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Perro come perroAntonio R. Naranjo

El Guernika a las Vascongadas

Y luego alguno de Goya, que tiene buena rima para Otegi

El separatismo y el sanchismo se retroalimentan porque ambos están acabados y no entienden la verdadera clave de los tiempos: la gente está hasta el moño de ellos y el mundo, en pleno cambio, no tiene tiempo para su concepción reaccionaria de la vida. La izquierda mira hacia atrás, idealizando siempre un pasado que nunca existió pero en todo caso es irrepetible; y el independentismo pretende que su minúsculo tamaño, sus fronteras ficticias y sus ensoñaciones nacionales levanten aduanas inviables.

También se parecen mucho en la búsqueda de eso que Alfred Hitchcok llamaba «MacGuffin»: una especie de trama secundaria en sus películas, llena de trampas visuales, para intentar desviar la atención del criminal, para despistar momentáneamente al espectador a la espera de un desenlace inevitable.

Uno prueba mintiendo con el récord de empleo, pretendiendo la estupidez supina de que la gente le crea a él en lugar de a sus propios ojos, y los otros aliados con él se inventan afrentas inaplazables como la del Guernika, el cuadro de Picasso que el PNV reclama, al unísono con Batasuna, con la complacencia de Sánchez: él siempre prefiere que se hable de estas cosas, o de los cánticos en Cornellá o de cualquier otra chorrada, que de los meses de penitencia judicial que le esperan a sus manos derechas, a su esposa, a su hermano y a su partido.

Pero hay que hacer algo de pedagogía al menos, por si el tema surge en los bares o las tertulias, que son la versión sórdida de los primeros con la única diferencia de que no está mal visto ir bebido si defiendes al marido de Begoña Gómez, te apiadas de David Sánchez, cacareas que España crece como nadie y repites que ir ya de la manita de China, Irán o Colombia es estar «en el lado correcto de la historia».

Lo pintara Picasso por la Guerra Civil, por un amigo torero o porque le dio la gana, es irrelevante: está en el sitio correcto, como lo estaba el Archivo de Salamanca, porque la única manera de conservar el legado cultural, artístico, monumental y documental es no manosearlo con traslados caprichosos impuestos por las necesidades coyunturales del paleto de turno.

Otegi ha saltado al ruedo, por ejemplo, acusando a Ayuso de ser una facha heredera de la División Azul, lo que en sí mismo sería suficiente para conservar en Madrid el cuadro: el acémila proetarra no puede entender el simbolismo del cuadro porque al ver el caballo no piensa en las viudas y huérfanos de sus amigos asesinos, sino en los valientes gudaris que ahora Sánchez saca de la cárcel para que le preste sus escaños a cambio.

Pero ya puestos hay que decir, a beneficio de inventario, que para colaborador con el fascismo siempre estuvo el nacionalismo vasco: su fuero procede de su colaboración con la Corona española, que pagó con ese privilegio su lealtad en tiempos de guerra; y en su biografía aparecen incesantes capítulos de colaboración con Franco, con Mussolini y si le hubieran dejado con Hitler.

Nadie encarna peor el sentimiento antibelicista del Guernika que los hijos putativos de Sabino Arana, racistas en su génesis, asesinos no pocas veces en su desarrollo, colaboracionistas con los peores a menudo y siempre egoístas, codiciosos, insolidarios y bobos con balcones. No hay que llevar ese cuadro al País Vasco del tal Pradales, pero si hay alguno de Goya que sobre, adelante. Por la rima, más que nada.

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