Por favor, Pedro, no te sacrifiques tanto
A todos nos conmueve tu enorme esfuerzo –«son las cinco y no he comido», «no he podido dormir»– pero si te ves muy fatigado aceptaremos que lo dejes
Confieso que ayer pasé una mala mañana, a pesar de que el día empezó muy bien. Alegraba Madrid un cielo límpido, de un azul de anuncio televisivo. La temperatura era equiparable a la de la más deliciosa primavera. Caminando hacia el trabajo en el nacer de un día risueño, observaba con agrado las calles tranquilas de esta magnífica ciudad que es la capital de España. Entré al periódico contento, con ganas de ver qué daba de sí el día. Amparo me recibió de buen humor desde la mesa donde se controla la portada. Íñigo apareció con una caja de Manolitos (otra más). Todo iba bien.
Pero -ay- ese estado de ánimo positivo se nubló de manera súbita a media mañana, cuando por boca de nuestro presidente del Gobierno conocimos la conmovedora noticia: «Esta madrugada no hemos podido dormir mucho».
Lo explicaba desde Copenhague un Peter macilento, ojeroso, con surcos profundos en los antaño saludables carrillos.
Sacrificándose una vez más por el bienestar de todos nosotros, el estadista había pasado toda la noche en blanco, pendiente cual noble vigía de los pesares de la heroica Flotilla, acosada por el vil Leviatán hebreo, que está en guerra con los bondadosos terroristas islámicos de Hamás.
No me considero un hombre blandengue, que diría el difunto Fary. Pero mentiría si no reconozco que se me empañó la mirada ante el esfuerzo progresista del matrimonio Sánchez-Gómez. El bueno de Peter, sin pegar ojo allá en Dinamarca, cual atribulado Hamlet, pensando en cómo auxiliar a Ada Colau y la ex niña Greta. Mientras tanto, la pobre catedrática extraordinaria y quíntuple imputada, sola en las linajudas estancias monclovitas, separada de su amado por medio continente, insomne también ella, en este caso por la acometida fascistoide del inmundo juez Peinado.
Y en algún lugar ignoto, en paradero desconocido, el maestro David Azagra, el aclamado coautor de La danza de las chirimoyas, intentando que nadie sepa donde vive tras dejar su pensión completa en la Moncloa y su tapadera de Badajoz. Pues no vaya a ser que un inspector fiscal con un atisbo de honradez, que alguno habrá, se decida a investigar de una puñetera vez el curioso don de la ubicuidad que le permite morar en España y tributar a la baja en Portugal.
Pedro, gracias. Os estáis desviviendo por nosotros, «la gente», aún a costa de dejaros la salud en el empeño. No te dejan ni alimentarte (cómo olvidar el emotivo «son las cinco y no he comido» del día en que estalló el caso PSOE). No te dejan ni planchar la oreja («hoy no hemos podido dormir»). No cesa de perseguirte la alianza fachosférica de jueces y periodistas que quieren acabar con el legítimo presidente que perdió las elecciones, se vendió a los separatistas y lleva tres años sin presupuestos.
Estamos sufriendo. Vemos cómo te vas consumiendo ante nuestros ojos para avanzar en el proyecto de la «coalición progresista». Atrás queda el adonis de los días felices del «Gobierno bonito», cuando promovías que la prensa extranjera te apodase «Handsome Peter». Estás en el chasis, y más cabreado que Topuria cuando sale a repartir. La mirada oscila entre colérica y nublada de melancolía. La risa que intentas hacer pasar por natural se queda en mueca Joker. La camisa luce floja en un cuello adelgazado por el estrés galopante de los casos de corrupción (incluso se dice que maquinas el abuso final: cambiar a los jefes de la UCO por otros más sumisos a Fernando). Estás «con la cara delgá», como resumió con su proverbial gracejo Marisu de Triana. Te estás dejando la salud, Pedro. Y con la salud no se juega.
Así que no sufras tanto por nosotros, por favor. El sacrificio es ya excesivo. Vuelve al piso que os puso Sabiniano con sus vapores, que no era la Moncloa, pero no estaba nada mal. Come y duerme a tus anchas y prepara con calma una buena defensa en los tribunales para toda la familia (e intenta no soñar con Sarkozy). Cuídate, por favor, que no te merecemos.