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Juan Pablo II y Fidel Castro

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Fidel Castro prohibió los «chiflidos» a Juan Pablo II en Cuba: la historia que hoy recuerda a Puigdemont y León XIV

«Cada uno de ustedes son libres de decidir si quieren acudir a la misa del Santo Padre…, pero no quiero ver nadie que se quede en su casa», y después de tal contradicción, remató con una advertencia: «pueden hacer lo que quieran pero no quiero chiflidos»

El 24 de enero de 1998 estaba en La Habana e iba a cenar en casa de un amigo en una humilde chabola de cemento en el distrito Playa. Había llegado pronto, porque el Comandante en Jefe Fidel Castro había anunciado una intervención en directo para hablar al pueblo sobre el acontecimiento del día siguiente en la Plaza de la Revolución: el Papa Juan Pablo II iba a celebrar una misa multitudinaria en la que era la primera visita de un Papa a la isla desde el triunfo de la Revolución de los barbudos en 1959; no olvidemos que Castro había crecido como cristiano y educado dentro de las normas jesuitas. Y era un acontecimiento especial para él.

Detrás de aquella visita hubo una intensa labor diplomática. Uno de sus protagonistas fue Joaquín Navarro-Valls, médico, periodista y portavoz de Juan Pablo II durante más de dos décadas. Antes del viaje papal mantuvo una larga conversación con Fidel Castro y pudieron hablar de asuntos que durante décadas habían resultado prácticamente impensables en las relaciones entre la Iglesia y la Revolución cubana.

Entre las peticiones que Navarro-Valls trasladó al comandante figuraba una especialmente simbólica: la recuperación de la Navidad como festividad oficial. Desde finales de los años sesenta, el 25 de diciembre había dejado de ser día festivo en Cuba. La festividad había desaparecido del calendario oficial en el contexto de la construcción del Estado socialista.

Navarro-Valls contó que, durante aquella conversación, decidió transmitir también un mensaje personal. Le dijo a Fidel Castro que era un hombre afortunado porque el Papa rezaba todos los días por él.

Esta afirmación produjo un silencio inesperado en el líder cubano. El dirigente que durante décadas había representado el ateísmo oficial del Estado escuchaba que el jefe de la Iglesia católica lo incluía diariamente en sus oraciones. El «jefe» rezaba por él, y eso removió a Fidel.

Castro decidió sentarse delante de las cámaras de la televisión rebelde paras aleccionar a sus ciudadanos

Castro decidió sentarse delante de las cámaras de la televisión rebelde paras aleccionar a sus ciudadanos

Así, considerándose un «tocado de Dios», Castro aceptó la petición vaticana. La Navidad volvería a ser oficialmente festiva en Cuba. El gesto fue interpretado como una señal de apertura y como uno de los frutos más visibles de la visita papal.

Deslumbrado el dictador por el Papa, que le tenía en sus oraciones, decidió sentarse delante de las cámaras de la televisión rebelde paras aleccionar a sus ciudadanos. Fueron horas de discurso tímidamente conducido por un presentador balbuceante y sumiso.

Fidel advirtió a los cubanos de la importancia de la misa del día 25 en la Plaza de la Revolución y «permitió» a los ciudadanos acudir libremente a la celebración: «cada uno de ustedes son libres de decidir si quieren acudir a la misa del Santo Padre…, pero no quiero ver nadie que se quede en su casa», y después de tal contradicción, remató con una advertencia: «pueden hacer lo que quieran pero no chiflidos» y, con su habitual dedo índice en alto volvió a repetir: «no quiero escuchar chiflidos».

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La frase resulta llamativa incluso hoy. El dirigente de un régimen que había mantenido una relación compleja y a menudo conflictiva con la Iglesia católica reclamaba respeto absoluto para el Papa. La discrepancia ideológica no debía traducirse en interrupciones, protestas o manifestaciones de hostilidad.

La misa se desarrolló en un ambiente de solemnidad. Juan Pablo II habló de dignidad humana, libertad espiritual, reconciliación y esperanza. Defendió el papel de la familia, pidió que la fe pudiera expresarse libremente y animó a los cubanos a mirar al futuro sin renunciar a sus raíces.

