Reunión de Hitler con el mariscal de campo Brauchitsch y el coronel general Halder sobre la situación militar.

Reunión de Hitler con el mariscal de campo Brauchitsch y el coronel general Halder sobre la situación militar.Scherl Bilderdienst / Hitler Archive

La guerra secreta que España y Portugal libraron durante la Segunda Guerra Mundial

Ambos países mantuvieron la neutralidad oficial durante la Segunda Guerra Mundial, pero sus capitales funcionaron como el principal campo de batalla de la Inteligencia europea

En 1940, la guerra en Europa se libraba con artillería en los campos de Francia y bombardeos sobre Londres. En la península ibérica, sin embargo, el conflicto adoptó una forma asimétrica. Ambas naciones compartían un estatus de neutralidad oficial, pero su posición geográfica las convirtió en un enclave estratégico ineludible tanto para el Tercer Reich como para Gran Bretaña.

Madrid y Lisboa operaron como los grandes nodos de la Inteligencia mundial. La capital portuguesa contaba con el único puerto europeo de gran calado operativo para el tránsito civil hacia América, lo que la convirtió en el embudo de refugiados, diplomáticos y agentes de contraespionaje. Por su parte, España era la frontera terrestre insalvable para las potencias del Eje si querían acceder al norte de África o bloquear el estrecho de Gibraltar.

La fiebre del wolframio

Durante la Segunda Guerra Mundial, el frente más letal de la economía europea no se libró en las capitales, sino en las remotas montañas de Galicia, León y el norte de Portugal. El motivo era un metal pesado, denso y con el punto de fusión más alto de todos los elementos descubiertos: el wolframio o tungsteno.

Su aplicación militar era insustituible. Mezclado con acero, el wolframio generaba una aleación de dureza extrema. Para la maquinaria bélica de Adolf Hitler, significaba la diferencia entre la victoria y la derrota: era indispensable para el blindaje de las divisiones Panzer y para la fabricación de proyectiles antitanque capaces de perforar la coraza de los vehículos blindados soviéticos y británicos.

Cadena de montaje de carros de combate alemanes Neubaufahrzeug en 1940

Cadena de montaje de carros de combate alemanes Neubaufahrzeug en 1940Bundesarchiv / Wikimedia Commons

La desesperación alemana por el wolframio provocó una explosión económica sin precedentes en la región. El precio de la tonelada se multiplicó de forma exponencial, pasando de unas pocas pesetas antes de la guerra a cifras astronómicas en el mercado negro. Este encarecimiento desató una auténtica «fiebre del oro». Campesinos gallegos y portugueses abandonaron las cosechas para extraer el mineral en explotaciones regulares e irregulares, un fenómeno conocido como «raña».

En enero de 1944, el Gobierno de Estados Unidos exigió a Francisco Franco el cese inmediato y total de las exportaciones de wolframio a Alemania. Ante la reticencia española, Washington ejecutó una medida de presión drástica: un embargo petrolero que paralizó por completo el suministro de crudo a España, amenazando con colapsar la economía nacional en pleno invierno.

Tras meses de tensas negociaciones diplomáticas e intermediación británica, en mayo de 1944 se firmó un acuerdo. España cedió, reduciendo las exportaciones de wolframio a Alemania a una cuota casi simbólica, apenas 40 toneladas mensuales, y expulsando a numerosos agentes de inteligencia nazis de su territorio.

El cierre del grifo del wolframio ibérico asestó un golpe fatal a la producción industrial alemana, privando a la maquinaria de guerra de Hitler del blindaje necesario meses antes del desembarco aliado en Normandía.

El asalto a la Corona británica

Más allá de la economía, el eje peninsular fue escenario de operaciones políticas de alto nivel. En el verano de 1940, tras la rápida invasión de Francia, el duque de Windsor, Eduardo VIII, Rey del Reino Unido y de los Dominios Británicos de Ultramar y Emperador de la India desde enero hasta diciembre de 1936, de conocidas simpatías filonazis, cruzó la frontera española huyendo del avance alemán.

La presencia del duque en Madrid y, posteriormente, en Lisboa activó los engranajes de la Inteligencia nazi. Adolf Hitler ordenó al jefe del contraespionaje, Walter Schellenberg, la ejecución de la Operación Willi.

Walter Schellenberg

Walter SchellenbergBundesarchiv / Wikimedia Commons

El objetivo alemán consistía en retener al duque en la península ibérica mediante sobornos y falsas amenazas de asesinato por parte de los británicos. Si Alemania lograba invadir el Reino Unido, Eduardo VIII sería instaurado como un monarca títere bajo el control de Berlín. Sin embargo, la Operación Willi fracasó in extremis.

El 1 de agosto de 1940, presionado por Monckton (asesor legal de Eduardo VIII) y temeroso de las represalias de Churchill, Eduardo VIII y Wallis Simpson embarcaron en el buque estadounidense USS Excalibur rumbo a las Bermudas, y de allí a las Bahamas.

El análisis posterior a 1945, impulsado por el descubrimiento de los Documentos de Marburgo (los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán recuperados en las montañas de Harz), demostró de forma concluyente que el duque no fue una simple víctima pasiva de un intento de secuestro.

La disposición del duque a dialogar con los emisarios del Eje en la península ibérica no solo justificó la paranoia de Churchill, sino que evidenció cómo Madrid y Lisboa actuaron como la verdadera línea de frente política durante el verano que decidió el destino de Europa.

Juan Pujol «Garbo» y la red de desinformación

El impacto táctico más decisivo gestado en este eje tuvo como protagonista a un español: Juan Pujol García. Rechazando los totalitarismos, Pujol se ofreció a la Inteligencia británica. Al ser desestimado, adoptó una estrategia unilateral: se hizo pasar por un simpatizante del régimen nazi, logrando ser reclutado por la Abwehr, el servicio de Inteligencia militar durante la Alemania nazi, en Madrid.

Pujol se trasladó a Lisboa. Desde allí, utilizando únicamente guías turísticas, horarios de ferrocarriles británicos y periódicos de la biblioteca local, comenzó a enviar informes falsos a Berlín, haciéndoles creer que operaba desde Londres. Su nivel de precisión convenció a la Inteligencia alemana.

Finalmente, reclutado por el MI5 bajo el nombre en clave de «Garbo», Pujol construyó una red de 27 subagentes ficticios. Su intervención culminó en 1944 con la Operación Fortitude: convenció al Alto Mando alemán de que el inminente ataque aliado en Normandía era una simple maniobra de distracción y que la invasión principal ocurriría en el paso de Calais. Los alemanes retuvieron sus divisiones blindadas, facilitando el avance de las tropas aliadas.

El espejismo de la neutralidad

La neutralidad de España y Portugal rara vez fue un reflejo de paz periférica; en la práctica, se trató de una compleja ficción diplomática sostenida sobre el filo de la navaja. El eje Madrid-Lisboa funcionó simultáneamente como la principal válvula de escape para los refugiados de Europa y como el centro neurálgico de la contrainteligencia global.

Las potencias beligerantes comprendieron rápidamente que, en una guerra de desgaste, el control de las materias primas y de la información estratégica valía tanto como el control del territorio físico.

El colapso de la maquinaria bélica y diplomática del Tercer Reich no se forjó exclusivamente bajo el fuego de artillería en las playas de Normandía o en las estepas de Stalingrado. El destino de Europa se decidió, en gran medida, en los despachos de las embajadas, en los puertos lusos y en los puestos fronterizos de una península ibérica donde el chantaje, el espionaje y la diplomacia encubierta demostraron ser armas tan decisivas como el acero.

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