La venganza de Pablo Iglesias
El futuro de Sánchez está en sus manos, y le tiene muchas ganas
El día que nos deje Yolanda Díaz, la vamos a añorar. Nadie nos ha divertido tanto como ella, que se cree Margarita Nelken pero habla y actúa como una aspirante a Miss Universo cuando le preguntan por la paz en el mundo y responde que la desea con todo su páncreas.
A Díaz la hemos visto esta semana hablando de su amigo Francisco, que era muy seguidor de la vicepresidenta según su propio testimonio, soltado ahí por todo lo alto con la falta de discreción que suele preludiar una trola sin posible réplica por razones obvias.
Y también la hemos visto derrotando a Israel y doblegando a Pedro Sánchez, con su épica intervención para frenar la compra de quince millones de balas a los malvados judíos, aunque sea a costa de dejar a la Guardia Civil con pistolas de agua.
También la veremos esta semana presumiendo de haber reducido la jornada laboral, con sus superpoderes sociales, capaces de doblegar al empresario negrero típico español, ése que disimula su verdadera esencia cobrando menos que sus tres empleados en un tallercito asfixiado a impuestos que, en realidad, es el disfraz del capitalismo salvaje que solo ella detecta con su visión arácnida.
Con todo eso, y mucho más, la Yoli de España va a intentar invertir los injustos pronósticos electorales, que le dan las mismas opciones de seguir de vicepresidenta que a mí de ser convocado por la selección brasileña de vóley playa femenino.
Porque de eso va todo lo que hace Díaz, un invento de Sánchez para tener un socio más obediente que Podemos, al que ahora insufla oxígeno para intentar que le siga dando la cobertura suficiente para que, en compañía de todos los partidos separatistas de España, le den la mayoría artificial que le deniegan las urnas.
Y de acabar con ella también va todo el revuelo en la izquierda a la izquierda de la izquierda, a la que nunca le importaron los 40 contratos armamentísticos con Israel, por importe superior a los mil millones de euros, hasta que vio en uno menor la oportunidad de dirimir la única batalla que le interesa: la de quedarse con los restos electorales de Sumar.
Estamos viendo en directo la venganza de Pablo Iglesias desde su taberna antifascista, con toda la lógica: él puso a dedo a Yolanda y Yolanda le apuñaló. Y él hizo presidente a Sánchez y Sánchez le remató. La lógica imponía la defunción de Podemos, pero su habilidad para sobrevivir es tan incuestionable como la de Sánchez para gobernar a cualquier precio, en términos resultadistas y con los principios enterrados en alguna catacumba moral.
El olor a descomposición del Gobierno, que siempre fue una alianza mafiosa y ahora es además un cadáver indigno, le ofrece a los marqueses de Galapagar la excusa perfecta para culminar su vendetta, pero ha de parecer un accidente para que no les acusen demasiado de entregar el poder a la derechona.
Y ese pretexto es el «genocidio de Gaza», la falacia con la que describen el infierno en Oriente, durísimo sin duda, pero alejado de una categoría especial que debe ser manejada con el tacto que les falta siempre a los amantes de la brocha gorda. Y mañana será otro y pasado otro más, hasta llevar a Sánchez al precipicio del bloqueo, colapsado antes por la exhibición impúdica de todos los chantajes públicos del nacionalpopulismo que le regaló el trono.
Quién nos iba a decir que, tras tragarnos la insólita indecencia de ver cómo un prófugo, un terrorista y un golpista elegían presidente en España, quienes tienen el botón nuclear para hacerlo desaparecer son el dueño de un bar y su esposa: solo les falta, amigos, amigas y amigues, que las encuestas les sean un poco más benévolas y todo habrá acabado, si no se dan más prisa los jueces.