El dilema de Europa: lobos o chacales
O enseñamos juntos los dientes como hacíamos antaño, cuando éramos manada de lobos —aunque sea verdad que las más de las veces peleábamos entre nosotros— o terminaremos convirtiéndonos en chacales
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump y la presidenta dela Comisión, Úrsula von der Leyen en una imagen de archivo
Hay algo de autobombo en la designación científica de nuestra especie como homo sapiens. Somos seres racionales, o al menos eso creemos la mayoría de nosotros; pero estamos tan limitados por nuestras convicciones que, en la mayoría de las ocasiones en las que interviene esa curiosa enfermedad del pensamiento que es la ideología, apenas se nota.
Vienen a cuento estas lamentaciones porque, a la vista del documento de Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América recientemente publicado por Donald Trump, todo el mundo parece querer arrimar el ascua a la sardina de sus prejuicios. Hay quien, desde la izquierda anti-OTAN de toda la vida, da por muerta definitivamente la relación trasatlántica; y, en el lado opuesto del espectro político, hay quien parece haberse tomado el alegato propagandístico del magnate como un consejo dado de buena fe a las naciones de la Unión Europea: recuperad vuestra libertad perdida o desapareceréis en apenas 20 años.
Lo curioso es que, en esta ocasión, el presidente norteamericano no trata de engañar a nadie. En el último párrafo de la carta de presentación que él mismo firma, dirigida a sus «compañeros americanos», dice textualmente: «Este documento es una guía para asegurar que América sigue siendo la más grande y exitosa nación en la historia de la humanidad.» Su finalidad no es, por lo tanto, construir un mundo mejor o más pacífico, ni tampoco el progreso de los pueblos de Europa, sino hacer de los EE.UU. una nación «más segura, más rica, más libre, más grande y más poderosa que nunca». Algo, por cierto, que nadie debería reprochar a un presidente democráticamente elegido… aunque sí quepa dudar de que la confrontación con todos, aliados incluidos, sea la mejor manera de lograrlo.
El tiempo dirá si Trump tiene razón o, como todos los imperios del pasado, el norteamericano también empieza a debilitarse cuando toma la decisión de encerrarse en su castillo… por mucho que, en este caso, la fortaleza América pudiera estar cubierta por un hipotético Golden Dome. Yo, desde luego, creo que el magnate se equivoca. Además de la historia, la biología nos da una pista que deberíamos considerar: no son las tortugas, por acorazadas que puedan estar, las que dominan la tierra, sino mamíferos curiosos como nosotros mismos.
Divide y vencerás
Dejemos, sin embargo, el futuro —siempre en movimiento— y centrémonos en lo que hoy importa: si lo que busca el magnate es mantener la supremacía global, como él mismo reconoce, nada tiene de extraño que promueva la división de Europa. También Fernando III el Santo, seguramente mucho mejor persona que el amoral presidente norteamericano, habría aplaudido la disgregación del Imperio Almohade en los reinos de Taifas que tanto facilitaron sus victoriosas campañas de reconquista. «Divide y vencerás», dicen que dijo Cesar durante la guerra de las Galias.
Como sabe de qué pie cojeamos, el presidente de los EE.UU. denuncia las actividades de la Unión Europea que «debilitan la libertad política y la soberanía» de los pueblos europeos. Pero, al mismo tiempo, consagra los principios —el corolario Trump, que la modestia no es la mejor virtud del magnate— que le permiten influir sobre las decisiones soberanas de las naciones iberoamericanas. Es difícil, además, ver como un amante de la libertad a quien, en su propia casa, envía sus tropas a algunos de los estados de mayoría demócrata que desafían a su poder.
Dirá el lector que hay una diferencia entre los estados norteamericanos, unidos por su propia decisión, y las naciones del viejo continente, que son independientes y soberanas. Cierto. Nuestro dilema es otro. Cuando el tigre que hasta hace poco nos defendía ruge de nuevo, hambriento de poder, los perros que hemos crecido débiles bajo su sombra estamos obligados a tomar una decisión. No podemos —y, la verdad, ni siquiera queremos— fundirnos en un solo animal. Sin embargo, o enseñamos juntos los dientes como hacíamos antaño, cuando éramos manada de lobos —aunque sea verdad que las más de las veces peleábamos entre nosotros— o terminaremos convirtiéndonos en chacales. Y no, no se llame a engaño el lector: los tigres a menudo toleran a los chacales pero, aunque ahora Trump diga que los admira, la historia nos enseña que jamás los respetan.