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Oates (extremo derecho) en el Polo Sur el 18 de enero de 1912 como parte de la Expedición Terra Nova

Oates (extremo derecho) en el Polo Sur el 18 de enero de 1912 como parte de la Expedición Terra Nova

El explorador que se sacrificó por sus compañeros en la expedición a la Antártida de 1912

«Voy a salir y puede que por algún tiempo». Las últimas palabras del explorador Lawrence Oates le hicieron pasar a la historia como un ejemplo de héroe británico

A principios del siglo XX, estaba teniendo lugar lo que posteriormente se bautizó como «la edad heroica de la exploración de la Antártida». Antes de la carrera espacial y de que los tripulantes de la Artemis II vieran el lado oculto de la Luna, el foco mediático estaba puesto en los exploradores que cartografiaron por primera vez el Polo Sur.

Durísimas expediciones en condiciones de frío extremo que podían durar años: para algunos, eran heroicos pioneros; para otros, temerarios dispuestos a perder la vida para conseguir renombre.

La tristemente célebre expedición del capitán Scott no era la primera que se adentraba en la Antártida. El propio Scott había pasado dos años en el Polo Sur, donde llegó a bordo del Discovery en 1901. El Gobierno británico había financiado aquel carísimo proyecto, que a punto estuvo de fracasar cuando el barco quedó encallado en el hielo durante largos meses.

Scott (centro) junto a Ernest Shackleton (izquierda) y Edward Wilson en la Antártida en noviembre de 1902

Scott (centro) junto a Ernest Shackleton (izquierda) y Edward Wilson en la Antártida en noviembre de 1902

Otro explorador británico, Shackleton, que había formado parte de la tripulación del Discovery, consiguió patrocinadores para intentar alcanzar el Polo Sur geográfico, en la expedición del Nimrod en 1908. Aunque no lo consiguió, su peligrosa aventura fue narrada en la prensa y, a su regreso, se convirtió en un héroe nacional. Otro británico que sobrevivió al inhóspito continente helado fue Mawson, que contó sus andanzas en conferencias hasta su muerte a los 76 años. También fueron enviadas expediciones por Bélgica, Francia, Alemania, Suecia o Japón.

Sin embargo, la verdadera meta, alcanzar el Polo Sur, seguía sin conquistarse. Aunque no lo habían buscado, se convirtió en una carrera entre dos veteranos de la conquista del hielo: el británico Scott y un noruego llamado Roald Amundsen. Aunque empezó la carrera de medicina para complacer a su madre, tras la muerte de esta rápidamente la abandonó para enrolarse en un barco de cazadores de focas.

Participó en varias expediciones en el círculo polar ártico y consiguió patrocinadores para alcanzar por primera vez el Polo Norte. Sin embargo, en plenas preparaciones, se le adelantaron dos estadounidenses: tanto Peary como Cook afirmaron haber conquistado ese hito, si bien hoy en día se plantean serias dudas de que así fuera.

En cualquier caso, Amundsen cambia de objetivo y decide ser el primero en alcanzar el Polo Sur. Sin embargo, se encuentra con que Scott tiene el mismo objetivo. Aunque hasta entonces tenían una relación cordial, intercambiando información científica y consejos sobre sus respectivas expediciones, cuando descubren que compiten por la misma meta la amabilidad se termina: la carrera acaba de comenzar.

Scott tenía una ventaja: por su anterior expedición en la Antártida a bordo del Discovery, conocía mejor el terreno que los noruegos y había trazado una ruta según su experiencia previa. Sin embargo, Amundsen tuvo una ventaja decisiva en el equipamiento: había estudiado en detalle las técnicas de supervivencia de los habitantes del círculo ártico, venía equipado con ropa de piel de foca y reno, y llevó perros para tirar de los trineos.

Scott, por su parte, había tenido mala experiencia con los trineos de perros en expediciones anteriores y optó por caballos siberianos, acostumbrados al frío, y trineos motorizados.

Los trineos fallan pronto, y los caballos no aguantan las temperaturas de hasta sesenta grados bajo cero. Scott decide avanzar sólo con cuatro compañeros, ante la imposibilidad de llevar más carga. Cuando alcanzaron el Polo Sur, les esperaba una amarga sorpresa: la bandera noruega ondeaba indicando que Amundsen ya había llegado allí, de hecho, más de un mes antes que ellos.

Sin embargo, lo peor estaba por llegar. Uno de sus compañeros muere tras un golpe en la cabeza al caer en una grieta. Otro de sus compañeros, Lawrence Oates, tenía gangrena y estaba ralentizando al equipo.

El capitán Lawrence Edward Grace Oates durante la Expedición Antártica Británica

El capitán Lawrence Edward Grace Oates durante la Expedición Antártica Británica

El día de su 32.º cumpleaños, Oates tomó una decisión. En medio de una fuerte ventisca, se levantó y salió de la tienda de campaña anunciando: «Voy a salir y puede que por algún tiempo». Así, se sacrificaba para dar a sus compañeros la posibilidad de sobrevivir, ya que sabía que no iban a querer dejarlo atrás. Scott registró esto en su diario, que poco después recogió también: «Última entrada. Por el amor de Dios, cuida de nuestra gente».

Los tres expedicionarios murieron en sus sacos de dormir y fueron encontrados ocho meses después. Scott dejó también escritas cartas a su familia y a la de sus compañeros, y un mensaje al público británico: «Tomamos riesgos, lo sabíamos, las cosas han ido en nuestra contra y, por lo tanto, no tenemos motivo de queja, sino solo someternos a la voluntad de la Providencia, determinados todavía a hacer lo mejor hasta el final».

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