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'Combate naval', realizado por el artista holandés Cornelis Claesz van Wieringen

'Combate naval', realizado por el artista holandés Cornelis Claesz van Wieringen

Samuráis y galeones viejos: así venció España a la flota holandesa en Filipinas

La VOC, humillada por las derrotas previas, envió una armada de 12 navíos con la intención de destrozar la flota española del Pacífico y tomar Manila

Hablando de la presencia de España en Indonesia, vimos cómo, en el marco de la guerra de Flandes o de los Ochenta Años, las Provincias Unidas, a través de sus compañías, intentaron llevar el conflicto bélico a algunos de los más importantes territorios ultramarinos del Imperio español, y muy especialmente a las posesiones hispanoportuguesas del Pacífico.

Allí, los primeros intentos de la Compañía Unida de las Indias Orientales, más conocida por la VOC (por sus siglas en neerlandés), se saldaron con victorias españolas, como la batalla de la Bahía de Manila en 1600, la toma de Ternate, en las Molucas, en 1606, y la primera batalla de Playa Honda en 1610. Pero la realmente relevante, y que constituyó una de las más importantes victorias de España en Asia, fue la segunda batalla de Playa Honda, la de 1617. Aunque poco conocida, supuso, más de un siglo antes de la victoria de Blas de Lezo, una especie de «Cartagena de Indias» que salvaguardó al Imperio español en Asia.

Pero volvamos a los amaneceres de un incipiente siglo XVII. La VOC, humillada por las derrotas previas, envió una armada de 12 navíos con la intención de destrozar la flota española del Pacífico y tomar Manila. Se trataba de barcos modernos, muy maniobrables y perfectamente artillados, muy superiores a los pesados galeones españoles. Al mando nombraron a uno de sus mejores marinos: Joris van Spilbergen, almirante con experiencia y fama de buen estratega.

La flota partió de las Provincias Unidas en 1614, cruzó el estrecho de Magallanes en 1615 y saqueó los puertos españoles del Pacífico americano, hundiendo algunas naves y haciéndose con un enorme botín. Durante la campaña se puso de relieve la superioridad de los nuevos navíos de la VOC y comenzó a crearse un cierto halo de invencibilidad.

Joris van Spilbergen

Joris van Spilbergen

Mientras tanto, en 1616, una expedición española comandada por el gobernador de Filipinas, Juan de Silva, pretendió atacar las bases que los rebeldes flamencos habían establecido en el norte de Ternate. Expedición fallida porque las enfermedades tropicales se cebaron con la marinería, e incluso falleció el propio gobernador.

La expedición regresó a puerto muy mermada, al tiempo que comenzaban a llegar preocupantes noticias de la flota de Van Spilbergen, en dirección a Manila.

El momento escogido no podía ser más oportuno para la escuadra rebelde, ni más delicado para los novohispanos de Filipinas. Por un lado, sin gobernador: la Real Audiencia dividió las competencias de la gobernación, otorgando ciertos poderes administrativos y políticos a Jerónimo de Silva, tío de Juan de Silva, y ciertos poderes militares al oidor Andrés de Alcaraz; por otra parte, los principales navíos estaban en malas condiciones y con pocos hombres de armas disponibles.

Galeón español del siglo XVI bajo fuego por Cornelis Verbeeck

Galeón español del siglo XVI bajo fuego por Cornelis Verbeeck

En esta calamitosa coyuntura, y sabiendo que no recibirían refuerzos de la Nueva España continental, además de los ya citados Silva y Alcaraz, un hombre será providencial: el maestre de campo Juan Ronquillo del Castillo, hijo del que fuese también gobernador de Filipinas, Gonzalo Ronquillo de Peñalosa.

Juan, nombrado comandante de la flota y consciente de que no disponía de tiempo para construir navíos ligeros y maniobrables como los flamencos, tomó, junto a Silva y Alcaraz, una polémica decisión: reforzar al máximo el casco de sus galeones. Esto los haría más resistentes al fuego enemigo, pero, al mismo tiempo, los convertiría en más pesados, lo que supondría menor agilidad y mayor lentitud.

En cuanto al ejército a embarcar, además de reclutar a más novohispanos isleños, tanto criollos como filipinos (fundamentalmente tagalos, pampangos y bisayos), se decidió contratar mercenarios. Pero no mercenarios cualquiera, sino a los temibles rōnin.

