05 de febrero de 2023

Vladimir Putin, presidente de Rusia

El presidente ruso, Vladimir Putin, durante una reunión en el KremlinEFE

245 días de guerra en Ucrania

Putin nos ha tendido una trampa y hemos caído en ella

Tal vez, el verdadero objetivo del bombardeo de las ciudades ucranianas sea el mismo que el de las infundadas acusaciones rusas sobre posibles ataques de falsa bandera ucranianos: conseguir que, tanto en Rusia como en Occidente, no se hable de otra cosa

Desde hace dos semanas, el ejército de Putin lleva a cabo una campaña prolongada contra los sistemas energéticos ucranianos, que hasta entonces solo habían sido blancos ocasionales de los misiles rusos.
No es, desde luego, la primera de las fórmulas mágicas que los rusos creyeron encontrar en sus misiles. Al comienzo de la guerra, el blanco preferente de este tipo de armas fue el Ejército ucraniano, sus sistemas de mando y control y la industria de armamento.
Desde el punto de vista de la doctrina militar –recuérdese la invasión de Irak por los EE.UU. en 2003– una campaña así, breve pero abrumadora, es el prólogo perfecto para un ataque decisivo de las fuerzas terrestres.
Pero, reconozcámoslo, la Rusia de 2022 no dispone de la capacidad militar ni de la ventaja tecnológica que tenía EE.UU. en 2003.
Baste recordar que su aerolínea de bandera vuela con aviones norteamericanos y europeos porque son mejores que los rusos. ¿Cómo creer que en el caso de los aviones de combate, un producto tecnológico aún más complejo, se equilibra la balanza?
Meses más tarde, cuando en Rusia se desvaneció la esperanza de una victoria rápida y se hizo patente la dependencia del ejército ucraniano del apoyo exterior, Putin prometió paralizar la entrega de las armas occidentales atacando los hipotéticos almacenes y las vías de comunicación de todo el país, sobre todo los ferrocarriles.
Una apuesta de por sí difícil y ya imposible para una Rusia que había consumido buena parte de sus mejores misiles en una tarea inicial que dejó incompleta.
La domesticada prensa rusa, que durante algunas semanas anunciaba casi cada día la destrucción de «depósitos de armas occidentales», ya ni siquiera habla de ello.
En los últimos días, el blanco mágico que, a juicio de los líderes rusos, derrotará a Ucrania en esta guerra es la energía.
Sin embargo, para quienes lo vemos desde fuera, lo que resulta obvio es que, si cualquiera de las tres campañas de bombardeo por separado habría sido demasiado ambiciosa para la capacidad real de que dispone el Kremlin, la dispersión de objetivos, contraviniendo los más elementales principios de la guerra, complica aún más el éxito de los planes militares rusos.
Desde el punto de vista estratégico, de las tres campañas orquestadas por Putin, la última es la peor.
Se trata, para empezar, de una campaña criminal cuya naturaleza es difícil de disimular. Un protocolo adicional a los convenios de Ginebra ratificado en 1977 prohíbe los ataques «que no están dirigidos a un objetivo militar concreto», como indudablemente es el caso de las centrales eléctricas.
Puede argumentarse que la energía alimenta también sistemas militares, pero el protocolo prohíbe también «los daños a bienes de carácter civil que serían excesivos en relación con la ventaja militar concreta y directa prevista».
¿A quién perjudican realmente los cortes de electricidad? La pregunta, como sabe Putin, es retórica.
Solo hay que recordar que los centros militares siempre disponen de sistemas de alimentación de emergencia, normalmente basados en generadores Diesel independientes de la red, y los hogares no.
Por último, prohíbe el protocolo «los ataques dirigidos como represalias contra la población civil».
Sobre este extremo, son las propias palabras de Putin las que le condenan cuando amenaza con castigar los presuntos «ataques terroristas en suelo ruso» con el bombardeo de las ciudades ucranianas.
Desde el punto de vista ético, la medida no es muy diferente de lo que, en la Segunda Guerra Mundial, hacían las autoridades de ocupación en algunos países cuando amenazaban con fusilar un elevado número de civiles si se producían ataques de la resistencia.
Los analistas rusos –y algunos prorrusos en Occidente– justifican el crimen de guerra con la excusa de que otros países han hecho lo mismo, antes y después del protocolo de 1977.
Pero esta realidad, además de ser discutible, no disculparía nada. A estas alturas, es difícil pensar en un crimen que la humanidad no haya cometido anteriormente.
