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20 de julio de 2024

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

¿El estado de la nación? «J..., pero contentos»

El país está tocado, pero los españoles mantienen un estado de ánimo jovial, como si no hubiese un mañana

Actualizada 09:26

En la tercera y última parte de «El Padrino», que no es tan floja como se dice, sino más bien todo lo contrario, un envejecido y maltrecho Michael Corleone hace de cicerone turístico para su exmujer mostrándole los parajes sicilianos de sus ancestros. Dada la historia amarga y violenta de la isla, ella le pregunta por qué le atrae tanto Sicilia. Corleone/Al Pacino responde que lo que lo admira es que por muy mal que vayan las cosas, por mucho que los golpee la vida, los sicilianos siempre esperan un futuro mejor.

Creo que ahí radica también el encanto de España. Cuando trabajé en Londres tuve la oportunidad de conocer a varios hispanistas británicos de prestigio. A todos les preguntaba qué era lo que les había atraído de nuestro país hasta el punto de consagrar sus vidas a él. La respuesta era siempre idéntica: «Vosotros, los españoles».

Es así. Un pueblo con alegría de vivir. A veces demasiado arrebatado e impulsivo, pero también generoso y acogedor como pocos. Un pueblo que conserva algo maravilloso: la familia amplia, una red de afectos y ayuda mutua que vivifica la sociedad, un milagro que también mantienen los italianos. España es un país de clima benigno, bendecido por una geografía muy hermosa, con una historia extraordinaria que se traduce en un tesoro patrimonial. De propina, hasta se come -y se bebe- opíparamente. Pero sobre todo, España parece albergar unas reservas inagotables de esperanza, de ganas de comerse la vida a bocados.

Ese país que acabamos de bosquejar con unos brochazos insuficientes se sostiene sobre tres pilares fundamentales: la economía de servicios, las fábricas de coches y el turismo, que es nuestro petróleo. La productividad es baja, con una forma de trabajar donde se calienta mucho la silla y también se pierde mucho el tiempo. La enorme cifra de desempleo es ya endémica, debido a la economía sumergida y un corsé demasiado rígido (España supone el 8,5% del PIB de la UE, pero el 23,3% de sus parados).

En tecnología pintamos poco y en ciencia, nada (hace 63 años que no ganamos un Nobel en la materia y seguimos esperando, por ejemplo, la mil veces prometida «vacuna española» de la covid, que semeja ya una broma). La natalidad es tan baja que asusta y compromete el futuro. La deuda pública ha subido al 118,4% del PIB y el alocado ritmo de gasto de este Gobierno ha colocado las cuentas públicas al borde de la ruina, como descubriremos cuando caiga. La inflación casi dobla la de la vecina Francia, donde no hicieron ascos a las nucleares por un exceso de celo ecológico mal entendido. El Banco de España da voces de alarma que nadie escucha: hay 94.000 millones de créditos de familias y empresas al borde del impago.

Por si esos problemas no bastasen, el país está sufriendo la burramia de un Gobierno que un mundo híper competitivo fomenta que se arrumben el esfuerzo y la excelencia educativas. Un Gobierno con un presidente de instintos autocráticos, que está taponando las arterias institucionales que oxigenan una democracia sana. Un Gobierno populista de socialistas y comunistas, que opera como tal, con tres únicas recetas: fiscalidad confiscatoria, gasto sin límite para intentar comprar votos y una ingeniería social emponzoñada de rencor revisionista. Un Gobierno de España encamado además con quienes quieren finiquitar España, lo cual supone el supremo oxímoron.

Por último, reconozcámoslo, el país arrastra un problema moral profundo. La picaresca es omnipresente, desde la presidencia de la Federación de Fútbol a las grandes constructoras -conchabadas para repartirse las obras, según acaba de denunciar la CNMC-; desde unos sindicatos salpicados por la corrupción a las miserias de los partidos. Hasta el anterior jefe del Estado ha sido condenado por el Gobierno a una estrafalaria pena de destierro por su mal comportamiento personal. Pero aún así, España es mucha España...

¿Cuál es el estado de la nación? Pues tal vez el mejor diagnóstico sea el que ofrece la sabiduría callejera en el relajo de los bares y las terrazas de este julio de fuego: «Aquí seguimos. J…, pero contentos». Un país que va a salir vivo del sanchismo tiene que ser indestructible.

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