Besos
Otra cosa es Blancanieves. Ahí también actúa el rencor feminista hacia la belleza. Ese espejo mágico, tan empecinado en crispar el ánimo de la reina repitiendo una y otra vez, hasta en mil ocasiones, que Blancanieves es la mujer más guapa del reino, es muy responsable de la tragedia
¡Qué cosas tan terribles nos dejaron ver y leer nuestros padres cuando éramos niños! La Cenicienta y Blancanieves. Creo que debo confesarlo públicamente. Jamás me gustaron ni la una ni la otra. En el caso de Cenicienta, por empachosa. Al menos, la madrastra y las hijas feas se comportaban con coherente perversidad. Y nadie nos ha explicado el auténtico parentesco de Cenicienta con las feas. Lo del hada madrina, la carroza de calabaza, los ratones convertidos en caballos, el baile con el príncipe y los zapatos de cristal son majaderías.
La denuncia de la actriz Keira Knigthley, que parece bastante tonta y feminista del sector más repulsivo, obvia lo fundamental y se orienta a que ni el cuento ni la película tienen valores feministas. Por eso ha prohibido que sus hijas vean la película de Disney, que, si levantara la cabeza, se la cortaría a más de la mitad de los responsables de su productora. Y se equivoca la innecesaria actriz. Tiene valores muy feministas. El poder de la madrastra es feminista, la envidia y el resentimiento de las feas son feministas, y el braguetazo que da Cenicienta casándose con el príncipe, es feminista. Más o menos como el de Irene Montero, que de no haber accedido a las sábanas del machirulo cheposo, seguiría siendo la cajera Cenicienta y no la ministra de Igualdad.
Otra cosa es Blancanieves. Ahí también actúa el rencor feminista hacia la belleza. Ese espejo mágico, tan empecinado en crispar el ánimo de la reina repitiendo una y otra vez, hasta en mil ocasiones, que Blancanieves es la mujer más guapa del reino, es muy responsable de la tragedia. Para mí, que algo hubo con alguno de los enanitos, pero no tengo pruebas al respecto. Y claro, la reina no soporta la situación, se disfraza de bruja, envenena unas manzanas y Blancanieves, que es muy guapa pero tonta del higo, cae en la trampa y se come una manzana. Las manzanas son muy peligrosas, sean recordados Adán y Eva. Edgar Neville escribió un precioso y brevísimo cuento de Adán y Eva. Ellos dos, solos en el mundo y en pleno paraíso. Adán se está afeitando en el río y pasa Eva, deslumbrante. Y Adán, que es machista, la piropea con un chasquido dental. –Tchistt, tchistt–. Eva no se da del todo por aludida, se vuelve hacia Adán y le pregunta: ¿Es a mí?
Y ahora viene lo grave, lo que ha movido y revolucionado las conciencias del movimiento feminista MeToo. Los enanitos lloran en torno a su Blancanieves yacente. Hasta Gruñón deja caer ríos de lágrimas de sus ojos. Se oye el ruido de un caballo al galope que se aproxima. Sobre el caballo, otro príncipe, bastante parecido físicamente al de la Cenicienta. Probablemente, primos hermanos por parte de madre. El príncipe descabalga, se acerca a la moribunda niña, que duerme el sueño profundo del veneno, y sin solicitar su permiso, sin su consentimiento previo… ¡Besa sus labios con un pico con vocación de morreo! Y ella se despierta, se abraza al príncipe –lo cual está mal porque no se conocían–, se monta a la grupa en el caballo y desaparecen al trote con planes inconfesables mientras los enanitos, con sus gorros alzados, gritan «¡Hip, hip, hurra!». ¿Qué se habrá creído ese príncipe que besa sin solicitar el reglamentario permiso? Horrible escena que ha colmado el vaso de la indignación feminista.
Porque Caperucita Roja sí le dio la venia al Lobo Feroz. Y lo hicieron en la orilla del río, como en el Romancero Gitano de García Lorca. «Que yo me la llevé al río/ creyendo que era mozuela/ pero tenía marido». Juan Pérez Creus, que firmaba sus versos como 'Pájaro Pinto', mejoró los octosílabos de Lorca. «Que yo me la llevé al río/ creyendo que era mozuela, / y resultó ser un tío/ que por poco me la cuela». Pero no hay caso ni acción que atente contra el feminismo en la actitud y desenvoltura de Caperucita, que a partir de aquel momento dejó de llamarse Caperucita Roja para ser, en la sociedad de aquellos tiempos, la señora de Feroz.
En fin. Que nuestros padres no supieron ver los peligros antifeministas en nuestra niñez. Y gracias a las idiotas de hoy, nos hemos enterado de qué iban y van las cosas.
- Publicado en la web de Alfonso Ussía el 12 de mayo de 2021