06 de diciembre de 2022

El astrolabioBieito Rubido

Las aldeas Potemkin de Sánchez

Desde que llegó Sánchez al poder los españoles son más pobres, las arcas del Estado deben más que nunca y cada año se dilapidan más de 60.000 millones de euros en políticas improductivas

Catalina II la Grande de Rusia era engañada, y ella se dejaba, por el mariscal Gregorio Potemkin, que, aparte de ser su amante, era el responsable del gobierno de la nación. Cuando la reina salía a pasear fuera de Moscú o bien organizaba algún viaje por alguna zona concreta del país alejada de la capital, Potemkin levantaba verdaderos escenarios de cartón piedra, por los que deambulaban mujeres hermosas jóvenes, limpias y de apariencia feliz, junto a todo tipo de perfiles de compatriotas que parecían representar a un pueblo sano, contento y en progreso permanente. Al pasar Catalina, todos aquellos figurantes, semejantes a extras de una película moderna, delante de aquellos escenarios de atrezo, saludaban con entusiasmo a la soberana. Catalina era feliz. La realidad, sin embargo, era otra muy distinta: detrás de aquellos decorados se escondía la negra y trágica realidad del pueblo ruso: en medio de lodazal físico chapoteaba la pobreza, la miseria, el alcoholismo, el hambre, el frío y la enfermedad. Los rusos de detrás del escenario no podían gritarle a su reina y contarle la verdad. Sin embargo, en la España actual son muchos los ciudadanos que sobrellevan con considerable dificultad las estrecheces a las que este Gobierno los ha ido llevando. No se olviden de que desde que llegó Sánchez al poder –y son datos estadísticos y, por tanto, objetivos– los españoles son más pobres, las arcas del Estado deben más que nunca –y algún día habrá que pagarlo– y cada año se dilapidan más de 60.000 millones de euros en políticas improductivas, que salen del bolsillo de todos los ciudadanos. Por no hablar de la colección de calamidades de todo tipo que los españoles padecen desde que llegó Sánchez a la Moncloa. Por tanto, no es de extrañar que cada vez que pisa la calle, la indignación se eleve hasta sus oídos. Sus fontaneros, conocedores de este punto débil –la nula simpatía que posee entre la población de la calle– le están montando una especie de aldeas Potemkin para que no le silben, con atrezo y figurantes incluidos. Es lo mismo. Tanto a Catalina la Grande como a Pedro Sánchez, de nada le van a servir las imposturas y las simulaciones, el tiempo pone a cada uno en su sitio, y en democracia y en esta época, más y más rápido.
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