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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Amor de Sánchez

Pero, ¿cómo se puede ser tan bobo? ¿Cómo un adulto, incluso un pseudo-doctor con mando en plaza, puede erigirse en cuantificador y administrador legal de odios, de amores, de entreveradas pasiones humanas, de lenguajes correctos e incorrectos, de deseos abominables o sublimes?

Odi et amo, «odio y amo»: pocos momentos dan una intensidad en poesía que pueda equipararse a la del dístico de Catulo: «Odio y amo, cómo es posible tal cosa, tal vez te preguntes. / No lo sé. Mas así lo siento y me crucifica». Como el amor, el odio es determinación pasional del espíritu humano. Ni convención ni norma podrían alterar en nada eso. Un hombre es un animal deseante. Cree saber qué es lo que anhela. Imagina, en realidad, saberlo. Y llama realidad a la vaga tela de araña en la que se enredan sus ensoñaciones. La tiñe de odio o de amor, de llanto o risa. En ese reino de fantasmas, asienta su precaria consistencia. Y en su lengua –que es su ser– hereda los destellos de una bruma colectiva. Que él tan sólo repite. En esa bruma, los antagónicos se funden. Es la niebla sobre la que entroniza Shakespeare a su Reina Mab: señora de los sueños, inventora de realidades. Amor y odio son lo mismo en ese oscuro laberinto del humano que asiste al teatro de espejos al cual llama su vida.

Fabricar lengua es fabricar alma. Incluir y excluir palabras, retorcer su sentido hacia lo infernal o lo celeste. Es imponer un mundo y excluir de él a todos cuantos a su sintaxis no cedan. Ingeniero prodigioso de las almas, el presidente del gobierno español anunció anteayer el ingenioso trastrueque de palabras que le permita ordenar el universo en los campos inconciliables de lo amigo y lo enemigo: digno de ensalzar el uno, merecedor el otro del fuego y la ceniza. El selector de lo bueno y lo malo, en la orwelliana neolengua del pseudo-doctor Sánchez, ostentará la oronda etiqueta 'HODIO', caligrafiada, así, en mayúsculas y con una colosal H enfática. Tras la etiqueta, el quehacer de «policía de las almas» no buscará disimularse. Un arrogante medidor del odio es erigido, «porque cuando algo se mide, deja de ser invisible». Y, al ojo del señor Sánchez, todo debe ser transparente.

La web oficial de La Moncloa anuncia la era florida en la que entramos. Prohibido odiar. Cito. Literalmente. Juro que no es broma. «El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha anunciado el lanzamiento de la herramienta ‘Hodio: Huella del Odio y la Polarización’ que servirá para medir la presencia, evolución y alcance del discurso de odio en las plataformas digitales». Y el Medidor Supremo proclama el advenimiento del mundo felizmente depurado por un fino cedazo de palabras virtuosas. Y no es broma tampoco: «Ya no nos rendimos ante las plataformas; ahora son ellas las que tendrán que rendir cuentas ante las sociedades. Vamos a parar al odio. Nuestra misión es que hablemos más de amor y menos de odio». Para empezar, cancelaremos a Catulo. Odi et amo. ¿A quién se le ocurre? Vendrán enseguida otros. En la historia de la literatura, van a quedar pocos vivos.

Pero, ¿Cómo se puede ser tan bobo? ¿Cómo un adulto, incluso un pseudo-doctor con mando en plaza, puede erigirse en cuantificador y administrador legal de odios, de amores, de entreveradas pasiones humanas, de lenguajes correctos e incorrectos, de deseos abominables o sublimes? Y ¿cómo, sobre todo, puede una sociedad adulta admitir que un demente así tenga en sus manos las palancas del poder que determinan nuestras vidas? ¿Estamos, de verdad, todos tan locos como él? ¿O es que realmente somos aún más necios?

En el año 1918, en pleno horror de la Gran Guerra, William Butler Yeats rendía honor a un aviador irlandés que ve venir su muerte en combate: «odio no tengo a aquellos que combato, / amor no tengo a aquellos que defiendo». Y, en su buscada lejanía, el aviador cifra la primordial lección estoica. Combate porque es preciso. Punto. Deja en tierra las pasiones, que por igual son ajenas al saber: única guía en la batalla. «Ni deberes ni leyes me llevaron al combate, / ni hombres públicos ni masas encrespadas; / un solitario afán de plenitud / me trajo a este fragor entre las nubes; / todo lo sopesé, recordé todo».

Cancele a ese aviador también. De inmediato, señor Sánchez. Es peligroso. Cancele su igual desprecio por el amor y el odio. No casa con la melaza legal de sus amores correctos. «Todo lo sopesé, recordé todo». Es todo. Procedemos a cancelar a William Butler Yeats.

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