07 de febrero de 2023

HorizonteRamón Pérez-Maura

De la ultraizquierda y la utraderecha

Lo que más me ha gustado de la noticia de Alemania es que era lo último que cabía esperarse. Un intento de golpe de Estado en la UE. Un delito de sedición palmario en el que no ha llegado a haber violencia. Aguardo con un placer casi impuro la valoración del delito que hará la fiscalía y la pena que pedirá a los procesados

A principios de la década de 1970, don Demetrio Ramos Pérez, a la sazón catedrático de Historia de América en la Universidad de Valladolid y más tarde miembro de la Real Academia de la Historia, estaba haciendo una visita a Buenos Aires donde fue invitado a cenar en la embajada de España. Entre los comensales se encontró con Luis Calvo, ex director de ABC. En la conversación descubrieron que ambos iban a viajar de Buenos Aires a La Paz, Bolivia, aunque con un día de diferencia. Calvo intentó convencer a Ramos de que aguardara 24 horas para viajar juntos, pero el periodista no fue capaz de convencer al catedrático. Finalmente, el profesor Ramos hizo su vuelo solo y al pasar el control de pasaportes en La Paz fue retenido durante horas. Cuando le dijeron que había problemas, pidió hacer una llamada que le autorizaron. Logró contactar con el embajador de España quien consiguió liberar a Ramos. El embajador logró convencer a las autoridades de que, a pesar de que en el intento de golpe de Estado que había sufrido Bolivia la semana anterior, el coronel que lo comandaba se llamaba también Demetrio Ramos, este historiador español no tenía ninguna relación con el sublevado.
Ramos se fue a su hotel a recuperarse del mal de altura antes de ir a cenar invitado por el embajador. Cuando en la cena Ramos mencionó que había estado a punto de viajar desde Buenos Aires con Luis Calvo y que el periodista llegaba al día siguiente, el embajador se quedó lívido: no era posible. El otro coronel confabulado y mano derecha del coronel Ramos era el coronel Luis Calvo. «Si llegan a aterrizar juntos no los libera ni el Papa.»
En aquella época se producían varios golpes de estado al año en Bolivia. Lo suyo era un desgobierno absoluto. Y aunque los cambios de Gobierno no seguían los mismos procedimientos que en el Perú de hoy, tampoco había tantos como en este Perú que pasa por sus peores horas. El ya caído presidente Pedro Castillo ha tenido en un año, cuatro meses y medio, cinco primeros ministros. Y los cambios y relevos que esos jefes de Gobierno han hecho en sus gobiernos son de tal número que es casi imposible –en todo caso irrelevante– saber cuantas crisis de Gobierno –en el sentido literal– ha habido en el Perú en este tiempo. Lo que sí sé es que a este ultraizquierdista iletrado, conocido como «Sombrero Luminoso» hasta que se quitó el enorme cubrecabezas con el que juró la Constitución –así las cosas, ¿por qué iba a respetarla?– tiene al menos seis casos de corrupción política sobre la mesa por robar dinero público para sus familiares. Ni la nueva versión de la malversación que vamos a padecer en España lo libraría de ser procesado. Y a estas horas solo se le persigue por intentar dar un golpe de Estado, la malversación no está en el pliego de cargos. Juraría que ni el PSOE ni Unidas Podemos han elevado su voz en denuncia del corrupto caído en Perú. Ni siquiera Juan Carlos Monedero que visitó a la hoy nueva presidenta, Dina Boluarte, el 28 de julio de 2021. Ese día ella puso en su cuenta de Twitter una foto de ambos y el siguiente texto: «Ha sido gratificante la visita de Juan Carlos Monedero, fundador de Podemos España. Hemos conversado sobre lo que nuestras organizaciones pueden alcanzar y el futuro del Perú en la escena internacional. ¡Bienvenido!». Es decir, veremos qué cambia en Perú.
Más desparramada ha estado la facción podemita del Gobierno español con la condena de Cristina Kirchner. ¡Cárcel e inhabilitación perpetua por corrupción masiva! Absolutamente intolerable. Hasta tres miembros del Gobierno español han declarado su respaldo sin matices a la condenada por corrupción y han denunciado verbalmente a la justicia por sentenciar cosas así. A ELLA no se le puede tocar. Nadie.
Los medios oficialistas han prestado una atención matizada a estas dos historias que se han desarrollado a lo largo de los últimos días. Porque han tenido la suerte de que les ha surgido otro caso internacional que puede distraer la atención. La detención en Alemania de unos 25 golpistas que pretendían asaltar violentamente el Parlamento y tomar el poder por la fuerza. Golpistas automáticamente calificados de «ultraderecha». De la ideología del grupo llamado Reichsburger solo sabemos que no reconocen a la República Federal de Alemania, ni su sistema jurídico o instituciones al considerar que Alemania sigue gobernada por las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial. Es decir, casi lo mismo que la comunista Unión Soviética hasta 1990. No hará falta aclarar que quienes sostienen esto solo pueden ser una panda de lunáticos y si pretendían asaltar el Reichstag, comprendo bien que hayan sido detenidos. Pero estas ideas básicas no son ni de ultraderecha ni de ultraizquierda. Son simplemente golpistas. Y también hay golpistas de izquierda, créanme.
Lo que más me ha gustado de la noticia de Alemania es que era lo último que cabía esperarse. Un intento de golpe de Estado en el país más importante de la UE. Un delito de sedición palmario en el que no ha llegado a haber violencia. Aguardo con un placer casi impuro la valoración del delito que hará la fiscalía y la pena que pedirá a los procesados. A ver cuál es la igualación del delito de sedición entre España y Alemania de la que nos hablaba Sánchez con un par. Me muerdo las uñas por la ansiedad.
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