Fue entonces cuando pronunció una de las frases más recordadas de su pontificado: «Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba».

Juan Pablo II en la Plaza de la Revolución de La Habana (Cuba)

Juan Pablo II en la Plaza de la Revolución de La Habana (Cuba)GTRES

La visita no transformó inmediatamente el sistema político cubano, pero sí abrió una nueva etapa en las relaciones entre el Estado y la Iglesia. Incrementó la visibilidad pública del catolicismo, facilitó espacios de diálogo y contribuyó a normalizar una presencia eclesial que durante años había permanecido limitada.

Casi tres décadas después, aquella historia ha adquirido una resonancia inesperada a raíz de la visita del Papa León XIV a España.

Las circunstancias son radicalmente distintas. España es una democracia consolidada y la Iglesia ocupa una posición muy diferente a la que tenía en la Cuba de los años noventa. Sin embargo, la controversia generada por algunos sectores políticos ha provocado inevitables comparaciones.

En vísperas de la visita papal a Barcelona, el expresidente catalán Carles Puigdemont pidió públicamente que la recepción al Pontífice incluyera banderas catalanas y «silbidos (chiflidos)de protesta». El motivo es su desacuerdo con determinadas decisiones organizativas relacionadas con el uso del catalán durante los actos oficiales.

La polémica creció de forma inmediata.

No se trataba únicamente de una discrepancia lingüística o política. El debate giró también en torno al respeto institucional debido a la figura del Papa durante una visita oficial. Y fue entonces cuando muchos observadores recordaron el episodio cubano de 1998.

La comparación posee una fuerza simbólica difícil de ignorar. Mientras Fidel Castro, líder de un Estado comunista que había restringido durante años la actividad religiosa, pedía públicamente que no hubiera «chiflidos» contra Juan Pablo II, un «dirigente» político europeo llamaba a organizar silbidos durante la visita de León XIV. Ambos contextos son muy distintos y no admiten equivalencias simplistas. Sin embargo, la comparación ilustra dos concepciones opuestas sobre la relación entre discrepancia política y respeto institucional.

La actualidad española ofrece además otro elemento de interés.

Uno de los momentos más relevantes de la visita de León XIV será su desplazamiento a Canarias para encontrarse con migrantes, voluntarios y responsables de organizaciones humanitarias. El fenómeno migratorio se ha convertido en uno de los grandes desafíos políticos y sociales de Europa, y el Papa ha querido situarlo en el centro de su agenda.

El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez hasta la fecha, decidió no acudir ni acompañar al Papa en un acto público, pero los acontecimientos judiciales y el momento extremadamente delicado tanto de Sánchez como de su Gobierno, han obligado a éste a buscar una distracción informativa: ahora ha decidido sí acompañar a Su Santidad.

En ese contexto, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha mantenido encuentros con el Pontífice y participado en actos relacionados con la cuestión migratoria. La inmigración se ha convertido en uno de los principales espacios de coincidencia entre el Ejecutivo español y la Santa Sede, que desde hace años insiste en la necesidad de combinar control de fronteras, cooperación internacional y protección de la dignidad humana.

En 1998, Juan Pablo II viajaba a Cuba para hablar de apertura, reconciliación y libertad. En 2026, León XIV acude a Canarias para llamar la atención sobre el drama de quienes arriesgan sus vidas cruzando el Atlántico en busca de un futuro mejor.

Los problemas son distintos. También los protagonistas. Pero la lógica de fondo permanece.

Las visitas papales nunca son únicamente acontecimientos religiosos. Funcionan también como espejos de las sociedades que las reciben. Revelan sus tensiones, sus prioridades y sus contradicciones. Obligan a los dirigentes políticos a posicionarse. Y ofrecen una fotografía singular de cada época.

Veintiocho años después, cuando nuevas polémicas acompañan las visitas de León XIV y la inmigración ocupa el centro del debate europeo, aquel episodio cubano sigue ofreciendo una lección que trasciende ideologías y fronteras: el respeto a la palabra del otro no exige compartirla. Exige únicamente reconocer que hay momentos en los que escuchar resulta más importante que silbar.

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