Es inquietante que haya que defender a un pueblo de sus políticos, pero en muchas democracias es así. En España llevamos ya muchos años con la figura consagrada del Defensor del Pueblo. Es cierto que en incontables ocasiones parece una figura y un organismo estéril. Es una voz que clama en el desierto, pero nada más, el paisaje social sigue siendo terreno yermo. Con Sánchez, todavía peor, toda vez que vació de contenido a los responsables del Portal de Transparencia. Sin trasparencia ni capacidad de defensa, poco puede hacer el pueblo, salvo sentarse en el patio de butacas de España y observar cómo actúan los mismos de siempre, con un guion cada vez más teñido de demagogia y sectarismo. Nos queda, no obstante, la esperanza de que el nuevo Defensor del Pueblo no se limite a calentar la silla. A ver si logra que lo escuchen. A ver si también consigue ser neutral, objetivo y defensor de todos, no de unos pocos. De todos, sin mirar carnet ni afiliación. El Defensor Gabilondo debe escuchar la aflicción del pueblo español. Es un hombre con buen talante y fibra moral, pero no estaría mal que a partir de ahora este tipo de cargos fuese desempeñado por una destacada persona que militase en el campo de la oposición. Daríamos así más fortaleza a la democracia y a la institucionalidad. Sobre todo, si es al pueblo, a la gente corriente, a la que hay que defender de sus gobernantes.
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