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Los pobres como pretexto: la izquierda capitalista y salvaje que aprovecharon los Zapatero y compañía

Hay una evidencia moral que lleva diez años a la vista: mientras Venezuela se hundía, Zapatero se ofrecía como mediador «imprescindible», y el régimen lo exhibía como prueba de normalidad

José Luis Rodríguez Zapatero y Nicolás Maduro, en enero en Caracas

Jorge Rodríguez, José Luis Rodríguez Zapatero, Delcy Rodríguez con mascarilla y Nicolás Maduroo en Caracas

Hoy la figura de José Luis Rodríguez Zapatero vuelve a colocarse en el centro de un cuestionamiento que es el fondo real del caso ¿qué ocurre cuando un expresidente europeo decide actuar como legitimador o, peor aún, como blanqueador de una dictadura a cambio de dinero?

En España, en estos días, la conversación pública se ha mezclado con investigaciones y filtraciones relacionadas con el caso Plus Ultra y entornos de influencia vinculados a Venezuela. El juez de la Audiencia Nacional investiga conexiones e intermediaciones de un consultor cercano a Zapatero, con indicios bajo análisis sobre tráfico de influencias y pagos sospechosos. Zapatero lo niega y el proceso judicial sigue su curso.

Pero incluso antes de que hablen los tribunales, hay una evidencia moral que lleva diez años a la vista: mientras Venezuela se hundía, Zapatero se ofrecía como mediador «imprescindible», y el régimen lo exhibía como prueba de normalidad.

Yo lo viví en carne propia en República Dominicana, 2017–2018. Allí, la oposición fue a negociar condiciones mínimas para elecciones competitivas: árbitro creíble, levantamiento de inhabilitaciones, partidos sin confiscación, garantías básicas. Zapatero no fue un árbitro neutral; fue a empujar un acuerdo para Maduro. El acuerdo que promovía Maduro y Zapatero, no era el inicio de una transición democrática sino una coartada para consolidar el fraude. Cuando me negué a firmar, aquella negativa contribuyó a deslegitimar a Maduro ante el mundo.

Desde entonces, Venezuela pagó un precio humano que España apenas alcanza a imaginar: millones de personas obligadas a emigrar; familias rotas; presos políticos convertidos en moneda; jóvenes creciendo sin futuro; madres que aprendieron a criar desde la distancia. Pero el «mediador» siempre estaba allí, siempre en la foto, nunca en la verdad.

Zapatero ha defendido durante años su papel y llegó a admitir que evitaba calificar al régimen o llamar dictador a Maduro para «preservar la confianza» de la mediación. Ese argumento, presentado como prudencia, es en realidad una renuncia a lo esencial y más grave, Maduro se mantuvo en el poder violando derechos humanos por apoyos de gente como Zapatero y la Izquierda iberoamericana.

Por eso esta historia no es solo sobre Zapatero. Zapatero es la punta del iceberg de un fenómeno más grande: una izquierda iberoamericana que habla de justicia social, pero se organiza como franquicia de poder, donde la retórica sirve de coartada para la captura del Estado y el saqueo.

En Hispanoamérica hemos visto demasiadas veces el mismo guion que dice buscar el poder «por los pobres», se gobierna con propaganda, se concentra el poder, se persigue al disidente, y en el camino aparece la corrupción como sistema. No es teoría: es historia reciente.

En Argentina, la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner fue condenada por administración fraudulenta en la causa Vialidad y esa condena fue ratificada por instancias superiores, generando un debate enorme en el país. En Ecuador, la Corte Nacional de Justicia condenó a Rafael Correa en el caso Sobornos 2012–2016 por cohecho, con sentencia publicada por el propio tribunal. Evo Morales, no solo robó dinero, sino que presuntamente corrompía a menores de edad.

No se trata de demonizar a «la izquierda» como ideología. Se trata de desenmascarar una izquierda concreta, la que usa el lenguaje de los derechos para violarlos; la que invoca igualdad mientras multiplica privilegios; la que predica contra el capitalismo y práctica, en realidad, el capitalismo más salvaje.

Venezuela es el caso extremo porque la dictadura no solo empobreció a un país, lo convirtió en maquinaria de persecución y corrupción, y necesitó mediadores extranjeros para vender al mundo la ilusión de normalidad. Ese ha sido el papel de Zapatero, de Correa, de Evo, de los Kirchner y del gobierno de Sanchez. A los venezolanos nos duele porque millones de venezolanos recuerdan exactamente cuándo empezó su «mediación», fue el mismo período en el que el régimen se endureció, el éxodo se disparó y la cárcel se volvió política pública.

Hoy, cuando Venezuela intenta salir de su noche, este desenmascaramiento tiene un sentido que va más allá del ajuste de cuentas, ojalá haya pedagogía democrática. Nuestros pueblos deben comprender que la corrupción es un instrumento de dominación.

Ojalá España por respeto a su propia Transición se atreva a mirar este espejo con seriedad y ojalá Hispanoamérica aprenda la lección: no hay justicia social sin Estado de derecho; no hay igualdad sin libertad; no hay progreso cuando la política se vuelve empresa y la ideología, coartada.

Porque al final, la historia pasa factura. Tarde o temprano, se distingue entre quien buscó la verdad… y quien alquiló su «prestigio» para taparla.

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