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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

¡Amorós a la RAE!

¿Por qué no son académicos de la lengua eminencias de la palabra como él o Gabriel Albiac? Muy fácil, porque no entonan el credo político obligatorio

Act. 31 may. 2025 - 16:18

Igual peco de romántico, o de sentimentaloide, pero creo que trabajar en un periódico supone un raro privilegio. Siempre aprendes algo y resulta entretenido. La información muta, jamás cesa de sorprender. Además, hay compañeros que saben mucho de sus materias y es un privilegio escucharlos. De propina, por una buena redacción pasan un montón de personas interesantes (sin ir más lejos, este jueves vi circular por El Debate a Espinosa de los Monteros, Mariano Rajoy, el fiscalista De la Torre, exdiputado de Cs, y el escritor y columnista Fermín Bocos).

Algunas veces se dejan caer también por el periódico algunas eminencias que escriben en la cabecera, como Andrés Amorós Guardiola, el sobresaliente crítico taurino (que es en realidad mucho más que eso).

En uno de los periódicos en que trabajé nos tocó soportar a un oficinista con mando sobre la Redacción que era alérgico a los columnistas veteranos. A su juicio se trataba de carcamales obsoletos, que debían ser sustituidos de inmediato por articulistas «jóvenes» (categoría que iba extendiéndose según el susodicho iba cumpliendo años, hasta el extremo de que al final la juventud llegaba ya a la cincuentena). Esas pataletas adanistas son una bobería. Un septuagenario u octogenario en plena lucidez –y hoy son mayoría– constituye un tesoro de vivencias y conocimientos, frente al que la mayoría de los columnistas neófitos se quedan en envases vacíos.

Te pones a hablar con Amorós –es decir, a escucharle–, y entras en otro mundo. Disfrutas del anecdotario inabarcable de un hombre que conoció a Cortázar, Orson Welles, Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez, Hemingway, Lauren Bacall, Rostropóvich, Américo Castro, que fue uno de sus maestros… A sus 84 años, Andrés conserva intacta su memoria, y lo que es todavía más difícil: la amenidad y la sonriente ilusión con que cuenta las cosas.

Escucho siempre embobado las historias de Amorós, que ha ganado dos premios nacionales, el de Ensayo y el de Crítica, es catedrático de Literatura (en la universidad me tuve que empollar un manual suyo), ha escrito 190 libros, ha dirigido la Compañía Nacional de Teatro Clásico y el Instituto Nacional de Artes Escénicas. Es un erudito en música y cine. Sabe… ¡hasta de fútbol!, aunque ese tal vez sea el más básico de los saberes. Como guinda, se trata del mejor crítico taurino en activo (entre otros detalles, porque tiene la imperdonable costumbre de escribir la verdad).

Los ingleses emplean la hermosa expresión de «tesoro nacional» para referirse a figuras descollantes de la cultura, las artes y el espectáculo; personas que suponen un orgullo para su país. Por supuesto son distinguidos con honores regios y venerados por sus conciudadanos, o al menos por los de la capa más ilustrada de la sociedad. Otro tanto ocurre en Francia.

¿Y aquí? Resulta lamentable que una persona que ha aportado y aporta tanto a la cultura –a la alta y a la popular– como Andrés Amorós no haya logrado un sillón en la Real Academia Española, donde se sienta algún trepa y algún que otro personaje menor. Ahora mismo existe allí una vacante. Pero no hay sitio en la docta casa para este tesoro nacional. Tampoco para otros dos compañeros que dan lustre a este periódico y que han hecho, cada uno a su modo, maravillas con la palabra: Gabriel Albiac, nuestro más importante filósofo vivo, y Alfonso Ussía, el columnista más leído de España, que cada mañana nos alegra el día.

¿Y cómo no se les pasa por la cabeza en la RAE contar con estos buques insignia de la cultura española? Pues es bien sencillo: han cometido el error imperdonable de no circular por el carril del correcto credo. No tocan la música «progresista» que hoy te abre las puertas. La libertad tiene estos peajes. Aunque nadie les podrá sisar su talento y el aplauso.

De cualquier modo, y por si sirve de algo: ¡Amorós a la RAE! Súmense a la campaña.

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