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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Pedro, ojo a ese anuncio de la Lotería

Nos han metido un gol, el mensaje es a favor de la vida y la familia, un escándalo, habría que cepillarse hoy mismo al presidente de Loterías y Apuestas del Estado

Act. 13 nov. 2025 - 16:03

Clive Arrindell era un competente actor teatral inglés de clase media, que había pisado las tablas del West End londinense. En 1998, cuando tenía ya 48 años, encontró el papel de su vida: el anuncio publicitario de la Lotería de Navidad española. Repitió desde aquel año hasta 2005 y se hizo tan famoso que en España era conocido como el celebérrimo y misterioso Calvo de la Lotería. Según la prensa británica, aquel trabajo le reportaba unas 80.000 libras al año.

Ahora un lotero murciano ha descubierto que Arrindell lleva muerto algo más de un año. Falleció en el verano de 2024, a los 74. Lo descubrió al ver que era recordado en una misa funeral en su tierra. Pero como diría el propio actor, show must go on. Los anuncios del sorteo del Gordo continúan. Ayer presentaron el de este año, y lamentamos tener decir que los censores del régimen «progresista» han ganduleado y les han metido un gol. Pedro, esperamos que en unas horas te cepilles al presidente de Loterías y Apuestas del Estado, porque resulta que el mensaje del anuncio es provida y profamilia –¡horror!–, valores fachosféricos allá donde los haya.

El anuncio ya empieza mal. De entrada, lo protagoniza una pareja de hombre y mujer. Chungo. Habría quedado bastante más «progresista» poner a Los Javis –antes de su triste divorcio–, o a un par de lesbianas bien avenidas. Pero no, un tío y una tía, al más rancio estilo facha. El guionista debe ser de Vox.

A partir de aquí, no sigan leyendo si quieren ver el anuncio, pues lo voy a contar:

Una pareja pasea por el Rastro de Madrid de la manera más feliz (otro error de los guionistas, porque ahí se pudo haber metido algún guiño sobre las residencias de Ayuso, o sobre sus terroríficas privatizaciones sanitarias). En un puesto del mercado callejero compran un pequeño cuadro de marco dorado, en el que se ha enmarcado un décimo de Lotería de Navidad.

El enigma de ese décimo inquieta a la chica protagonista. Pronto descubre que treinta años atrás resultó agraciado con un quinto premio, pero nunca se cobró. Tras una investigación que les ahorro, la pareja logra dar con la vivienda del comprador del billete de lotería, un abuelo de barba blanca que está en su casa con dos nietos. El hombre confirma que el décimo era suyo y desvela por qué no lo cobró en su día. Lo extrae del marco y muestra su reverso: su hija le escribió allí con un rotulador grueso la buena nueva de que iba a ser abuelo. El hombre explica que esa vida que venía al mundo le pareció muchísimo más importante que el dinero. Es el clímax del anuncio, el momento que busca la lagrimilla emotiva del espectador.

Intolerable. Estamos ante una promoción descarada del valor de la vida humana y de la familia, que atenta contra las políticas de avance social y nuevos derechos que estamos impulsando para todas, todos y todes. ¿No sería mucho más avanzado y «progresista» que el niño del décimo, en lugar de haber venido al mundo, hubiese sido sometido al «derecho» al aborto y el melancólico abuelo conservador, a una cómoda eutanasia en la sanidad pública de Mónica García? Pedro, hay un topo de la derecha ahí metido, como ya indica el propio nombre del organismo, Lotería Nacional, en lugar de Lotería Plurinacional.

Si quieren ideas para el anuncio de 2026 y desean perseverar en la línea familiar, ahí va un pequeño boceto de guion que tal vez les sirva:

Es Navidad, pero la alegría no reina para todos. Una joven y espigada pareja, padres de dos niñas pequeñitas, no acaban de despuntar. Ella ni siquiera ha logrado iniciar una carrera universitaria, a pesar de las facilidades económicas de su padre. Él, aunque ha estudiado en un colegio y una universidad privada y va de chuleta, tampoco acaba de arrancar. Mata el rato echando una mano en la contabilidad de los negocios de su suegro.

Están estancados, pero llega la Nochebuena. La pareja, aunque es atea militante, acude a cenar a casa de sus suegros. El patriarca llega tarde, cuando ya están empezando con el picoteo. Además, viene cabreado del trabajo: «Perdonad, es que hemos tenido un follón de última hora en una de las saunas. Chico, es que esta gente no para ni en Navidad, qué horror, qué vicio…». Todos aceptan su retraso con comprensión, pues saben de las peculiaridades del pujante negocio familiar.

En la cena impera un aire tristón, porque la joven pareja no acaba de despegar en la vida y su melancolía pesa en la mesa. Pero en los brindis, el suegro levanta su copa de sidra El Gaitero y comunica que tiene un anuncio que hacerles: «Chavales, los putis van tan bien este año que os voy a poner un piso fino en Pozuelo. Conmigo sí que os ha tocado la lotería».

El anuncio concluye con toda la familia abrazada entre risas y lágrimas, mientras suena como telón de fondo ‘La danza de las chirimoyas’.

No me digan que no sería un anuncio entrañable. Y realista.

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