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Discurso fúnebre de Pericles

Discurso fúnebre de Pericles

Picotazos de historia

La muerte de un atleta en Atenas que llevó a Pericles y Protágoras a debatir sobre la culpa

Estaban decididos a determinar, por medio de la lógica, quién había sido el responsable del trágico accidente que acababan de presenciar. Las opciones eran tres

La IAAF Golden League fue una serie de encuentros o competiciones organizadas por la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo que duraron desde 1998 hasta 2009. Estas competiciones fueron sustituidas por la Diamond League de Atletismo, que continúa en la actualidad. Pues bien, en la celebración correspondiente al año 2007, que tuvo lugar en la ciudad de Roma, se produjo un accidente que pudo ser trágico, pero que ya había sido planteado hacía más de dos mil trescientos años.

El 13 de junio de 2007, el saltador de longitud francés de origen argelino Salim Sidr estaba realizando ejercicios de calentamiento en el estadio olímpico de Roma durante la celebración de la Gala Dorada del atletismo. Salim estaba un poco nervioso, ya que la zona asignada para preparación y calentamiento estaba muy cerca de la zona de caída de los proyectiles de la prueba de lanzamiento de jabalina. De hecho, hacía poco rato una jabalina se había clavado en el suelo demasiado cerca de él.

Salim continuó con sus ejercicios. Estaba en una postura inclinada hacia adelante, llevando a cabo unos estiramientos, cuando fue alcanzado por una jabalina desastrosamente lanzada por el atleta finlandés Tero Pitkämäki. Salim Sidr sufrió heridas graves, pero se recuperó completamente y pudo volver a la competición.

Este accidente, ni con mucho el primero y probablemente tampoco el último, se ha dado bastantes veces (unos años antes le había pasado algo similar a un atleta sudafricano), pero ello nos retrotrae a un suceso acontecido a finales del mes de julio —en pleno mes de Hecatombeón de los antiguos griegos— del año 430 a. C.

Nos encontramos en la ciudad de Atenas y se están celebrando los juegos Panatenaicos o Panateneas, que se realizan en honor de la diosa protectora de la ciudad (Atenea Políada). Entre los asistentes a los juegos está el estadista Pericles, a quien se debe el máximo esplendor cultural que jamás alcanzará la polis; junto a él se sienta el filósofo y amigo de Pericles, Protágoras de Abdera.

En sus Vidas paralelas, el escritor romano Lucio Mestrio Plutarco —conocido como Plutarco a secas— nos cuenta que durante el desarrollo de las pruebas de lanzamiento de jabalina un atleta ateniense lanzó mal el proyectil. Tal fue la mala fortuna que la jabalina alcanzó a un lanzador de disco que estaba realizando ejercicios de calentamiento. La víctima se llamaba Epítamo o Epilimio de Farsalia y acabó como una brocheta.

La muerte del atleta terminó con los juegos de ese día. Se cancelaron y el público abandonó las gradas mientras comentaban el terrible suceso que habían presenciado. Solo quedaron Pericles y Protágoras. Sabemos que ambos eran buenos amigos gracias a los escritos de Diógenes Laercio, Platón, Apuleyo, Filóstrato, Sexto Empírico, Eusebio y Plutarco.

'Demócrito y Protágoras' (1663) de Salvator Rosa

'Demócrito y Protágoras' (1663) de Salvator Rosa

Protágoras era un maestro de la oratoria y la retórica, conocido y apreciado por Sócrates. Pericles, anteriormente, le había encargado la delicada tarea de redactar la constitución de una nueva colonia ateniense en Magna Grecia (territorios colonizados por los griegos al sur de la península italiana e isla de Sicilia): la colonia de Turios en el golfo de Tarento. La labor la realizó a satisfacción de todos entre los años 444–443 a. C. y fue la primera vez que se establecía que la educación de los ciudadanos debía ser pública y obligatoria.

Pericles se encuentra al final de su carrera: el próximo año estará muerto. Ese mismo mes de julio acaba de iniciarse una extraña epidemia en la ciudad de Atenas de la que poco conocemos hoy. La enfermedad generará un profundo descontento entre los atenienses, ya un poco susceptibles debido a que el año anterior han declarado la guerra a la coalición espartana (lo que conocemos como la Guerra del Peloponeso [431–404 a. C.]). La epidemia continuaría y al siguiente año acabaría con la vida de los dos hijos legítimos de Pericles (desconocemos el nombre de su esposa) y la del propio estadista. Pero volvamos al asunto de la jabalina.

Pericles y Protágoras de Abdera permanecieron en sus asientos y, según nos cuenta Plutarco en su Pericles de sus Vidas paralelas, permanecieron allí durante el resto del día, absortos como estaban discutiendo acerca de lo sucedido. Y es que estaban decididos a determinar, por medio de la lógica, quién había sido el responsable del trágico accidente que acababan de presenciar. Las opciones eran tres: la jabalina; los organizadores de las competiciones, quienes tenían que haber velado por la seguridad de los participantes o, por último, el atleta que lanzó la desafortunada jabalina.

Que se culpara al objeto no tiene nada de extraño, aunque a nosotros nos lo pueda parecer. Durante siglos se ha considerado a los objetos (y animales) susceptibles de ser llevados a juicio y tenemos ejemplos varios de ello. Se sabe que en Atenas la estatua del atleta Teágenes de Tasos, que había labrado el escultor Glaucias de Egina, cayó encima de un pobre individuo al que mató. Los hijos del muerto llevaron a juicio a la escultura, aplicando una disposición de las famosas leyes draconianas, que fue condenada y sentenciada a ser arrojada al río.

Aquí, en España, tenemos hartos ejemplos de imágenes de santos patronos que se han sacado a hombros, en procesión, como rogativa para solicitar que lloviera. Al darse el caso de que el santo cumple con lo solicitado, pero se le va la mano, dando lugar a riadas, inundaciones y derrumbamientos, entonces los autóctonos cogen la imagen y la vuelven a sacar en hombros para arrojarla al río.

La discusión entre los dos personajes se alargará durante lo que queda del día, solo siendo interrumpida por la oscuridad. No encontraron una respuesta directa y sencilla. Y es que el enigma que se planteaban se encuentra entre la lógica del filósofo y las implicaciones jurídicas a las que se debe el funcionario. Para complicarlo más, está el impacto en la sociedad de la decisión que se tome: lo que los políticos llaman consecuencias políticas.

Les he traído este ejemplo que muestra cuán poco cambia la naturaleza y el comportamiento de los seres humanos y cómo seguimos reaccionando igual a pesar del paso de los siglos.

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