Rumbo a la guerra
Si este Gobierno nació técnicamente muerto, ahora ha entrado en fase de acelerada descomposición. El posicionamiento de los grupos que lo componen ante la flotilla con destino a Gaza ha acabado por desnudar todas sus fallas
Un Gobierno no puede ejercer como tal si es incapaz de que el Parlamento le apruebe un presupuesto. Pero, más mal que bien, ha logrado capear la coyuntura gracias a una recaudación extraordinaria fruto en gran parte de la inflación, al maná de unos fondos europeos que enmascaran la precariedad microeconómica y a las argucias contables amparadas por los reales decretos que aprobaron con nocturnidad y alevosía cuando nos mantenían ilegalmente confinados. Con los Next Generation en remisión y los precios contenidos, aflorarán las carencias, debilidades y excesos que acabarán por darles la puntilla.
Los funcionarios del Estado tumban sin contemplaciones los argumentos de la defensa de la esposa del presidente, viven en un sinvivir a la espera de los informes de la UCO o los autos de un juez, no toman decisiones porque saben que no pasarán la votación del Congreso y las que adoptaron en el pasado dejan en evidencia su inanidad –véase el caso de las pulseras antimaltrato–. Si este Gobierno nació técnicamente muerto, ahora ha entrado en fase de acelerada descomposición. El posicionamiento de los dos grupos que lo componen ante la flotilla con destino a Gaza ha acabado por desnudar todas sus fallas.
Pedro Sánchez ha dado alas a Sumar con su declaración pública contra Israel y el envío de un barco de guerra a la zaga y, cuando se ha colgado de la propuesta de alto el fuego de Donald Trump para escapar de la inanidad internacional, se ha dejado a medio Consejo de Ministros en el agujero. El cajón de sastre que armó Yolanda para orillar a Pablo Iglesias, que se ha revelado por fin como lo que era, el ejército de Pancho Villa sin nadie al mando, no puede dar marcha atrás. Está disputando a Podemos la bandera del «No a la guerra». Uno de los dos quedará fuera de las instituciones tras los próximos comicios. Es una pelea a vida o muerte. No la de los palestinos, sino la suya.
Ahora le exigen al presidente que respalde a las Colaus y Gretas que navegan bajo el sol y acariciadas por la brisa mediterránea al son de las guitarras rumbo a la las costas de Gaza. Hasta las últimas consecuencias, exigen. Paradojas de la vida o de esta ultraizquierda oportunista de la que Sánchez ha colgado al PSOE, se declaran pacifistas y quieren empujar a España a un riesgo cierto de conflicto armado. Afortunadamente, se rasgarán las vestiduras y gritarán como plañideras, pero no irán mucho más lejos de donde ya han llegado. Tampoco puede respaldarlas la Moncloa. Acusarán a Netanyahu y explotarán su papel de víctimas esperando a que caigan los réditos de la excursión. Y a seguir viviendo del cuento. Si pueden, porque su margen de maniobra se estrecha. Allá ellos con las consecuencias.
Su hazaña, sin embargo, tiene un precio que acabaremos pagando. Y será más caro si, como avanzan Francia y Alemania, vienen mal dadas. Las alianzas geoestratégicas se redefinen y el Estado del bienestar se agota. Europa busca su lugar en el nuevo mundo y el crédito de España, salvo entre las dictaduras comunistas y populistas amigas de Zapatero, se ha agotado.