Cuba, el castrismo y el hambre
Culpar a Donald Trump de que en la isla no haya aspirinas, antibióticos o de que la carne sea un bien inalcanzable resulta ridículo
Un bicitaxi circula por una calle de La Habana, el 13 de febrero de 2026
Nadie puede ocultar, ni siquiera los dirigentes del castrismo, que Cuba está atravesando el momento más angustioso de sus sesenta y siete años de régimen comunista. La situación es penosa y si uno tiene amigos cubanos o simplemente si piensa en los habitantes del país de Iberoamérica en que más se quiere a España recapacitas y casi rezas para que la galopante degradación que padecen se detenga.
Un progre artero o incluso bien intencionado te argumentará que el hambre que azota a la isla desde hace bastantes meses es debida al bloqueo estadounidense y que el empeoramiento de la situación es debido a las medidas petrolíferas adoptadas por Donald Trump para asfixiar el régimen castrista. La conclusión es una memez gigantesca con la que Castro vino intoxicando, con éxito, a su pueblo y a algunos visitantes occidentales subyugados por la personalidad y la verborrea del campechano dictador.
Que Cuba viene sufriendo un bloqueo estadounidense desde poco después de que Castro accediera al poder no se tiene en pie para quien tenga dos dedos de frente. En estos 67 años, el bloqueo, es decir no dejar entrar personas ni mercancías, ha existido sólo durante las dos semanas que duró la crisis de los misiles. ¡Dos semanas! Se puede alegar que por qué Kennedy podía prohibir el acceso a Cuba al constatar que la Unión Soviética había instalado sigilosamente misiles en la isla a 140 kilómetros de Estados Unidos mientras que el americano los tenía instalados en Turquía a similar distancia del Imperio ruso. La pregunta es pertinente pero el bloqueo duró quince días.
En el resto de las últimas décadas del castrismo, que son muchos miles de días, Washington ha practicado el embargo con Cuba. Es decir no comercia con ella. Lo que implica:
a) No impide que nosotros o México o Francia le compre o le venda.
b) No impide que los miles de turistas españoles, canadienses o suecos vayan a la isla.
c) Y más importante aún, los centenares de miles de cubanos, millones ahora con el éxodo reciente, que viven en Estados Unidos pueden enviar dinero a sus parientes en la isla, lo que les permite vivir algo más desahogadamente que los que no reciben esa ayuda. Por otra parte, otro agujero en el embargo, en mis once años de estancia en Estados Unidos, el mayor proveedor de medicamentos a Cuba era el gigante estadounidense.
Es decir, lo del bloqueo es una paparrucha apta para ser engullida por progres fanáticos o bobos.
Ahora Trump aprieta el dogal a Cuba forzando a ciertos países a que no le vendan petróleo. La medida no es baladí y no me gusta, aunque un par de amigos cubanos me insisten, siguiendo a los congresistas americano-cubanos de Florida Díaz-Balart y Carlos Giménez, que es la única forma de desalojar al castrismo, que no hay otra forma dado el enrocamiento y la dureza del régimen.
No estoy muy convencido de que así se logre, tal vez, pero sí lo estoy, por lo que me cuentan que la gente cubana está sufriendo de verdad, de que una crisis humanitaria está próxima y me disgusta.
Vuelven entonces las preguntas: ¿cómo es posible que después de 67 años el régimen cubano sea incapaz de alimentar a su población? Un país que el día de Navidad en que el castrismo conquistó el poder tenía una renta per cápita superior a la española, era uno de los mayores exportadores de azúcar del mundo y ahora lo importa de Brasil.
¿Cómo es posible que la inmensa mayoría de los cubanos que ganan 3.500 pesos al mes necesiten unos 9.000 para comprar los alimentos imprescindibles en el mercado? Los jubilados están aún peor. Y no pocas familias, me dice una amiga cubana, hacen una comida al día.
Culpar a Trump de que no haya aspirinas, antibióticos, compresas o de que la carne sea un bien inalcanzable resulta ridículo
Cuba viene viviendo de los siete u ocho mil millones de dólares que envían los médicos, policías y personas de seguridad que trabajan en el exterior enviados por el Gobierno y de los que el régimen retiene una parte muy importante del salario, de las remesas de los emigrantes en Estados Unidos y en otros lugares, del turismo y de la importante ayuda energética de Rusia, Venezuela o México. Las dos últimas fuentes se han reducido, los miles de turistas chinos no han llegado, o secado casi totalmente.
Culpar a Trump de todo esto, de que no haya aspirinas, antibióticos, compresas o de que la carne sea un bien inalcanzable resulta ridículo. Ya hay apagones de ocho horas desde hace tiempo. Es cerrar los ojos a la realidad: es el régimen que, pasadas tres generaciones, ha sido incapaz de desarrollar un país que tiene un enorme potencial, material y humano. Lo tenía ya en 1969. Como en tantos países comunistas, con la excepción de China, el comunismo no funciona aparte de privar de las libertades y de las urnas. En Cuba la gente vota con los pies, dos millones se han marchado en los últimos años y otros dos o tres querrían hacerlo.
Dos consideraciones finales
Sobre el matonismo evidente de Trump cabe preguntarse cómo la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, tan intrépida y audaz cuando increpa a nuestro Rey Felipe, no le echa redaños y le dice al presidente americano que ella no acepta órdenes y va a seguir enviando petróleo a Cuba. Y de paso, dada su obsesión con la humillación de nuestra conquista, debería también increpar a Trump por que su país le robó a México casi la mitad de su territorio en el siglo XIX. Creo que se va a callar.
Y sobre el bloqueo. Presencié, cuando Adolfo Suárez visitó Cuba, cómo el propio Fidel se contradecía sobre el tema. Se coló en la rueda de prensa de nuestro presidente y en un momento, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid o que Lecuona era un gran músico cubano, soltó un elogio a Franco: «Yo y los cubanos no podemos olvidar que cuando el imperialismo yanqui ha querido acogotarnos España y su jefe del Estado supieron resistir, nos compraban cosas , mantenían su línea aérea, Iberia, y nos visitaban». Es decir, había un embargo ominoso yanqui pero España, con más pantalones que la señora Sheinbaum, seguía impertérrita comerciando. No había bloqueo.