Sánchez y Carnicero, el caso Jéssica al cubo
Al igual que hizo Ábalos, el presidente enchufó a una amistad suya en la administración pública a puro dedo y con un puesto inventado a la carta
Vamos con un poco de «memoria democrática», pero de la buena. Recordemos el caso de Iñaqui Carnicero, un enchufe tan descarado a costa del erario público que en las democracias de Austria, Reino Unido, Alemania, Holanda… le habría costado el puesto al enchufador (que propina, y para que no faltase de nada, colocó además a la mujer de su amigo como directora del Departamento de Arquitectura y Sostenibilidad de la Sociedad Mercantil Estatal de Gestión Inmobiliaria de Patrimonio). Toda la familia viviendo de la teta estatal gracias a su coleguita de los años mozos, convertido contra todo pronóstico en el presi.
Iñaqui Carnicero Alonso-Colmenares ha ejercido como presidente del jurado que ha elegido el proyecto que «resignificará» el Valle de los Caídos (30 millones de todos tirados a la basura por puro revanchismo sectario). Como en este país tenemos memoria de pez, el nombre de Iñaqui Carnicero dejará a muchos en la inopia. Por eso resulta necesario recordar aquel caso de nepotismo de manual.
Sánchez hizo con Carnicero lo mismo que Ábalos con Jéssica: inventar un puesto en la Administración motivado por sus relaciones personales. Pero en realidad ha sido más grave. Jéssica fue enchufada por Ábalos en las empresas públicas Tragsatec e Ineco entre marzo de 2019 y diciembre de 2021, recibiendo en total 43.978 euros de dinero público. Una nimiedad comparado con el dedazo de Sánchez a Iñaqui, perpetrado en el verano de 2020, en plena pandemia, y con Ábalos como brazo ejecutor. El bueno de Iñaqui recibió 90.000 anuales en su primer año como director general, en un puesto inventado para él. Y ahí sigue, y con un cargo todavía mejor, pues en febrero de 2020 lo ascendieron a secretario general de Agenda Urbana, Urbanismo y Vivienda.
¿Se imaginan que Rajoy, Ayuso, Moreno Bonilla, Mazón... se hubiesen inventado un puesto a la carta para enchufar a un amigo de la infancia con problemas de empleo, y que además colasen también a su mujer en la Administración? Se caerían los pilares del templo, removidos por la indignación de la izquierda y sus televisiones. Pues bien, eso es exactamente lo que hizo Pedro por Iñaqui una vez que se vio en la Moncloa.
Pedro e Iñaqui, madrileños de la quinta del 72, eran amigos desde los nueve años. Jugaron juntos en el equipo B de baloncesto de Estudiantes (donde el futuro Gran Timonel era más bien patosillo, por lo que nunca llegó al combo top). Iñaqui estudió Arquitectura. Tenía buena cabeza. Pero el estallido de la burbuja inmobiliaria lo mandó al paro, como a tantos otros arquitectos. Acabó emigrando con su familia a Estados Unidos para buscarse la vida.
En la campaña electoral de 2015, Ana Rosa entrevistó al líder del PSOE en su programa, en plan alegre compadreo (hoy lo conoce un poco mejor y parece que ya no le hace tanta gracia). A modo de sorpresa televisiva, conectaron por vídeo con Carnicero, que estaba en Estados Unidos. Pedro lo presentó como una persona de su máxima confianza, ensalzó su valía y dijo: «Tenemos que traerlo a España. Tiene que volver». Por su parte, el emigrante Iñaqui se quejó de que en España no había «oportunidades».
Por una vez Sánchez no mintió: lo trajo de vuelta y el billete de regreso fue el BOE. En el desconcierto general del verano de la pandemia, lo nombró de tapadillo director general de Agenda Urbana y Arquitectura, un puesto inventado a la carta para él dentro del ministerio de Ábalos, la casa de los desmanes. Iñaqui no se cortó. Además de los 90.000 euros anuales, se lo pasó pipa: en solo dos años y pico hizo 71 viajes (uno cada 13 días). Un simple director general necesitó volar de manera imperiosa a Tokio, Nueva York, Santiago de Chile, Helsinki, Praga, Zagreb, Roma, Frankfurt… Si Sánchez lo llega a haber hecho ministro, el tío habría necesitado una flota entera de Falcons para él solo.
Cuando el caso de nepotismo fue destapado por ABC, en la etapa de Bieito Rubido, la portavoz del Gobierno de entonces respondió muy molesta que «Iñaqui Carnicero es un gran profesional». Fue su único argumento. Es el mismo que emplean ahora, también muy enojadas, las fontaneras de prensa de Vivienda, ministerio del que ahora pende el puesto del enchufado de Sánchez. Es un argumento absurdo. En España hay unos 70.000 arquitectos, muchos de ellos excelentes. Pero ningún otro ha sido reclamado desde el Gobierno para crearle un puesto a medida por ser amigo de quien todos sabemos (y otro para su mujer).
El caso Carnicero es el caso Jéssica elevado al cubo. En un país normal, aquel primer abuso nepotista le habría costado ya el puesto a Sánchez. Pero se dejó correr y el personaje se vino arriba, repitiendo la operación con su mujer y su hermano. Y ahora estamos donde estamos, en la verbena del cieno.