13 de agosto de 2022

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

El árbol de Tyburn

Prácticas que se creían aceptables en una época, como la subcultura de la muerte actual, acabarán viéndose universalmente como lo que son: una barbaridad

Marble Arch, un arco decimonónico de mármol que se yergue en Londres al final de Oxford Street, es un monumento sin mucha gracia, atrapado en una isleta de tráfico, siempre rodeada de coches, buses rojos de dos pisos y malos humos. Lo trasplantaron allí desde el palacio de Buckingham en 1851, probablemente para ocultar el pasado ominoso de su nuevo emplazamiento. Y es que a doscientos metros del arco monumental puede verse en el suelo una plaquita circular, casi invisible a la sombra de tres robles jóvenes, donde simplemente reza: «El lugar del árbol de Tyburn».
Hasta finales del siglo XVIII, cualquier londinense sabía perfectamente que quería decir «tomó el camino de Tyburn», o simplemente: «Se fue al Oeste». El árbol de Tyburn era el nombre de una enorme horca, de tres pilares de madera y remate triangular, donde se calcula que a lo largo de los siglos fueron ejecutadas unas 50.000 personas, hombres y mujeres, a las que se les aplicaba la justicia del Rey. Por allí pasaron criminales monstruosos y también perfectos inocentes.
Tyburn era un riachuelo que atravesaba la zona y el simbólico lugar de los ahorcamientos había sido antaño conjunción de dos vías romanas. El primer ahorcado en aquellos terrenos fue William Fitz Orbert, o William el Barbado, condenado por sedición tras promover una revuelta de los pobres de Londres a finales del siglo XII. En 1571, el proceso se perfeccionó con la construcción de la gran horca de Tyburn, que llegaría a soportar hasta a 24 reos a un tiempo. Las ejecuciones se convirtieron en uno de los pasatiempos favoritos de los londinenses, hasta el extremo de que los aprendices disfrutaban de día libre en las fechas señaladas. El condenado salía de la prisión de Newgate, a unos 4,8 kilómetros de Tyburn, subido a un carro abierto. La ruta a veces se prolongaba hasta tres horas, porque el gentío era inmenso e intrusivo. Si el reo mantenía la compostura, o si se mostraba desafiante, recibía los vítores y aplausos del vulgo. Pero si se le veía temeroso, o no digamos descompuesto, era insultado con crueldad y con lanzamiento de desperdicios.
La carreta subía por lo que ahora es Oxford Street, una de las calles comerciales más animadas del planeta, y al llegar a Tyburn el condenado podía decir sus «famosas últimas palabras». Luego la carreta arrancaba y allá se quedaba el colgado el criminal, sometido a una agonía cruel, que podía durar hasta tres cuartos de hora. Si se trataba de un reo de traición, era primero arrastrado por un caballo, luego ahorcado y por fin descuartizado en público. Nada de esto espantaba a los londinenses de toda clase y condición, que lo vivían como una fiesta, un gran espectáculo. Había graderíos, y palcos para los más pudientes. Se disfrutaba de meriendas bien regadas con espirituosos. Se juntaban miles de personas y abundaban los carteristas (lo que prueba lo poco disuasoria que es la pena de muerte, pues por entonces eran susceptibles de recibirla y acabar en el árbol). Aquello funcionó desde 1571 hasta finales del XVIII. El último ejecutado fue un salteador de caminos, en 1783.
Entre las víctimas de Tyburn figuran 105 mártires católicos, ejecutados de la manera más dura tras la reforma de Enrique VIII. Dos de ellos, el jesuita Edmund Campion y el arzobispo irlandés Oliver Plunkett, fueron canonizados por Roma. Su memoria no ha caído en el olvido en aquellas calles, pues hay quién reza por todos ellos de manera permanente. Muy cerca de Marble Arch y de donde estaban las horcas se levanta el convento de clausura de Tyburn, fundado en 1903 por monjas benedictinas llegadas del parisino Montmartre. Son una docena de religiosas, consagradas a rezar por turnos durante las 24 horas del día frente al sagrario, en memoria de los mártires de Tyburn y de todos los católicos que prefirieron perder su vida antes que traicionar su fe. Ese convento, que se puede visitar, es un lugar de silencio y trascendencia, que contrasta a gritos con el festival consumista y hedonista de la vecina Oxford Street. Allí pervive la memoria de Tyburn.
Hoy nos asombra el salvajismo de aquellos londinenses, que vivían los ajusticiamientos más brutales como la más divertida de las jaranas. Es un proceso se repite una y otra vez a lo largo de la historia: prácticas que se consideraron normales durante un tiempo acaban viéndose finalmente como lo que en realidad eran: una barbaridad, una enajenación casi general de la conciencia. Con la subcultura de la muerte que hoy promueve y aplaude el mal llamado «progresismo» acabará pasando lo mismo. Llegará un día en que se verá como un disparate que hubo un tiempo –el que hoy vivimos– en que en España se practicaban cada año casi cien mil abortos, o que un Gobierno promulgaba leyes autoritarias que permitían encarcelar a quienes querían rezar en la calle para denunciar esa carnicería aceptada. O que ese mismo Ejecutivo acogotaba cada vez más a los médicos –cuya vocación es curar– que se negaba a practicar abortos o eutanasias, a segar vidas y llamarlo servicio «sanitario». Este domingo se celebra en Madrid la Marcha por la Vida. No existe causa más justa.
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