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Alzhir, el gulag soviético para mujeres y niños en Kazajistán

Alzhir, el gulag soviético para mujeres y niños en KazajistánAntonio Alonso

Alzhir, el gulag soviético para mujeres y niños en Kazajistán

Por allí pasaron unas 18.000 mujeres durante quince años, de las cuales unas 8.000 cumplieron su pena (cinco años) íntegramente allí

El pasado 25 de octubre Kazajistán celebraba el 35° aniversario de su declaración de soberanía, estando aún bajo el mando de la Unión Soviética. Fue su primera reafirmación política frente al poder de Moscú, un poder que ya se estaba resquebrajando. Desde, al menos, la caída del muro de Berlín y la escenificación de la Doctrina Sinatra de Gorbachov –que consistía en dejar que el comunismo siguiera su propio camino fuera de la URSS–, los regímenes comunistas de la Europa del Este comenzaron a caer cuál piezas de un dominó.

Era cuestión de tiempo que el régimen comunista en la mismísima URSS también cayera. Las sucesivas declaraciones de soberanía y/o de independencia de las 15 repúblicas que la componían fueron dejando su impacto. La unión no cayó de la noche a la mañana.

En Akmolinsk –Actual Akmola–, a unos 40 km de Astana, la capital de Kazajistán, hay un recinto-memorial que recuerda a las víctimas del campo de trabajo –gulag, son las siglas en ruso de la Dirección General de Campos y Colonias de Trabajo Correccional. Es el gulag de Alzhir, que a su vez es un acrónimo en ruso de Campo de trabajo (lager) Akmolinsk para Mujeres de los Traidores de la Patria. Solo para mujeres y sus hijos. Ellas, culpables solo por ser «la mujer de».

Alzhir, el gulag soviético para mujeres y niños en Kazajistán

Alzhir, el gulag soviético para mujeres y niños en KazajistánAntonio Alonso

Visitar aquel lugar encoge el alma y lleva a la reflexión y a la oración. Ya desde octubre las temperaturas bajan por debajo de los cero grados y, cuando sopla el viento, en silencio se puede uno transportar a aquella época. Trenes que llegan cargados de nuevas prisioneras, algunas de ellas con sus hijos pequeños en brazos. Enviadas a barracones, poco preparados para las gélidas temperaturas del invierno o las abrasadoras del verano. Alimentación insuficiente. Duras condiciones de trabajo. Estrecha vigilancia –y abusos– de sus captores.

Todo ello documentado y mostrado en una exposición permanente en un museo dedicado especialmente a este campo, donde se explica la represión que sufrió el pueblo kazajo desde que, una vez triunfó la revolución bolchevique, se llegó al convencimiento de que aquellos territorios que habían estado bajo el dominio zarista no debían recorrer solos su camino de independencia, sino que debían volver a estar bajo mandato de Moscú. La guerra civil rusa y el establecimiento de la URSS –al principio solo con Rusia, Bielorrusia, Ucrania y Transcaucasia– fueron los puntos de partida para incorporar al resto de territorios al dominio bolchevique. Y Stalin culminó dicho proceso.

En el museo se explica la represión soviética desde la supresión de las incipientes estructuras de gobierno de la nueva república kazaja hasta la represión de las últimas protestas contra Moscú en diciembre de 1986, pasando por la gran hambruna y las purgas. El campo Alzhir de Akmolinsk funcionó entre 1938 y 1953. A la muerte de Stalin, la pesadilla acabó aunque, obviamente, las secuelas permanecieron.

Un gulag soviético para mujeres y niños en Kazajstán: Alzhir

Alzhir, el gulag soviético para mujeres y niños en KazajistánAntonio Alonso

Por allí pasaron unas 18.000 mujeres en aquellos quince años, de las cuales unas 8.000 cumplieron su pena (cinco años) íntegramente allí. De entre estas últimas, 4.500 estaban allí por ser familiares de «traidores a la patria». Sus nombres están grabados en un inmenso panel de mármol negro. Mujeres de diversas nacionalidades: polacas, bielorrusas, ucranianas, francesas, judías... Nombres como Kira Andronnikoshvili –y su hijo Boris–, Alexandra Ivanova –y sus dos hijos–, Maria Minkina, Maryan Eskaraeva, Lurye Brayna Solomonovna, Mariya Boreshko Demyanovna, Araksi Malevich-Megeryan Tomasovna, Helena Piotrovskaya Ivanovn pasaron por allí, algunas de ellas finalizaron allí sus días.

El recuerdo de este castigo legal debería servirnos para entender que los totalitarismos usan instrumentos crueles para atemorizar a quienes no comparten la ideología que intenta imponerse a todo el conjunto de la población. Además, una moraleja adicional que sobrevuela en aquel museo es que el castigo a aquella tierra solo acabó cuando Kazajstán recuperó su soberanía plena.

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