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01 de marzo de 2024

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

A ver qué hacemos sin Tito Garzón

En un futuro no lejano nos asombraremos de que hubo un tiempo en que tuvimos ministros de esta categoría

Actualizada 21:50

Una honda preocupación recorre España. En tascas, metros, clubes de jubilados y charletas de máquina de café no se habla de otra cosa. Impera un sentimiento de aprensión, de temor sobre el futuro del país, pues súbitamente se ha vuelto más incierto y sombrío. Hay incluso personas a las que ya les cuesta conciliar el sueño. Y es que la noticia resulta estremecedora: el ministro Alberto Garzón, de 37 años y con nómina en el Congreso desde los 26 tacos, abandona la primera línea de la política y anuncia que no se presentará a las generales del 23 de julio. Sudor frío. Pánico.
Se trata de una pérdida irreparable, porque estamos ante el segundo ministro más vago de nuestra historia. El líder en el «gandulómetro», instrumento que mide la pereza de nuestros próceres, es el imbatible Pablo Manuel Iglesias Turrión. Siendo vicepresidente del Gobierno competía con el ficus de su despacho por ver quién lograba desarrollar menor actividad. Normalmente ganaba de tacón Pablo Manuel. Pero Tito Garzón, que hasta que llegó al Gobierno era «el político español más valorado» según el CIS, no le va a la zaga.
Los acuerdos con Podemos obligaron a meterlo en el Ejecutivo por ser el líder de Izquierda Unida. Así que Mi Persona se inventó para él un artificial Ministerio de Consumo, dando rango ministerial a lo que nunca debería haber pasado de subsecretaría de Estado. Tito Garzón entendió el mensaje –«esto es un spa de la leche»– y se ha pasado tres años abanicándose. De su paso por el Gobierno solo se recuerdan sus chuminadillas, polémicas como su ataque tontolaba al sector cárnico español, que mereció la reconvención del mismísimo Gran Timonel, sus críticas a nuestras verduras o sus menús pijos para todas y todos.
En septiembre de 2020, siendo ya ministro, Garzón acusó al Rey de «maniobrar contra el Gobierno democráticamente elegido incumpliendo la Constitución». Es decir, vino a tachar de golpista al jefe del Estado. En un país normal habría sido cesado al instante por incumplir sus deberes constitucionales de miembro del Gobierno. Pero aquí... ahí sigue, merced al presidente más débil de nuestra democracia.
Tito Garzón encarnaba el clásico hábito de los comunistas de recetar miseria a los demás mientras ellos se pegan una vida muelle. «El único país cuyo modelo de consumo es sostenible y tiene desarrollo humano es… Cuba», tuiteaba esta luminaria poco antes de nombrado ministro. En efecto: el hambre es muy sostenible, si no consumes no manchas. Alberto Garzón admira las dictaduras bolivariana y castrista. Sin embargo, cuando le tocó casarse montó un show capitalista en un gran restaurante riojano, con cubierto de 300 euros por cabeza, orquesta y cantante VIP. Luego vino la luna de miel. ¿A dónde se fue tan probo comunista? ¿A Orcasitas? No exactamente: gira a todo trapo por Nueva Zelanda.
En resumen: gandulería, incompetencia y cantamañanismo aplicado. Garzón simboliza a una camada de políticos sin pasado ni futuro, que insólitamente han okupado el Gobierno de España varios años. Si el día 23 de julio concluye el sanchismo, llegará un día en que miraremos por el retrovisor y nos restregaremos los ojos asombrados al recordar que hubo un tiempo en que nos gobernaron Ione, Pam, Irene, Pablo Manuel, Tito Garzón y un ministro de Universidades partidario de la autodeterminación de Cataluña y que votó en el referéndum golpista del 1-O.
No pudimos caer más bajo. Esperemos que la fecha-trampa del 23 de julio no se convierta en la última emboscada de nuestro Querido Líder y que podamos pasar a vivir unos tiempos menos interesantes.
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