Yolanda, Ione y Rufián, Los Panchos
Las aventuras y desventuras de la extrema izquierda son como esos combos que cambian muchas veces para tocar siempre la misma vieja melodía
Al borde de la adolescencia me empezaba a picar la curiosidad por los Beatles y los Rolling Stones. Pero la música para la familia la ponía –o imponía– mi padre. Le gustaban Tom Jones, Aznavour, Andrés Dobarro, Peret, Los Tamara, las pachangas de moda del pop español del momento y, por supuesto, Los Panchos. Cuando nos subíamos al Citroën Tiburón familiar –largo, negro y un poco funerario–, él sacaba un casete en forma de cartucho y comenzaba la inevitable sesión de boleros mexicanos, algunas de cuyas letras todavía me sé de memoria, como la de El Vagabundo.
Viajando en una ocasión a bordo del famoso Tiburón, mi padre atropelló a un cerdo llegando a Corcubión, de lo cual era perfectamente inocente, pues fue el difunto guarro quien irrumpió en la vía adoquinada con imprudencia temeraria. Sin embargo, los propietarios reaccionaron con un iracundo duelo de tragedia griega, como si hubiésemos liquidado al más querido de sus familiares. Allí aprendí de primera mano que el venerado cocho es en Galicia el auténtico mejor amigo del hombre.
Los Panchos nacieron en Nueva York en 1944, como un trío donde todos cantaban y sonaban dos guitarras y un requinto. Lo formaban dos mexicanos, Chucho Navarro y Alfredo Gil, y un puertorriqueño, Hernando Avilés. Tuvieron un éxito inmenso. Durante décadas vendieron millones de discos en Hispanoamérica y España y hasta rodaron películas.
La banda sigue en activo ochenta años después, aunque sus fundadores murieron a comienzos de los noventa. Las sucesivas defunciones y relevos de músicos provocaron que el trío se reencarnase en diferentes formaciones, hasta llegar al extremo de que se acabó declarando la llamada «guerra de Los Panchos», pues circulaban a la vez varios combos que así se hacían llamar.
Había muchos Panchos. Pero al final todos tocaban la misma vieja melodía. Lo mismo ocurre en la guerra eterna de siglas de la extrema izquierda. Una sopa de letras que siempre acaba provocando la misma indigestión política. Su último intento de reunirse para la batalla final y el enésimo «asalto a los cielos» daría para una telecomedia de humor descabellado (Sarah Jessica Parker podría hacer de Yolanda y Pepe Viyuela, del enfurruñado Baldoví).
Los mismos que formaban Sumar anuncian ahora con tono trascedente una gran novedad, una flamante coalición de frente amplio, una marca rompedora… que componen exactamente los mismos chupópteros cabreados de siempre que ya integraban Sumar.
De propina, aparece ahora revoloteando Rufián, con sus carrillos colorados de bon vivant de restaurantes capitalinos de facazo, sus trajes entallados a lo cantante de la París de Noia y sus posados perdonavidas. Temeroso de que Junqueras lo retire de su adorado Madrid y se lo lleve castigado a Cataluña, Rufi amaga con que quiere travestirse de Yoli y ponerse al frente de la tienda de la extrema izquierda populista y populachera. Con lo cual acredita que desconoce la sabia máxima socrática de «conócete a ti mismo»: ¿Qué español de fuera de Cataluña que esté en sus cabales va a votar a un tipo con aire de chulo de disco poligonera que proclama que quiere romper España?
Como telón de fondo se mantienen expectantes los hacendados de Galapagar y su pegote, Ione, que ahora para parecer más moderna se ha puesto un hierro en la nariz, con desigual éxito. Algo tienen que hacer, pues si Podemos se va al garete –como ya ha ocurrido en Aragón– y no se incorporan a alguna nueva marca, Irene puede acabar con Iglesias Turrión sirviendo tapas en la tasca Garibaldi, e Ione, de tertuliana en programas de serie B (que en realidad es su techo de cristal).
En paralelo está Izquierda Unida, que es el jurásico Partido Comunista de toda la vida, y las taifas de las izquierdas nacionalistas que solo se miran el ombligo. También los restos de Colau y su gente, si es que tras invadir Gaza no andan embarcados en una nueva flotilla para salvar Groenlandia; y Más Madrid, con Errejón caído en el frente amatorio y Mónica desbarrando desde el Gobierno… Y por supuesto, la gran viceboutique, que en junio de 2024 anunció solemne su dimisión como líder de Sumar y sigue siendo exactamente… la líder de Sumar. Una Yoli que nos dice muy, pero que muy seriecita, que «esto no va de nombres», pero que para trepar y llegar al coche oficial ha apuñalado a todo aquel al que ha sobado con sus abrazos y sus sonrisas fraterno-pelotilleras.
Una versión pop y cómica, pero todavía muy nociva, de una de las mayores pestes ideológicas que ha tenido que soportar la humanidad: el comunismo, que por supuesto jamás se recetarán a sí mismos.