04 de julio de 2022

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Violadores que son de ningún sitio

No se puede caer en la xenofobia, por supuesto, pero tampoco hacer el avestruz cuando un agresor sexual es extranjero en nombre de la corrección política

Políticos y gacetilleros tenemos un baremo voluble a la hora de valorar los hechos, por eso unos casos se alzapriman y se convierten en fenómenos mediáticos, mientras que otros son soslayados. Ocurre por ejemplo con los dolorosos crímenes sexuales. La manada de Pamplona copó los titulares. Durante meses, los espectáculos seudo informativos de Ana Rosa y Griso casi no hablaban de otra cosa. Pero más tarde llegaron agresiones todavía más brutales y no recibieron ni de lejos la misma atención.
En la madrugada del 31 de octubre al 1 de noviembre del año pasado, una adolescente de 16 años acudió a la discoteca Epic de Igualada (Barcelona) para celebrar el Halloween, fiesta anglosajona que hemos importado con el habitual papanatismo. A las dos de la madrugada, su madre le envió un mensaje de móvil para saber si estaba bien. La menor respondió que sí. Posteriormente comunicó a su progenitora que regresaría a casa, en Villanueva y Geltrú, en el tren de las seis de la mañana. Pero de camino a la estación sufrió una salvaje agresión sexual: la golpearon con una barra de hierro en la cabeza y la violaron. A las 7.30 de la mañana, un camionero la encontró desvanecida y semidesnuda. Acabó en la UCI. Ha pasado ya por cinco operaciones quirúrgicas y ha perdido el 90 % de su capacidad de audición en un oído. Además, sufrirá secuelas psicológicas de por vida.
La madre de la niña escribió a Sánchez para quejarse de la desatención gubernamental hacia el caso de su hija. Hablamos de un presidente que en las fechas en que sucedía la violación de Igualada convocaba de urgencia a la Comisión contra los Delitos de Odio por una supuesta agresión homófoba en Malasaña, que resultó falsa. Huelga decir que el orfeón mediático «progresista» y el ministro Marlaska dedicaron un enorme despliegue a aquel supuesto «ataque homófobo», a la postre inexistente. La madre de la niña catalana se encaró también con la ministra de Igualdad, la siempre fogosa Irene Montero, a la que achacaba que había reaccionado con un apoyo muy abúlico ante el drama de su hija.
Ahora, cinco meses después de los hechos, la policía catalana ha detenido por fin al posible de violador de Igualada. Tiene 20 años, antecedentes penales por delitos de violencia sexual y es boliviano. Pero debido al imperio de la corrección política, el dato de su nacionalidad es omitido por las principales cadenas de televisión, incluida la estatal, y por la mayoría de los periódicos.
En febrero de 2019 se produjo en Cataluña otra violación estremecedora, la de la llamada «Manada de Sabadell». Una banda se llevó a una nave industrial abandonada a una chica de 18 años, violada allí por tres hombres. Eran de origen marroquí. Por incompetencia de las autoridades policiales catalanas, dos de los autores materiales se dieron a la fuga y no se ha vuelto a dar con ellos. En nombre de la corrección política, en aquel caso también se camufló que los agresores eran extranjeros, para más señas, magrebíes musulmanes.
La inmensa mayoría de inmigrantes que llegan a España son gente honesta, que viene a trabajar muy duro y tratar de mejorar sus vidas, como hicimos los españoles en Suiza, Inglaterra, Argentina o Venezuela en el siglo pasado. Sin los inmigrantes, hoy España no levantaría la persiana, porque se encargan de trabajos duros que ya no queremos asumir. Sin ellos, nuestra pirámide demográfica sería directamente un funeral. Además, su integración ha supuesto en líneas generales un éxito, sobre todo si se compara con las constantes fricciones en las barriadas-gueto de Francia o el Reino Unido.
Pero todo lo anterior, que es cierto, no debe llevarnos a hacer el avestruz en nombre de la corrección política sobre los problemas de seguridad pública que acarrea recibir a tantos extranjeros en tan poco tiempo. Las bandas latinas, la pequeña delincuencia de los menores que han llegado solos, o los abusos sexuales a manos de jóvenes foráneos de conducta violenta están ahí. Informar con pelos y señales de todos los datos de la manada de sevillanos de los Sanfermines y ocultar la nacionalidad de los violadores extranjeros supone un buenismo bastante tontolaba, pues trata al público como si fuese una grey infantil, que no tiene derecho a saber cómo es realmente el país en el que vive. No se puede caer en la xenofobia, por supuesto. Pero imponer la censura si el agresor sexual es un extranjero equivale a autoengañarnos, a no querer ver un problema cuyas víctimas además son las mujeres, teórica bandera de nuestro Gobierno cantamañanista.
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