Sánchez nunca tendrá la humildad suficiente como para pedir perdón a los españoles o, al menos, hacer una autocrítica, que representa el peldaño inferior en la escala del proceso de disculpa. No lo hará, porque su egocentrismo y su orgullo se lo impiden, pero el Tribunal Constitucional ya le ha dicho hasta tres veces que «no» a sus decisiones de la primavera pasada. No al cierre del Parlamento y no a los dos estados de alarma. En cualquier otro país de tradición democrática ya hubiese dimitido y convocado elecciones, pero Sánchez pasará a la historia por su apuesta por la incuria social y política y por su escaso crédito democrático. Acuérdense cuando le señaló a Rajoy que en Alemania se dimitía por plagiar un párrafo en una tesis doctoral. Hay que reconocer que tiene cuajo, sabiendo lo que sabía de su propia tesis. Esperaremos, por tanto, a que un buen día haga un ejercicio de contrición y nos pida perdón a los españoles por haber incumplido tantas veces su palabra, por subirnos la tarifa eléctrica, por endeudarnos como nunca, por pactar con quienes quieren romper España, por cerrar el Parlamento y por decretar dos estados de alarma inconstitucionales. Entre su petición de perdón y nuestra inclinación al olvido no sé con qué quedarme.
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