30 de enero de 2023

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

El mito de la gloriosa diversidad

Se equivoca Sánchez, una vez más: una nación uniforme es más robusta y eficaz que un popurrí de taifas (y más con algunas obsesionadas con romper)

De Juneau, capital del helado estado de Alaska, a Tallahassee, capital de Florida, hay 6.413 kilómetros (al volante se necesitarían 69 horas y en avión requiere más de diez). Juneau, con un clima oceánico subpolar, presenta una temperatura en invierno de -5 grados y una máxima de 18 en verano. Allí no te apeas del jersey y casi nunca del plumas. En cambio en Tallahassee, de clima subtropical, puedes abonarte a la camisa de palmeras: la temperatura promedio de mayo a septiembre es de 30 grados. Juneau en realidad está más cerca de territorio ruso que de Washington (1.900 kilómetros cruzando el estrecho de Bering). Y Tallahassee mucho más cerca de Cuba que de Alaska.
A tenor de tales datos geográficos, nada más diferente que un ciudadano de Alaska y otro de Florida. Sin embargo, no es así. Comparten idioma (el inglés), una cultura y una identificación con una nación (Estados Unidos). En el instituto les han enseñado a todos la historia de los padres fundadores, muchas veces incluso embellecida, y la importancia del aparato institucional que sustenta la democracia americana. Se honran de formar parte de la que todavía es la primera potencia. La bandera del país ondea en muchísimas casas, patios y jardines particulares. Siguen a comunicadores, artistas, deportes y programas de ocio comunes. Comen parecido y todos compran en el imperio Walmart. Comparten un debate político, aunque cada vez más enrarecido por la polarización cainita. También los une la importancia de la fe religiosa. Es decir: a pesar de que a efectos administrativos se trata de un Estado federal, conforman una auténtica nación, la misma que maravilló a Tocqueville. Si en lugar de haber fomentado unos valores, unas leyes y una cultura nacionales se hubiese primado el micronacionalismo y la inmersión lingüística en dialectos locales, hoy nada tendrían que ver un vecino de la fría y dura Alaska y otro de la risueña Florida. Por supuesto si en vez de haber armado una gran unión se hubiese optado por varias naciones diferentes, la fuerza del país nunca habría sido igual.
El sábado se celebró en Madrid una enorme manifestación contra los tics anticonstitucionales y antidemocráticos de Sánchez (perfectamente ninguneada por la televisión pública española que nos obligan a sostener con nuestros impuestos). Para desdeñar la protesta, el reproche que se le ocurrió a Sánchez fue acusar a los manifestantes de tener una visión «uniforme» de España, y por lo tanto, «excluyente».
La acusación es interesante, pues entronca con un tópico que ha cuajado en la democracia española, salmodiado por todos los presidentes y hasta por el Rey anterior y el actual. Es la idea de que la diversidad constituye un gran bien para España. Discrepo. La exaltación exacerbada de esas diferencias es precisamente lo que ha generado nuestro mayor problema, el separatismo, que amenaza la existencia del propio país tal y como ahora lo entendemos.
Las naciones que mejor funcionan son las que comparten una homogeneidad interior y un respeto sólido a un tronco cultural y jurídico. La gloriosa diversidad ha tumbado imperios (el Austrohúngaro supone un caso paradigmático) y ha deshecho como azucarillos países que parecían viables (así acabó Yugoslavia). Reino Unido es la fusión de cuatro naciones, sí, pero el idioma, la cultura que llamamos «británica», el imperio de la ley y la Corona han constituido un pegamento muy fuerte (y cuando se ha debilitado todo eso ha empezado el dolor de cabeza independentista). Suiza se divide en cantones y cuenta con cuatro idiomas oficiales, cierto, pero su forma de civilización y sus leyes saben a lo mismo, como en Alemania con sus lander.
La segunda conclusión de Sánchez, la de tachar de «excluyentes» a quienes defienden la Constitución y la unidad de España, forma parte de su jerga orwelliana. Lo verdaderamente excluyente es fomentar hasta lo histérico, y en nombre de no se sabe qué pruritos de superioridad identitaria, que una persona de Tarragona ya no puede convivir con otra de Teruel, ni una de Vitoria con otra de Burgos. Deben romper su sociedad de siglos cuando en realidad se parecen como gotas de agua.
Parece que nuestro Peter no ha entendido nada. Quizá haya que montarle pronto otra manifestación didáctica.
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