Los temas de los que no hablamos (III)
Puede que seamos la primera generación desde la posguerra que ya no puede afirmar, con seguridad, que vivirá mejor que sus padres
Continúo con esta serie veraniega sobre algunos temas que, si bien no suelen ocupar portadas ni telediarios, van a tener un gran impacto en nuestra vida futura. El primer artículo fue sobre el colapso demográfico. El segundo, sobre la disrupción acelerada de la inteligencia artificial. Hoy toca hablar sobre la fractura de nuestro sistema de bienestar.
Durante buena parte del último siglo, nuestro modelo de desarrollo se ha levantado sobre dos pilares. El primero: una economía relativamente libre y dinámica que permitía a cada cual perseguir su propio proyecto de vida, impulsado por su trabajo, su talento, su creatividad y su capacidad de arriesgar. Todo ello, con la expectativa razonable de poder prosperar, ascender, mejorar su nivel de vida y el de su familia. Ése era el trato: te esfuerzas, creas valor y prosperas. El ascensor social funcionaba. Quizá lento, pero funcionaba.
El segundo pilar era un Estado protector, un Estado del Bienestar que garantizaba ciertos servicios básicos considerados esenciales (pensiones, sanidad, educación y asistencia social). La idea era otorgar una red de protección a los ciudadanos para que todos pudiesen mantener una vida digna, más allá de sus circunstancias personales.
Sobre estos dos pilares (oportunidad y protección; ascensor que sube y red que amortigua) se construyó, desde la posguerra, esa promesa implícita en Occidente y en España de que cada generación viviría mejor que la anterior. Nosotros mejor que nuestros padres; nuestros padres, mejor que nuestros abuelos; y así, supuestamente, en adelante.
Con todos sus defectos – que son muchos – este sistema ha funcionado razonablemente bien… hasta ahora. Ahora, estos pilares se están resquebrajando. Crujen. Nuestra renta per cápita lleva dos décadas estancada. Puede que seamos la primera generación desde la posguerra que ya no puede afirmar, con seguridad, que vivirá mejor que sus padres.
La máquina que generaba oportunidades, esa economía (semi) libre, falla: jóvenes que trabajan y no pueden emanciparse; vivienda cada vez más cara e inaccesible; profesionales que aplazan tener hijos porque no salen las cuentas; talento que se marcha al extranjero porque aquí no compensa. La sensación entre las nuevas generaciones es que hoy es más difícil salir adelante que hace unos años.
El Estado del Bienestar también se rompe, por dos motivos principales: porque no se puede financiar y porque rinde por debajo de lo que promete. Si la economía no tira y la pirámide demográfica se estrecha, las cuentas no salen; las pensiones van directas a la quiebra y sanidad y educación se vuelven cada año más difíciles de sostener. En cuanto a su rendimiento, en educación gastamos miles de millones y el nivel cultural del español medio deja mucho que desear. En sanidad, los profesionales son buenos pero el nivel de servicio y las listas de espera se eternizan según la comunidad. Las ayudas sociales se disparan sin resultados tangibles en la mejora de la calidad de vida. Y así con cualquier servicio que ofrece el Estado.
Los dos problemas se retroalimentan entre sí. Como la economía no crece, no podemos pagar el Estado del Bienestar. Para financiarlo, freímos a impuestos a quienes producen y nos endeudamos sin límite (nuestra deuda pública ya está por encima del 100 por cien del PIB). Impuestos y sobreendeudamiento; magnífico cóctel con el que seguir ahogando la inversión, el empleo, la productividad y la creación de riqueza…. Y vuelta a empezar.
Lo más grave es que la salida que se propone es más de lo mismo: una economía que no crece porque cada año es menos libre y, como remedio, los políticos se dedican a freír aún más al que produce: más trabas, más tasas, más permisos, más problemas para innovar y crear. ¿Falta vivienda? Más regulación, tope de alquiler y laberinto urbanístico en vez de más suelo, más construcción y seguridad jurídica. ¿Desempleo crónico? Contratar más difícil y despedir más caro en vez de facilitar la entrada, la formación y la flexibilidad. ¿Empresas pequeñas que no despegan? Burocracia infinita y cambios normativos constantes. Repetimos las causas y esperamos efectos distintos. Así no se arregla nada. Así se perpetúa la quiebra.
No estamos condenados a seguir por esta senda. Hay manera de reconducir el sistema, reconstruir los dos pilares y volver a hacer real la promesa de prosperar generación tras generación. La clave es apostar decididamente por el primero de esos pilares: una revolución económica, fiscal y productiva que desate todo el potencial del país. España puede ser un cohete económico. Lo tenemos todo - talento, capacidades, actitud - pero falta un marco que libere ese potencial en vez de ahogarlo. Eso significa poner la libertad, la innovación y el mérito en el centro del sistema, devolver recursos a familias y emprendedores, incentivar la iniciativa privada y, al mismo tiempo, colocar al Estado en su sitio: árbitro que fija reglas claras y estables, garantiza seguridad jurídica y presta servicios elementales, no un Gran Hermano omnipresente que lo hace todo, lo regula todo, lo ocupa todo… y lo asfixia todo.
Si hacemos eso, el segundo pilar volverá a ser sostenible. Con una economía que crece y genera riqueza, habrá recursos para mantener esa red de protección para quien de verdad lo necesita. Esto implica volver a centrar este sistema de bienestar en su misión original de proteger al vulnerable, no en expandirse sin límites ni sustituir la responsabilidad de todos. Necesitamos un Estado del Bienestar reformado, magro y eficiente, sin grasa ni clientelas, evaluado por resultados y centrado en las cosas realmente necesarias.
O estatismo y decadencia, o libertad y prosperidad. Podemos revivir esa promesa de dejar a nuestros hijos una España de más oportunidad y bienestar, pero solo si somos lo suficientemente valientes para corregir el rumbo.