Sin embargo, los criminales no dejan de serlo porque haya habido otros antes que ellos.
Además de criminal, el ataque a los sistemas de generación y distribución de energía es antieconómico. En las guerras, como en todas las actividades humanas, los recursos no son infinitos y hay que usarlos con inteligencia.
Los drones, lentos y vulnerables, no son una panacea. Su alcance está limitado por su sistema de control y su pequeña carga explosiva hace poco daño a la infraestructura.
Los millones de dólares invertidos en cada uno de los misiles de alta precisión que se necesitan para destruir objetivos puntuales a grandes distancias solo se justifican cuando se usan contra blancos de alto valor estratégico y de difícil reemplazo. ¿Lo es la energía? Hasta ahora, la mayoría de las instalaciones atacadas han sido reparadas en breve plazo y, en muchos casos, a una fracción del coste del propio misil.
Por último, como demuestra la historia –incluso la más reciente–la campaña contra la energía de las ciudades ucranianas es ineficaz.
Aunque tuviera continuidad –que no la tendrá porque la mayor parte de los misiles que quedan en Rusia son anticuados e imprecisos y solo pueden atacar las ciudades al bulto, como ocurre cada día en Zaporiyia o Mikolaiev– no está en la naturaleza de los seres humanos ceder a un enemigo odiado porque a ratos nos falte la luz, el agua corriente o la calefacción.
No hace falta remontarse a Numancia para ilustrar el argumento ¿Qué puede hacer Putin a Kiev que no hayan hecho sus antiguos aliados serbios en Sarajevo, sin conseguir reducir la voluntad de resistir del pueblo de Bosnia? ¿Puede acaso el general Surovikin ir más lejos de lo que Mladic fue en Srebrenica?
Todo esto, desde luego, lo sabe Putin. ¿Por qué entonces apuesta por una campaña perdedora, que deja sin credibilidad alguna su vieja cantinela de que «el ejército ruso no ataca objetivos civiles»? Incluso en Rusia, donde la prensa está bajo estricto control del gobierno, basta la hemeroteca para poner de relieve las contradicciones del Kremlin.
¿Cómo pasar de ese «la población de Ucrania no tiene nada que temer de la operación pacificadora, porque está dirigida a la desmilitarización solamente» de los primeros días, a ese grosero y ya fallido pronóstico de hace una semana: «Tras una semana sin luz, Kiev estará nadando en mierda»?
La verdadera razón de las decisiones de Putin, como casi siempre, está en la política interna de Rusia, hoy dominada por los halcones.
La lectura de la prensa de Moscú da las claves para entender lo que pretende el Kremlin: el debate ya no está centrado en la retirada de Járkov ni en la promesa incumplida de no movilizar las reservas, sino en los efectos de cada oleada de bombardeos, que se celebra con ese odio que solo puede nacer de la impotencia.
Como botón de muestra del alcance de ese sentimiento devastador, basten las declaraciones de Antón Krasovski, el popular locutor de Rusia Today cesado por sugerir que los niños ucranianos debieran ser ahogados o quemados vivos.
Más allá de la reacción de los medios, si se quiere tener una perspectiva completa de los efectos de la decisión de Putin en la sociedad y en el ejército conviene acercarse a las redes sociales de los analistas militares rusos; algunas de ellas, por cierto, disponibles en inglés.
A estos representantes del nacionalismo extremo, con centenares de miles de seguidores, la campaña de bombardeos parece haberles devuelto la ilusión.
Ya no critican al Kremlin por la marcha de la guerra. No se hacen eco de los retrocesos del frente en Jersón, ni del deficiente equipamiento de los soldados recién movilizados.
Muchos de los expertos que ayer eran más críticos con el ministerio de defensa dedican hoy sus líneas a sugerir, con entusiasmo digno de mejor causa, cuáles serían los blancos más apropiados para el siguiente ataque.
¿Qué cabe concluir de todo esto? Que es probable que el verdadero objetivo estratégico de la campaña de bombardeo de las ciudades ucranianas sea en realidad el mismo que el de las reiteradas y siempre infundadas acusaciones rusas sobre posibles ataques de falsa bandera ucranianos: conseguir que, tanto en Rusia como en Occidente, no se hable de otra cosa.
Por eso, la verdad, casi siento haber escrito este artículo que, aunque sea para denunciar la situación, me deja con la desagradable sensación de haber caído en la trampa.
  • Juan Rodríguez Garat. Almirante retirado
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