Soldados revolucionarios ondeando la bandera roja frente a la Puerta de Brandeburgo en Berlín, el 9 de noviembre de 1918
El motín naval que encendió la revolución y precipitó la caída del Imperio alemán en 1918
Se negaban a colaborar para sacar la flota a librar una última batalla contra la escuadra británica, para evitar ser sacrificados innecesariamente como carne de cañón en el último instante de una guerra ya perdida
La Revolución de Noviembre en 1918, hacia el final de la Primera Guerra Mundial, llevó al derrocamiento de la monarquía constitucional alemana y la fundación de la República de Weimar, que posteriormente se disolvería con el ascenso al poder de Adolf Hitler y el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán.
En 1918, el Imperio alemán estaba desangrado tras la guerra. Entre las clases populares se escuchaban voces de descontento contra unas élites que les habían llevado a la derrota. Gran parte de este malestar fue canalizado por políticos cercanos al marxismo y al socialismo, como Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, que abogaban por una revolución socialista y la instauración de un sistema de consejos obreros al estilo soviético. En Rusia, el zar Nicolás II se había visto obligado a abdicar tras la Revolución de Febrero de 1917, y muchos defendían que ahora era el turno de su primo, el káiser Guillermo II.
La revolución comenzó con un motín de marineros de la flota de guerra en Kiel y Wilhelmshaven. Se negaban a colaborar para sacar la flota a librar una última batalla contra la escuadra británica, para evitar ser sacrificados innecesariamente como carne de cañón en el último instante de una guerra ya perdida.
Marineros revolucionarios desfilando por Wilhelmshaven en 1918
La mañana del 4 de noviembre, los marineros de la tercera escuadra eligieron un consejo de soldados presidido por el jefe de fogoneros Karl Artelt. Adicionalmente, desarmaron a sus oficiales, ocuparon los barcos, liberaron a los presos amotinados y tomaron el control de las instalaciones públicas y militares en Kiel.
En pocos días, la revolución se extendió por toda Alemania. En Múnich, un consejo de trabajadores y soldados forzó al último rey de Baviera, Luis III, a renunciar al trono. Kurt Eisner, dirigente del USPD (Partido Socialdemócrata Independiente), proclamó en Baviera la república por primera vez en el Imperio.
Presidente del Reich Friedrich Ebert
En Berlín, Friedrich Ebert, el líder del SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania), estaba de acuerdo con el canciller Max von Baden en que debía evitarse una revolución social y mantenerse ante todo el orden del Estado. Quería atraer a los partidos liberales y a las viejas élites aristocráticas del Imperio para reestructurar el Estado y evitar una radicalización revolucionaria similar a la rusa.
Para poder mostrar una victoria a sus partidarios, pero también para rescatar al mismo tiempo la monarquía, Ebert exigió desde el 6 de noviembre la renuncia al trono del emperador. Según el príncipe Max von Baden declaró: «Si el emperador no abdica, la revolución social es inevitable. Pero yo no la quiero, la odio con toda el alma». Finalmente, el emperador Guillermo II abdicó el 9 de noviembre de 1918 y marchó al exilio en los Países Bajos, donde viviría hasta su muerte en 1941.
Sin embargo, en Berlín, un grupo de revolucionarios conocidos como los de las grandes industrias ocupó el Reichstag y formó un parlamento. Desconfiaban de la dirección del SPD y habían planeado una insurrección propia para el 11 de noviembre, pero fueron adelantados por los acontecimientos iniciados en Kiel. Este golpe fue desarticulado, pero era sintomático de que había quien no iba a conformarse solo con derrocar al káiser.
Manifestantes revolucionarios el 9 de noviembre de 1918 en Berlín
Por su parte, la Liga Espartaquista, liderada por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, era el ala revolucionaria marxista surgida del USPD. Defendían una ruptura total con el viejo Estado imperial y la creación de una república socialista basada en consejos de obreros y soldados. Aunque influyentes en Berlín, no contaban con apoyo mayoritario ni con control militar efectivo.
Las tensiones entre diversos partidos estallaron el 24 de diciembre, cuando el Gobierno de Ebert intentó disolver por la fuerza a la División Popular de la Marina, una unidad revolucionaria acuartelada en el Palacio Real. Poco antes de las ocho de la mañana, las unidades del Ejército apostadas en la plaza del Palacio abrieron fuego con artillería. Aunque los relatos sobre los combates son confusos y en ocasiones contradictorios, el enfrentamiento se saldó con una victoria de los marinos.
El bombardeo inicial de ametralladoras y artillería desde varios frentes tuvo escasos efectos militares, salvo por los importantes daños causados a los edificios. Durante la primera hora de combate, alrededor de sesenta proyectiles impactaron en el Palacio de Berlín y en el Marstall. Entre las nueve y las diez de la mañana, multitudes de civiles desarmados, incluidas mujeres y niños, se congregaron en la zona e instaron a las tropas del Ejército a cesar el fuego.
Combates callejeros entre tropas gubernamentales y revolucionarios
Hacia las diez de la mañana se produjo una pausa en los combates para permitir la evacuación de mujeres y niños de las inmediaciones, y la lucha se reanudó con mayor ferocidad. La Volksmarinedivision pasó entonces a la ofensiva, y murieron alrededor de 67 personas. Hacia el mediodía, el enfrentamiento llegó a su fin. Las tropas del Ejército prometieron retirarse y se les ofreció la posibilidad de abandonar la zona.
El episodio marcó el punto en el que una revolución hasta entonces mayoritariamente incruenta pasó a volverse más violenta. Los combates provocaron la salida inmediata de los miembros más radicales del Gobierno revolucionario y generaron un profundo resentimiento entre los trabajadores hacia el Gobierno socialdemócrata de Friedrich Ebert. Estos hechos prepararon el terreno para la violencia a gran escala del levantamiento espartaquista en enero de 1919.