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Enrique García-Máiquez

Mayoría de edad

Sería más útil preguntarse por qué tantos antiguos votantes populares se fueron a Vox y conocer a fondo los motivos, inquietudes y desasosiegos que ahora defienden

Hace mucho que dejó de sorprenderme; ahora solo me asombra que, a estas alturas, todavía sigan políticos del PP, simpatizantes y analistas sesudos considerando a Vox como una especie de hijo pródigo que tendría que volver a casa del padre. Cierto que Santiago Abascal sirvió en el PP vasco y algunos votantes de Vox –no todos– votaron al PP en su prehistoria. ¿Y qué?

Incluso para esos casos el sentido patrimonialista e inmovilizado del voto ajeno resulta chocante. Me retrotrae a mi infancia. La parcela que lindaba con la casa de mis padres estuvo muchísimos años sin construir. No era un descampado, sino un pequeño bosque umbrío con un sotobosque de lentiscos, retamas, jaramagos y romeros. Había conejos y culebras. Teníamos un escondido boquete en la valla de alambre de púas y cruzábamos allí con nuestros perros para hacer nuestras cabañas, guardar nuestros tesoros e incluso tirar con nuestras carabinas de plomillos, si se me permite confesarlo. Fue un privilegio, una especie de regalo; pero no se nos ocurrió enfadarnos cuando al final los propietarios decidieron construir su casa en su parcela y levantar un buen muro de mampostería. Nuestras cabañas tuvieron que quedarse en nuestra nostalgia.

El problema aquí es la súbita sensación de linde –o incluso de nido vacío– que impera en el subconsciente del PP y de sus terminales. Esto lleva a una de las peores actitudes en política práctica: la negación de la evidencia, como si la parcela ajena siguiese siendo suya y estuviese «okupada». Sin embargo, Vox tiene un programa propio —en muchos puntos inasumible para el PP—, cuenta con un caudal suyo de votantes y dispone de socios internacionales en Europa y a ambos lados del Atlántico y del Mediterráneo. Y, sobre todo, lleva una agenda independiente. Ha alcanzado la mayoría de edad. ¿No es hora de abandonar ese discurso paternalista y ese lamento boliviano? El PP, siempre tan atento a los movimientos de la izquierda, podría aprender del PSOE la naturalidad con que asumió la existencia de Podemos. Lo enfrentó en las urnas y, finalmente, lo fagocitó con su extremismo envolvente, pero no le racaneó la legitimidad política.

En política, negar la realidad se paga caro y la obcecación en la queja obstruye el análisis de las causas. El PP y sus satélites, con sus lamentos, envían un mensaje implícito de desprecio hacia la libertad de los votantes, justo lo contrario de lo que necesitarían para recuperarlos. Sería más útil preguntarse por qué tantos antiguos votantes populares se fueron a Vox y conocer a fondo los motivos, inquietudes y desasosiegos que ahora defienden.

Mientras el PP vive su desengaño –como si los votantes de Vox le pusieran los cuernos–, ambos partidos se despistan del verdadero adversario: Sánchez. El PP se consume en lamentos, tablas Excel y maniobras contra Vox. Vox, por su parte, gasta sus fuerzas en defender su existencia, remarcar su independencia y sortear las trampas. Así, la oposición entera se sume en una dificultad fatal y cada vez mayor para lograr un entendimiento mínimo.

Por supuesto, hay dificultades objetivas y lógicas para un pacto o incluso para cualquier coordinación: se trata de dos partidos muy distintos, ambos mayores de edad, con votantes diversos y programas a menudo contrapuestos. Pero también hay dificultades subjetivas, más fáciles de disipar. Disipadas, ambos partidos podrían cuando haga falta centrarse en los verdaderos obstáculos, y superarlos en parte.

Mi vieja metáfora es simple, pero tal vez nos valga. En casa nos llevamos estupendamente con los nuevos vecinos y nos ponemos de acuerdo enseguida en todas las cuestiones medianeras. Claro que nunca se nos ocurrió afearles que nos arrebatasen su propia parcela.

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