circunstancias poco habituales para el fallecimiento de un zar.

Cuando muere un zar, el proceso es complejo: no se trata de simples exequias, pues ha fallecido la figura más importante del Imperio. Durante aquel ritual sucedió algo extraño. Apenas nadie, ni siquiera miembros de la familia imperial, vio el cuerpo durante el funeral. Aunque el hecho llamó la atención, no se le otorgó una relevancia inmediata. Lo prioritario era asegurar la continuidad del poder y recibir al nuevo zar.

Medio año después, en las gélidas tierras de Siberia, comenzó a circular la noticia de un monje singular: un hombre sin origen conocido, dotado de un conocimiento excepcional de varios idiomas y de modales refinados. Aquello resultaba llamativo, pues no era habitual tal formación en un monje y, mucho menos, en alguien que había aparecido de manera tan repentina.

Su aspecto era desgastado; era sordo de un oído y tenía los ojos azules. Hablaba de la corte de San Petersburgo con una precisión inquietante. ¿Cómo podía un monje siberiano conocer los entresijos de la corte imperial? Sabía de geografía, dominaba la historia de Europa al detalle y poseía una caligrafía exquisita.

Hacia 1836 ya circulaban, desde hacía una década, los rumores sobre la falsa muerte del zar Alejandro I, a quien muchos empezaron a identificar con el asceta Fiódor Kuzmich. Su vida austera y sus alusiones a antiguos lujos que habían corrompido su espíritu alimentaron la sospecha. El rumor fue tan persistente que se le permitió vivir en una casa propia y recibir visitas ilustres, incluido el zarevich, futuro Alejandro II.

San Fiódor Kuzmich

San Fiódor Kuzmich

Kuzmich murió en 1864 envuelto en la leyenda, sin confirmarla ni negarla. Su tumba se convirtió en lugar de peregrinación y se extendió la creencia de que el ataúd del zar estaba vacío. Incluso se afirmó que su esposa también fingió su muerte para retirarse a un convento.

La leyenda creció hasta el punto de que, en varias aperturas del mausoleo imperial —la última ya en el siglo XX—, se dijo que no se hallaron restos en su interior. Fiódor Kuzmich fue canonizado por la Iglesia ortodoxa rusa en 1984, prueba inequívoca de la enorme relevancia que llegó a alcanzar quien, en apariencia, no había sido más que un simple vagabundo.

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