Ahora resulta que los que matan a los demás por no compartir sus ideas, por ejemplo, el mundo etarra, se atreve a llamar a las víctimas de su terrorismo «¡fascistas!». El mundo al revés. La palabra «fascista» se utiliza con una ligereza notable, en especial por la izquierda más inculta. Hay una izquierda leída, créanme, pero los jóvenes cachorros del comunismo y los indocumentados le llaman fascista a cualquiera que no piense como ellos. Lo de ayer, en San Sebastián, en la manifestación a favor de los asesinos que cumplen penas en las cárceles, ya es otra cosa. Es incluso un delito de odio, pero no se preocupen que nadie se va a ocupar de ello, y menos Marlaska. Resulta chocante la cantidad de fascistas que algunos ven pululando por las calles de la España actual. Estos visionarios de la extrema izquierda, tan cercanos a la violencia, solo ven enemigos. No entienden lo que es un ciudadano normal que no pueda compartir sus ideas. Si hubiese tantos fascistas como ellos dicen, y teniendo en cuenta lo que la historia cuenta de aquellos terribles días de la Italia de los años treinta, se iban a enterar de lo que es un país lleno de «fachas». Creer en la democracia, en el orden constitucional, en la unidad de tu país, en la libertad y en todos los valores que han hecho progresar a Occidente es ser fascista, según el caleidoscopio de Podemos, Bildu y Esquerra. Pues ya lo sabe el lector. Aplíquese el cuento.
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