Aquí tendríamos que hacer un inciso y recordar que, a finales del siglo XVI, Japón se desangró en una terrible guerra civil entre clanes, que tuvo su momento álgido en la batalla de Sekigahara (21 de octubre de 1600), en la que participaron más de 80.000 soldados por cada bando, compuestos por la alianza de múltiples clanes.

El resultado de la batalla aupó al shogunato a Ieyasu Tokugawa y supuso la desaparición de 87 clanes. Los rōnin eran, por tanto, samuráis sin daimyō o señor. Muchos de ellos se dedicaron a la piratería e incluso soldados españoles y tlaxcaltecas afincados en Filipinas tuvieron que enfrentarse a ellos.

Otros, sin embargo, se convirtieron en mercenarios. Estos últimos fueron los que embarcó Ronquillo. Se trataba, en consecuencia, de una tropa muy heterogénea, pero todos ellos combatientes de probada valentía y de mucho oficio. Si Spilbergen no hundía antes las naves y se llegaba a un abordaje, los «mendigos del mar» no lo iban a tener nada fácil.

Y aquí habría que hacer otro breve inciso. ¿Por qué los marinos de guerra rebeldes se hacían llamar «mendigos del mar»? En 1566, cuando un grupo de nobles flamencos presentó sus reclamaciones a la entonces gobernadora, Margarita de Parma, su consejero, el conde de Berlaymont, los tachó despectivamente de «mendigos». Los nobles rebeldes acabarían adoptando con orgullo el mote, al igual que haría la marina.

La otra Cartagena de Indias

Aclarados estos puntos, vayamos ahora al 14 de abril de 1617, en la estratégica bahía de la isla de Luzón, conocida como Playa Honda, donde se encontraron las dos armadas. Por un lado, los flamantes 12 navíos de Spilbergen bajo la tricolor de la VOC; por otro, los 7 viejos y «recauchutados» navíos de Ronquillo, a los que algún autor denominó despectivamente «la flota de chatarra», con las banderas con la cruz de Borgoña al viento. Era un día cálido de brisa suave, lo que en principio favorecía la mayor maniobrabilidad neerlandesa.

Al acercarse la lenta armada hispana, desde la nave capitana, El Sol de Holanda, Spilbergen ordenó virar y abrir las troneras, y una vez a tiro dio orden de abrir fuego. Para su sorpresa, la flota española no hizo lo mismo para entablar un combate artillero, sino que, aun acusando el daño, siguió adelante, emproando a los barcos de la VOC. La estrategia de Ronquillo, consciente de su inferioridad tanto numérica como naval, era simple: buscar un abordaje, donde la eficacia de sus soldados podía compensar las claras deficiencias de su flota.

Era una maniobra tremendamente arriesgada y que salió bien por un grave error del experimentado almirante flamenco. Spilbergen pensó que, disparando a la línea de flotación, podría hundir la entera flota española sin darle opción a responder al fuego de la VOC. De haber apuntado al velamen, posiblemente hubiese podido desarbolar algunos navíos, poniendo a Ronquillo la batalla mucho más cuesta arriba. Pero Spilbergen no contaba con que los cascos de la armada española habían sido fuertemente reforzados.

La madera resistió los disparos y, para cuando se dio cuenta de su error, ya era tarde. La capitana española, San Juan Bautista, embestía al Sol de Holanda abriendo fuego tanto con sus cañones como con los arcabuces de cubierta. Lo mismo hacían los demás barcos españoles (que respondían a nombres de medio santoral) con los neerlandeses.

En algún caso, no fue necesario el abordaje, ya que el fuego artillero a quemarropa fue suficiente para incendiar o hundir las naves enemigas. Fue el caso de la Hollandia, la Zeelandia y el Eendracht. La Jager y otro navío sí fueron abordados y capturados. El Sol de Holanda consiguió huir, protegido por el Mauritius y otras naves, todas ellas muy dañadas. De hecho, la otrora orgullosa nave capitana no llegó a hundirse, pero al llegar a puerto seguro fue desmantelada porque no cabía reparación posible.

La gesta de Juan Ronquillo no es, hoy en día, muy conocida, pero su victoria aplastante sobre la VOC garantizó, entre otras cosas, el dominio español en el Pacífico y el galeón de Manila, con los ingentes recursos que aportaba dicho comercio.

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