Fundado en 1910
Enrique García-Máiquez

Rabiosa actualidad

La descalificación sistemática es el eje argumental para reconvertir a la República en un Edén o Vergel en lo cultural y, enseguida, en lo político. De ahí arranca la superioridad moral de la izquierda

El propósito de la Fundación Herrera Oria al organizar el congreso 'La feracidad del páramo' no era sólo reivindicar la espléndida y desdeñada literatura que se hizo en España entre los años 1939 y 1959. Y eso que un repaso a su nómina fecunda y a las flores de sus obras señeras resulta gozoso: el conde de Foxá, Leopoldo Panero, Rafael Sánchez Mazas, José María Pemán y otros columnistas como Julio Camba, Sánchez Silva o González Ruano; Jardiel Poncela y Edgar Neville, Camilo José Cela, José María Souvirón, Cansinos-Assens, Luis Rosales, Josep Pla… Tampoco se trataba nada más que de sumarse con ironía al famoso «año Franco» que decretó el Gobierno de Pedro Sánchez (y que ha pasado a un tercer plano ante la inminencia del año Begoña & Cía.). La Fundación tenía además la intención de contribuir al debate contemporáneo cultural y, por tanto, al político.

Así las cosas, resultó una perfecta confirmación el arranque de la conferencia de Andrés Trapiello sobre Vicente Risco y Álvaro Cunqueiro. Afirmó que la reivindicación del llamado «páramo» era el asunto crucial de la política española actual. No hay otro más importante, dijo, y la explicación está clara. La descalificación sistemática es el eje argumental para reconvertir a la República en un Edén o Vergel en lo cultural y, enseguida, en lo político. De ahí arranca la superioridad moral de la izquierda, que deslegitima cualquier respuesta a sus postulados, al hermanarla con la supuesta barbarie que desforestó aquel paraíso terrenal y laico (y dogmático).

No verlo, como tan a menudo la derecha española no lo ha visto, concentrada en la economía, ha inclinado el tablero electoral hasta extremos vertiginosos. Estos marcos mentales son muy poderosos, porque, como advierte el poeta José Luis García Martín: «La vida real es siempre, en un noventa por ciento, imaginaria». Hagan cuentas. Quien domina el imaginario colectivo tiene el 90 % de las elecciones ganadas.

Sin embargo, la cosa está cambiando. Si se piensa bien, las leyes de la memoria histórica, los desenterramientos, los cambios de callejero, el derribo de monumentos y el frustrado «año Franco» son intentos por la fuerza (o sea, forzados) de conseguir lo que antes ganaban por la mano mediante el imaginario imantado.

Este congreso ha marcado el descenso de las aguas. Tanto, que Rafael Sánchez Saus propuso la transfiguración del concepto de «páramo», que nació como desprecio e insulto, a la categoría de orgulloso sustantivo identificador y nombre propio. No sería la primera vez que pasa. Muchas denominaciones de movimientos literarios y artísticos adquirieron su nombre de los insultos de los contrarios: el Impresionismo, el Barroco, el Gótico, el Cubismo, el Rococó, el Romanticismo y los Goliardos. Así que ¡larga vida al Páramo!

Que será todo lo contrario a un punto final. Los integrantes del Páramo se empeñaron, desde el primer instante, en no romper la continuidad de la cultura española. El poeta Juan Bonilla recordó cómo en el primer número de la revista falangista Escorial, en 1940, se propusieron explícitamente «lograr que no se rompiera el pulso cultural español», esto es, abrir las páginas de la revista a los que eran sus enemigos. Esto es: «Dar plaza, asiento y mano libre a todos los escritores hispanoamericanos». Y la guerra estaba recién terminada. Más aún, como recordó la profesora Carla Juárez citando a Aquilino Duque, ya en Los versos del combatiente (Ediciones Arriba, 1938), poesía de guerra escrita sobre el campo de batalla, hay un constante propósito de hermanamiento con el enemigo. Hasta el extremo de que esta misma palabra, «enemigo», no aparece.

Esta actitud hizo muy vulnerables a las generaciones del Páramo a las deslealtades políticas y generacionales. Los dejó inermes –con la mano extendida– a los desprecios de los que ellos soñaban integrar. Y, sin embargo, es el ejemplo bueno. Durante el congreso nadie ha hecho una especie de competición entre escritores de un bando u otro, sino llamadas al reconocimiento del mérito y de la valía literaria y moral allá donde estuviese. Ése fue el espíritu del Páramo y tiene que ser el de los reivindicadores del Páramo. Si una política cultural de derechas consistiese sólo en dar un pendulazo, sería relativamente fácil. Lo absolutamente necesario es normalizar la admiración, la belleza, la memoria y la verdad. Entonces el péndulo, por sí mismo, marcará la hora.

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