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Batalla de Toro

Batalla de Toro

550 aniversario

La batalla de Toro: el enfrentamiento que consolidó a Isabel y Fernando en el trono de Castilla

El 1 marzo de 1476, Castilla estaba dividida entre los partidarios de Isabel de Castilla y los de su sobrina Juana. Enfrentados en Toro, ningún bando se hizo con la victoria militar, pero ambos lo anunciaron como un triunfo de su ejército

Tras la muerte de Enrique IV de Castilla, una crisis sucesoria dividía el reino. Ya en vida del rey, sus detractores habían coronado a su hermano, el joven infante Alfonso, cuya temprana y súbita muerte se achacó al veneno. También se había firmado en Guisando un documento en el que nombraba heredera a su hermana Isabel, si bien quedó anulado cuando esta incumplió los términos del acuerdo al contraer matrimonio sin el permiso del rey. La única hija del rey, doña Juana, había sido apodada «la Beltraneja» por un rumor que atribuía su paternidad a Beltrán de la Cueva.

A la muerte del rey, se formaron dos bandos: Alfonso V de Portugal, tío de Juana por parte de madre, encabezaba a sus partidarios. Poco antes, había contraído matrimonio con ella (Juana tenía en ese momento doce años y el rey, treinta más que ella). Contaban también con el apoyo del rey de Francia.

En el otro bando, la tía de Juana, Isabel, se había coronado reina y estaba respaldada por el reino de Aragón tras su matrimonio con Fernando. La flamante pareja, que aún no había recibido el título de «Reyes Católicos», tenía veinticinco años y el apoyo de gran parte de la alta nobleza castellana. El reino estaba dividido, y a la guerra civil se le sumaba una guerra naval en el Atlántico con Portugal.

En Toro, cerca de Zamora, se encontraban las tropas portuguesas y las de los partidarios de Juana, que regresaban a la ciudad tras el cerco de Zamora. Sin embargo, fueron alcanzadas, a una legua al oeste de Toro, por las fuerzas de Fernando II de Aragón. Ambos ejércitos contaban con aproximadamente 8.000 hombres cada uno. El enfrentamiento tuvo lugar bajo una lluvia y una niebla intensas.

Fernando estaba al mando de la guardia real y de las milicias populares de las villas cercanas, como Zamora, Ciudad Rodrigo y Valladolid. El ala derecha la formaban seis grupos de caballeros ligeros, liderados por sus capitanes; y el ala izquierda, más poderosa, incluía a caballeros con armadura pesada. En ella estaban algunos de los más influyentes valedores de Isabel y Fernando, como el cardenal Mendoza y el duque de Alba de Tormes.

El primer hospital de campaña lo organizó la reina Isabel la Católica junto a la ciudad de Toro. Pintura de Mariano Izquierdo y Vivas

El primer hospital de campaña lo organizó la reina Isabel la Católica junto a la ciudad de Toro. Pintura de Mariano Izquierdo y VivasMuseo del Ejército

El ejército portugués, por su parte, tenía un liderazgo dividido. En la corte lusa existía una tensión política entre el rey, Alfonso V, y su heredero, el príncipe Juan, que con 21 años apuntaba maneras y quería cambiar la forma en que la nobleza y la Corona se relacionaban. Los grandes nobles portugueses desconfiaban de él, y con razón: Juan sería apodado «el Príncipe Perfecto», en referencia a El Príncipe de Maquiavelo; haría ejecutar a los nobles que conspiraron contra él y, siendo rey, llegó a decir: «Yo soy el señor de los señores, no el sirviente de los sirvientes».

Debido a esta rivalidad interna, el ejército portugués luchó dividido en dos partes que no se ayudaron: el centro y el ala derecha, liderados por Alfonso V y que incluían las tropas castellanas del obispo de Toledo, Alfonso de Carrillo; y el ala izquierda, comandada por el príncipe Juan, acompañado por caballeros de élite, ballesteros y arcabuceros.

Se dieron, por así decirlo, dos batallas dentro de la batalla. Fernando de Aragón venció a las fuerzas bajo el mando de Alfonso V, tomando el estandarte real portugués y forzando al rey a huir hasta Castronuño. Sin embargo, el príncipe Juan derrotó al ala derecha castellana y recuperó el estandarte. En una carta privada, Fernando escribió a Isabel, resumiendo la batalla: «Si no viniera el pollo, preso fuera el gallo».

Aunque el resultado era incierto, Fernando, que también sirvió de inspiración para El Príncipe de Maquiavelo, se apresuró a sacar rédito político de la situación: envió mensajeros a las ciudades de Castilla y a diversas cortes extranjeras anunciando una gran victoria y asegurando que las tropas portuguesas habían sido derrotadas de forma contundente. La noticia provocó un efecto inmediato en el equilibrio político: numerosos partidarios de Juana abandonaron su causa y pasaron al bando de los Reyes Católicos, reforzando así sus filas y dejando a los portugueses en clara desventaja.

A medio plazo, la estrategia de Isabel y Fernando dio resultado. Apenas tres meses y medio después de la batalla, Alfonso V optó por retirarse al constatar el escaso respaldo que la causa de la princesa Juana encontraba ya en la Corona de Castilla. La guerra quedó definitivamente cerrada con el Tratado de Alcáçovas, que consagró una solución de equilibrio: en tierra, la supremacía correspondía a los castellanos, mientras que en el mar se imponía Portugal. Isabel y Fernando fueron reconocidos como reyes de Castilla, y la Corona portuguesa aseguró para sí el monopolio de la expansión atlántica a lo largo de la costa africana.

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