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Enrique García-Máiquez

Parte o nada

Negociar no es optar entre todo o nada, sino entre parte o nada. Apoyándose en un tercer factor, que tiene que existir y que no es materia de discusión porque es lo que quieren en común los dos

Que ni el PP ni Vox tengan ganas de pactar, se entiende. Los dos quisieran su holgada mayoría absoluta. Pero el deseo nunca ha sido un argumento contra la realidad. Todavía peor argumento contra un posible pacto es el más corriente: recordarnos con cara de consternación que son dos partidos muy distintos. Claro. Si fuesen dos partidos idénticos o medio similares, no tendría sentido ni que se presentasen separados.

Pero se pacta con el que no se está de acuerdo. Yo, por ejemplo, pacto muchas cosas con mi mujer. Negociar no es optar entre todo o nada, sino entre parte o nada. Apoyándose en un tercer factor, que tiene que existir y que no es materia de discusión porque es lo que quieren en común los dos. En este caso, echar a Sánchez y recuperar la limpieza institucional y cierto peso internacional de España. Es poco, pero quizá valdrá de mínimo común denominador. A partir de ahí, los desacuerdos son vastísimos, unos explícitos y otros –los peores– implícitos: inmigración, natalidad, control o no de las autonomías, veleidades nacionalistas, agenda 2030, bajar de verdad impuestos, etc.

Los acuerdos, pues, habrá que pelearlos a cara de perro. Vox, que parte con desventaja numérica, llega, sin embargo, con ventaja estratégica. Cualquier cambio en la inercia de años de bipartidismo será un logro inédito que producirá un efecto dominó en la sociedad. ¿Qué tendría que exigir Vox? Si decidiera yo, me concentraría en la lucha contra el aborto, en la defensa de la familia, en la recuperación de la libertad de enseñanza, en atajar la inflación legislativa y en despolitizar drásticamente la cultura; pero hay otros asuntos gravísimos que, aunque no son mi apremiante preocupación, lo son de muchos: el freno a la inmigración desordenada, la vivienda de los jóvenes, la recuperación del campo, la reindustrialización, la independencia judicial, etc. Mientras no arríe ninguna de sus banderas, Vox puede decidir empezar a romper la línea del consenso progresista por cualquier frente de la negociación y, si lo consigue en tres o cuatro puntos, siempre saldrá ganando. Cualquier pequeña grieta será una derrota descomunal de la actual deriva globalista y criptoprogresista.

Una parte significativa de los votantes del PP se oponen de corazón –no con el voto– a esa deriva. Lo que obliga a Feijóo a andarse con pies de plomo tanto en lo que rechaza –que puede ofender a los suyos– como en lo que acepta –que puede ofender a los otros suyos–.

En las filas de Vox la discordia latente es la tentación de algunos de no querer contaminarse tratando con el PP. Como primer pronto se comprende, pero eso, en la práctica, es regalarle el campo entero, compacto y estanco a los populares. Los reticentes tienen razón en que el pacto puede no salir, pero con que tú lo intentes, aunque no salga, dejas en evidencia a la parte descontratante de la primera parte. Si ni lo intentas, el regalo es al PP, al turnismo y al PSOE, que vendrá después, y se encontrará la casa como la dejó, más o menos.

Por último, asombra que el mejor argumento que ofrezcan los contrarios a todo pacto de Vox con el PP sea que fue un éxito abandonar los gobiernos autonómicos. ¡Pero si ese es, precisamente, el mejor argumento a favor del acuerdo! Aquel mensaje tan clarificador, mediático y pedagógico de que Vox no tragaba con el incumplimiento de lo pactado se pudo mandar porque se había pactado, primero, y, después, porque se estaba en los gobiernos. Si uno no está dentro, no puede salir dando un portazo ejemplificante. Es imposible.

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