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18 de abril de 2024

El observadorFlorentino Portero

La paz que se nos va

Sólo mediante la acción se puede preservar la paz, garantía de nuestra libertad. Nadie nos la va a regalar y, desde luego, los norteamericanos están cansados de gastar dinero y exponer la vida de sus tropas por nosotros

Actualizada 01:30

Me preguntan si la guerra de Ucrania se puede extender, dando paso a un conflicto nuclear con Rusia. Me preguntan si China va a invadir Taiwán en breve, o si esperará a hacerlo más adelante. Agradezco la confianza por pensar que puedo resolver estas dudas y dejo constancia de que mi capacidad adivinatoria tiene poco recorrido. Lo importante es lo que estas preguntas dejan entrever, la cada día más generalizada sensación de que la paz no está garantizada, que el sistema internacional que nos aseguró un largo y provechoso período de estabilidad es ya una reliquia recogida en los anaqueles de la historia.
La paz es sólo la ausencia de guerra. No es una situación normal, sino el resultado de nuestro esfuerzo, de la conjunción entre voluntad e inteligencia. La paz que hemos disfrutado durante décadas, salpicada sin duda de crisis locales, era el resultado de la adopción de medidas concretas ante circunstancias específicas. Hoy estamos ya en otro tiempo histórico, con circunstancias, retos, riesgos y amenazas distintas. Los remedios de antaño ya no sirven, aunque las instituciones, acuerdos, acervos… son unos activos que pueden cumplir un papel muy positivo si somos capaces de adaptarlos a las nuevas exigencias.
¿Qué es la guerra en el siglo XXI? A los clásicos dominio de Tierra, Mar y Aire se han sumado en un tiempo brevísimo tres más, el Espacio, el entorno Ciber y el Cognitivo. Los norteamericanos temen que Rusia esté en condiciones de destruir sus satélites, provocando un desastre social y económico. Día a día sufrimos ataques sobre nuestras infraestructuras cibernéticas, dirigidos por estados, grupos paraestatales o mafias, contra entes públicos y privados con el fin de saber, robar, destrozar o espiar. Nos estamos acostumbrando a que algunos estados intervengan en los asuntos públicos de otros. Lo hemos visto en Cataluña durante el intento de golpe de Estado y en Estados Unidos en las dos últimas elecciones presidenciales. Ha habido muchos más casos y habrá muchos más. A través de cualquier medio de comunicación conocido, ciertos estados tratan de conformar la opinión pública de otros de acuerdo con sus intereses… y en el futuro esta tendencia irá a más. ¿Estamos en guerra con Rusia por su actuación en Cataluña? ¿Lo está EE.UU. con Rusia por apoyar a Trump o con China por hacerlo en pro de Biden?
La guerra con principio y fin, con declaración y armisticio, convive en nuestro tiempo con el conflicto permanente, sin principio ni fin, un pulso que evita el enfrentamiento clásico y trata de limitar la influencia ajena en beneficio de la propia. Rusia es la excepción porque vive en otra dimensión espacio-temporal.
Aun así la violencia está a la vuelta de la esquina, porque hay actores que la buscan, que confían en sacar provecho de su ejercicio. En muchas ocasiones es posible evitarla, en otros no. En cualquier caso, sólo mediante la acción se puede preservar la paz, garantía de nuestra libertad. Nadie nos la va a regalar y, desde luego, los norteamericanos están cansados de gastar dinero y exponer la vida de sus tropas por nosotros. El uso y abuso del paraguas de seguridad estadounidense es también cosa del pasado.
Si seguimos haciendo el idiota nos encontraremos frente a Rusia. Cada vez que cedemos, que miramos hacia otro lado, Moscú recibe el mensaje de que puede seguir adelante en su metafísico empeño de reconstruir la Rusia de Nicolás II. Voces «sensatas» en toda Europa aconsejan negociar, dividir Ucrania y llegar a un entendimiento final con Putin. Sólo un equilibrado cocktail de cobardía e ignorancia puede cegarnos hasta el punto de pensar que esa política podría funcionar. Ni somos quién para decidir cuáles son las fronteras de Ucrania, estado soberano, ni Putin se daría por satisfecho. Bien al contrario, una vez más estaríamos animándole a nuevas aventuras.
No estaría de más que grabáramos en nuestra memoria la frase con la que Churchill recibió a Chamberlain a su vuelta de Munich, tras la «sensata» entrega de los Sudetes checos. «Pudo optar entre el deshonor y la guerra, optó por el deshonor, tendrá la guerra».
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