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Enrique García-Máiquez

Liberalismo, por ilusiones

Yo no me considero liberal, sino de una forma antepenúltima, en cuanto que sus reglas de juego dan margen para otras realidades donde sí pongo mis ilusiones

La ACdP edita una magnífica revista cultural, La Antorcha, que luminosamente es de suscripción gratuita: aquí. Tengo el honor de escribir en ella, y ahora además el de haber sido citado por Julio Llorente en el incisivo ensayo que escribe allí sobre el liberalismo. Resumen: él no es partidario.

Hace un rápido repaso de pensadores católicos actuales que han entendido que el liberalismo puede tener un pase. Allí recoge que yo «expreso el sentir de muchos católicos cuando digo, demasiado a menudo, que el liberalismo económico es el único sistema que tolera un modo de vida chestertoniano». Citándome, no puede ser más honesto ni más gracioso. ¿Gracioso? La clave está en el «demasiado a menudo», porque yo, lo de Chesterton, puedo haberlo dicho en toda mi vida una –que yo recuerde– o dos veces, y siempre por alusiones, como ahora. Cuando Llorente dice que lo hago «demasiado a menudo» está queriendo decir que la frecuencia deseable sería ninguna. Es un maestro. Jorge Luis Borges, colector de ironías, se habría reído con esta sutileza florentina.

Como la honesta cita reconoce, yo no me considero liberal, sino de una forma antepenúltima, en cuanto que sus reglas de juego dan margen para otras realidades donde sí pongo mis ilusiones. ¿No es verdad, acaso, que el andamiaje liberal permite el modo chestertoniano de construir la economía, esto es, un respeto sagrado a la propiedad individual, un gozo en las pequeñas comunidades donde el bien común se consigue por el aprecio mutuo y el precio justo, y un regusto en el interminable y libérrimo intercambio de opiniones? Si alguien me indica otro mecanismo económico que haya permitido que más familias prosperen más y sean más libres, lo apoyaría más.

Curiosamente, el único partido en el que militó Chesterton en su vida fue el Liberal. Se desengañó porque ya no era liberal… el partido. Cierto que a veces habló con más simpatía de los socialistas que de los capitalistas, cosa que justificaba porque vivía en un país donde el capitalismo de amiguetes estaba haciendo estragos. Por ahora, decía, los socialistas eran sus aliados. Cuando el socialismo triunfase, los enfrentaría. No le dio tiempo a conocer la desolación material y moral del socialismo.

Hoy cualquier chestertoniano, defensor acérrimo del hombre común y de la pequeña propiedad, percibe o padece que el peligro no está en la mano invisible, más bien manca, sino en la mano larga de la socialdemocracia de todos los partidos, que esquilma a las familias y obstruye su acceso a la propiedad. Quien batalle por una rebaja de impuestos y por las libertades económica, de expresión, de pensamiento y de educación, aunque sobrelleve la etiqueta nefanda o sulfurosa, que diría Juan Manuel de Prada, de «liberal», merece, diría yo, un reconocimiento. Que se pueden defender esos principios sin ser liberal, por supuesto; pero lo perentorio es defenderlos.

Julio Llorente hace muy bien (y lo hace muy bien) al denunciar el liberalismo doctrinario, que considera que cada cual decide el bien y el mal, la verdad y la mentira, y que es el padre natural del wokismo. Hay un liberalismo ideológico de logia y mandil, y hay otro que ampara con denuedo el mercado, la separación de poderes, la libertad de expresión y la propiedad privada. No nos hacemos un favor al confundirlos ni para salvarlos a bulto ni para condenarlos a todos.

El liberalismo práctico sólo propugna una libertad negativa y procedimental, muy poco propositiva, demasiado indeterminada, se me dirá. Verdad, y yo prefiero defender una libertad sustantiva, que me obligue con determinaciones, promesas, votos, compromisos y vocaciones. Sucede, sin embargo, que para ejercer la mía, necesito primero la otra.

El liberalismo es un marco y, aunque muchos estamos más interesados en pintar nuestro lienzo, precisamos un marco para el cuadro. Y también para el talante liberal, en el sentido de Gregorio Marañón, de respetar en principio lo que pinte el prójimo; y para el carácter liberal, en el sentido de generoso que tanto gustaba a Cervantes; y para la educación liberal, en el sentido socrático de Leo Strauss, Thomas Mann y José María Torralba; y para comprender el escolio de Nicolás Gómez Dávila: «Ninguna especie política me seduce tanto como la de esos aristócratas liberales, cuyo agudo sentido de la libertad no proviene de turbios anhelos democráticos, sino de la conciencia inalterable de la dignidad individual y de la lúcida noción de los deberes de una clase dirigente. Tocqueville es su más noble representante».

Cuidado con demonizar un adjetivo o norteamericanizarlo. Al calor de la reflexión recuerdo que una vez sí me definí políticamente con un tercio de liberalismo: «Liberal en lo que menos importa, conservador en lo mucho que amo y reaccionario frente a todo lo que me imponen».

Remata, mientras tanto, su artículo Julio Llorente con una preciosa imagen arbórea. El frutal no florece según la ley de la oferta y la demanda, sino por fidelidad a su naturaleza y con una lógica de la oblación. Desde luego: amén. Pero es conveniente que el hortelano –que cuida, riega y vigila esa oblación– tenga claro que van a respetarle las lindes, que no le van a colectivizar la tierra y que va a poder acercarse al mercado a vender bien lo suyo.

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