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24 de junio de 2024

Cosas que pasanAlfonso Ussía

Cansancio de pompis

El pueblo, la calle, la gente, ha interpretado como una indecente grosería que Meritxell Batet no recordara en pie al político asesinado por la ETA hace 25 años

Actualizada 11:21

El desfallecimiento cular, la aplasia del nalgatorio o cansancio de pompis, ha sido la causa que ha obligado a Meritxell Batet, que preside el Congreso de los Diputados, a permanecer sentada durante el minuto de silencio que improvisó –bien improvisado–, Cuca Gamarra durante el debate del estado de la nación en recuerdo de Miguel Ángel Blanco. La gente ha interpretado mal su gesto. Meritxell Batet fue bailarina en su juventud. Era como una alondra con la cresta rizada. No alcanzó el alarde y donaire de las grandes bailarinas, pero no desentonaba en el montón de las segundonas. En más de medio centenar de ocasiones formó parte de la bandada de cisnes blancos en El lago de los Cisnes de Piotr Illich Tchaikovski. Como toda obra de arte rusa, El lago de los Cisnes parece no tener fin. Asistí a una representación en el Teatro Marinsky de San Petersburgo, a cargo del Ballet del Bolchoi moscovita. Jamás he presenciado agonía más larga, dolorosa y prolongada que la del cisne negro, mientras los cisnes blancos danzan y mueven las alas a su alrededor. El esfuerzo que se exige durante tan interminable agonía a los músculos del glúteo es demoledor, más aún en la versión catalanista El llac dels cignes, donde hay que sumar a la ya agotadora aportación del culo, la melancólica interpretación del cisne catalán. Y Meritxell nunca ahorró esfuerzos, y hoy en día, en plena juventud madura, está pagando las consecuencias de sus extralimitados movimientos. La primera bailarina rusa, Natacha Nutkestova, se vio obligada a retirarse de los escenarios al sentir que los músculos del antifonario no respondían a los mandatos de su cerebro. Eso mismo le sucede a Meritxell. En determinados momentos, cuando lleva más de dos horas sentada en la presidencia del Congreso de los Diputados, se le atrofian los músculos de las posas o cachas, y no puede incorporarse.

La excesiva exigencia física de los bailarines y deportistas siempre termina por pasar factura. Se retiran y engordan con desmedida. Meritxell, no obstante, se mantiene aparentemente bien, con cinturilla avispera y el cuerpo ordenado en su distribución carnal. Se casó con el político montañés del PP, Lasalle, acomplejado y plomo, y ahora cohabita con el anterior ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, que a pesar de ser de Osuna –Sevilla– es casi tan antipático como su anterior esposo. Se dice en el mundo de la Judicatura que un día del mes de mayo de 2007, y se ignora el motivo, Juan Carlos Campo sonrió.

El pueblo, la calle, la gente, ha interpretado como una indecente grosería que Meritxell Batet no recordara en pie al político asesinado por la ETA hace 25 años, y por el resto de los inocentes –cercanos a los mil–, que fueron sacrificados por los socios que apoyan a Pedro Sánchez para seguir gobernando, y por ende, a Meritxell Batet. Creo que mi somera explicación e interpretación científica puede ayudar a aclarar su, en apariencia, incalificable postura. El desfallecimiento cular, la aplasia del nalgatorio o el cansancio de pompis, consecuencia de sus años de bailarina de El llac dels cignes. Porque, en efecto, de no ser por ese motivo de imposibilidad física, tendríamos sobrada razón para calificarla de indecente, grosera, inhumana y miserable.

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